A Sala Llena

Capítulo 9

El capítulo 9 dentro de la diégesis de una serie de televisión, útilmente ha cobrado esplendorosa relevancia en lo que se refiere al desarrollo de la trama. Es decir, es ya casi vox populi en la cultura de televisión premium, que cosas más que relevantes sucederán en la novena entrega de las que ya son, sin lugar a dudas, las grandes y más perfectas muestras de ficción de los últimos tiempos. Lo mejor que ha dado el género, mundialmente, de un tiempo a esta parte, proviene de allí. Y para deleite de los espectadores de todos los rincones del globo, estos destellantes y lujuriosos productos, están a un click de control remoto o de mouse de computadora, de distancia.

El domingo pasado, HBO, puso al aire el noveno capítulo de la temporada 4 de Game of Thrones. La saga basada en Canción de Hielo y Fuego, de George R.R Martin, que viene cosechando éxito hasta el hartazgo. De hecho, la serie ha sido muchísimo más exitosa que los libros y los ha reflotado para una nueva generación de lectores. Como consumidora del material literario, puedo decir, sin lugar a dudas, que la adaptación es excelente, cuando no mucho mejor que la materia prima original. Los libros de Martin son extensos y por momentos verdaderamente apabullantes. Es un escritor cuya prosa no es virtuosa, pero que, motivado por una carga verdaderamente portentosa de vanidad, sadismo y voluntad, consigue construir y desarrollar historias atrapantes y de más que respetable calidad literaria. Le dicen el Tolkien de adultos… Para mí el apodo le queda un poco grande, mitad porque Tolkien era un genio literario y filológico (y sus historias eran para adultos); mitad porque yo le tengo mucha bronca al gordo ladri de George Martin y no lo puedo ver ni en pintura. Cada vez que aparece en notas o entrevistas, no pierdo oportunidad de comentar al pie y mandarlo a laburar. No me mal entiendan, soy su fan, de hecho soy su RE fan, y en algunas historias propias hasta me permito homenajearlo. Pero no lo soporto, el tipo me cae redomadamente pesado, y eso lo digo sin segundas intenciones (jejeje).

No es secreto que al pibe le gusta asesinar a sus personajes. Y no se confundan: si ustedes temen que alguien muera, esa persona morirá. Este gordo, hijo de una gran puta, dejará que vivan todos aquellos a los que les deseamos un doloroso y asqueroso final, y matará uno por uno, a los que vamos amando. Esto no es un spoiler, es un acto de humanidad que tengo para con ustedes, queridos lectores de la columna, que caminan inocentemente al matadero. Ojo, tal vez no queremos a los mismos personajes. Así que no se preocupen, por ahí esos que ustedes atesoran, zafan. Pero no cuenten con ello. Martin está ungido en un frenesí despótico, “pseudoaleccionador” del lector, que lo compele a querer hacerlo sentir la emoción y la tragedia de la vida, en sus páginas. Lo que no entiende el chabón es que, para aleccionarnos sobre la vida, está la vida. El arte está para otra cosa.

Pero bué… Ya nos extendimos demasiado sobre el escritor. Vayamos ahora a lo que nos dejó esta novena entrega, que se constituye en penúltimo capítulo de la cuarta temporada.

El capítulo 8 fue verdaderamente espectacular. Si me preguntan, creo que fue aún más poderoso que el noveno y dejó un escenario terrible, planteado y en suspenso. La muerte de Oberyn Martell, el personaje maravillosamente interpretado por el chileno Pedro Pascal, puso las cosas patas para arriba para Tyrion Lannister, el enanazo de oro, encarnado hasta la inmortalidad, en Peter Dinklage. Oberyn: el príncipe seductor, apuesto hasta la locura, bisexual y enigmático, envenenador, que llegó a Desembarco del Rey desde las calurosas tierras de Dorne. Con él se dio uno de los fenómenos más interesantes de la serie. Su personaje fue mil veces mejor en pantalla que en papel, y la gente sufrió su muerte demasiado intensamente, para ser alguien que solo participó de una temporada. Tanto fue así, que ya consiguió el protagónico en una de las próximas producciones de Netflix, merced a su carisma y talento interpretativo.

Sí, sí, el terreno que dejó sembrado el capítulo 8 con su sanguinario y espantoso final, permitió que el 9 fuera, lisa y llanamente, una película aparte.

Toda la acción se centró esta vez en Jon Snow, en La Guardia de la Noche y en la defensa del Castillo Negro ante el ataque feroz del pueblo salvaje. Toda la tremenda faena de estos hombres, escasos y hambreados, pero bien entrenados, frente a un ejército que los superaba ampliamente en número y que esperaba cruzar el muro de hielo y desatar el infierno. Los atacaron desde el norte y desde el sur, obligándolos así a defenderse a ambos lados del muro. La batalla fue extremadamente sanguinaria y, por supuesto, como le gusta a Martin, llena de muertos. A parte de la muerte de Ygritte, en brazos de su amado, con una “flecha entre las tetas” (así lo describe este gordo salame en el libro) lo más importante y sutil del capítulo, sea quizás la nueva puesta en valor de Snow. Es en esta instancia, que se prepara el terreno narrativo para lo que vendrá, anunciando y re anunciando la segura vuelta de los Salvajes, y percibiendo de a poco a Jon como un líder nato, un hombre entrenado, un caballero sin título, un bastardo que lleva en lo alto su sangre noble, aunque no su apellido. En lo particular (y esto es total conjetura) pienso que Martin hará con Jon, lo que hizo Puzo con su Michael Corleone: retratar el endurecimiento paulatino de un corazón. Ya en esta entrega, vemos a Jon teniendo que tomar decisiones difíciles, ya lo vemos distanciado de su mejor amigo Sam Tarly, en quien descansa también, buena parte del capítulo.

Observándolos así, podemos hablar de una porción de la historia que se encarama en los cambios sufridos por estos dos muchachos, en su dolorosa y traumática transformación en hombres. Los dos se quieren, pero ya ninguno es el mismo que había llegado al Castillo Negro, tres años atrás. Uno pierde a su amada, el otro la encuentra. Uno enfrenta al peligro sin medir las lesiones para sí, el otro construye y medita su valentía. Uno sabe que la vida es dura y que será injusta y desequilibrada, el otro sigue encontrando razones para tener esperanza. Uno es bello y lleno de romanticismo, el otro es gordo, contrahecho y terrenal. Pero los dos son tan potentes y vivos, que uno no puede más que adorarlos y desearles el bien, por sobre todas las cosas.

El domingo que viene, nos enfrentaremos al final de temporada de esta serie prodigiosa. De ella emergerán las estrellas del futuro, si es que ya no son las del presente. HBO está haciendo malabares para estirar el relato, hasta darle tiempo a Martin de que termine la saga. Así, mientras antes contaban un tomo por temporada, ahora están dividiéndolas a la mitad. Todos estamos con el yoyó en la mano, temiendo que Martin reviente antes de terminarla. Pero esperamos el libro que viene con anticipación fervorosa.

Tan fervorosa, como el deseo que engendra el encuentro del capítulo 10…

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