A Sala Llena

Casita de Juguete

 

 

¿Les gustan las réplicas en miniatura? ¿Las figuras de acción, los play mobil, las barbies y sus pequeños zapatos, sus pequeños vestiditos, sus autitos rosa, sus novios anatómicamente incorrectos y sus melenas rubias para peinar con diminutos peines?

Al parecer, el gusto general se inclina por este tipo de maravillas lilliputenses.

Sin ir más lejos, las usamos para filmar batallas espaciales, coliseos extraterrestres, vecindarios suburbanos… De verdad me deja pensando. ¿Por qué esa especie de enamoramiento por las maquetitas, las casas victorianas para muñecas, los ranchos con caballos plásticos y vaqueros articulados? Esa perfección laminada y brillante, que nos deslumbra y nos invita a reducirnos, felices, al estereotipo rutilante que representa.

Ayer por la tarde, sola en mi casa, sometida al silencio de la siesta porque mis cuatro gatos dormían descosiéndose desparramados por los sillones del living, comencé a preguntarme esto cuando enganché en la tele, Algo para Recordar (An Affair to Remember) la película de Leo McCarey, estrenada en 1957, con Cary Grant y Deborah Kerr.

Milagrosamente, la agarré en los títulos. Esa porción de New York mientras cae la nieve, con el Empire State de fondo protagónico, las letras cursivas rosa saturado apareciendo y desapareciendo y la música… ¡Liiiirariiiiiii tarariiii raraaa lirariiiii tarariiiiii!

Estaba re nublado afuera y me preparé un té. Me senté derecha, perfectamente erguida con mis anteojos de carey,  a ver la película. Medio  como si mi vieja estuviera cerca para decirme “¡Enderezá los hombros, levantá el mentón!”

Arrancó.  Niki Ferrante (Cary Grant) play boy ultra pintón, libertino y mujeriego, vuelve de Europa en un barco hacia Estados Unidos, para casarse con una heredera millonaria que lo espera para mantenerlo el resto de su vida. Por su parte, Terry McKay (Deborah Kerr), toma el mismo barco para regresar de un viaje de placer medio obligado, al que su novio y “sugar daddy”  la sometió para mantenerla alejada y entretenida mientras él arreglaba negocios en América. Ni Terry ni Niki son bebés de pecho, ya no están en la primavera de sus vidas y los dos son presas de un cierto desencanto y un maravilloso cinismo que los vuelve, por momentos, oscura y maliciosamente divertidos.

Resistencia femenina, contrapunto verbal, tensión sexual para sacarse cada uno de los pelos de la cabeza mediante, se enamoran, por supuesto, locamente. Hasta aquí todo muy lindo. Todo muy lindo, todo muy lindo y todo muuuuy lindo. Cada cosa que sucede, sucede de manera laqueada, dentro de la maqueta, dentro de la casita de muñecas, en el núcleo duro, en le esencia feroz del melodrama. Yo ya estaba con la boca abierta. No era la primera vez que la veía, pero si la primera vez que decidía mirarla. Medio estremecida, medio caliente, medio frustrada, me tomaba el té sorbo a sorbo.  Digo medio, porque, por supuesto, esta película no te estremece, te hace pensar en el estremecimiento y no te calienta, te hace pensar en la calentura, te hace pensar en lo increíblemente bueno que es estar caliente, que es estar con todos los pelitos del cuerpo parados porque el tipo amaga con entrar al camarote de la protagonista y vos te imaginas lo alucinante que es cuando alguien se te acerca por primera vez y vos sabes que no podes pero queres y que si da un paso mas te va a convencer y te morís por dejarte llevar  (uso la expresión “dejarte llevar”, para no decir la verdadera y exacta palabra que terminaría la frase y salirme del  tono inmaculado que venimos manejando). Como verán, la siesta venía pulenta, pero yo no dejaba de preguntarme porqué tanto alboroto, porqué una cinta de los años cincuenta, me ponía en ese estado. Después de todo, el corte de pelo de Deborah es too much y  me distraía bastante seguido, esa cosa que Cary Grant tiene en la frente, algo como un bulto o un sobrehueso, qué se yo…

Así que allí estaba, tragando té por litros y lo suficientemente al pedo como para detenerme en algunas cuestiones. Por ejemplo, el hecho explosivo de que, el primer beso jamás se ve. Sucede en una de las escaleras del barco, la pareja sube junta y solo quedan en plano los dos pares de piernas. Las de él se acercan a las de ella y se produce un silencio y una rotación en los cuerpos que deja claro el beso, pero que nunca lo muestra. Por supuesto, la pelvis de él queda lo suficientemente expuesta como para que todos nos demos cuenta de que no está ni cerca de rozar a su compañera.  Pero eso si, todos quedamos seguros de que sus labios están ardiendo.

A esas alturas el cosquilleo, tanto mental como corporal, se había apoderado de mí de manera permanente. Era como cuando jugábamos a las muñecas con mi hermana y, de pronto, decidíamos que Barbie y Ken iban a besarse y juntábamos las cabezas de los muñecos frenéticamente, hundiendo y doblando las gomas plastificadas de sus labios descarnados. Nos sentíamos pecaminosas, excitadas, contentas.  Era como meter los dedos en un frasco de miel.

Cualquiera que haya visto Sintonía de Amor (Sleepless in Seattle), el film de Nora Ephron con Tom Hanks y Meg Ryan que hace alusión permanente a Algo para Recordar, sabe lo que pasa de la mitad de la película para adelante: Se citan en el Empire State. Deberán pasar seis meses antes de que vuelvan a verse. Él debe dejar a su prometida y comenzar a trabajar  y ella debe dejar a su novio y, también independizarse, para poder así casarse, amarse y tener un millón de hijitos. Porque eso es lo mas loco de la película, el affair verdadero es el sueño del matrimonio, la estabilidad, la creación de recuerdos para la vejez y los hijos. Por supuesto los dos van a la cita, pero ella no llega porque la atropella un taxi y queda paralítica. ¡Oh my God, que drama! Para rematarla, él cree que ella lo plantó y se amarga para el campeonato. Pero ella es demasiado orgullosa para confesarle que no puede caminar, que solo quiere volver a él si se rehabililita y puede correr a buscarlo. Una de Corín Tellado pero, tan elegante, tan prolijita, tan victoriana, que no me dejaba despegar de la pantalla, ni para ir a hacer pis, cosa que con la cantidad de té que me había echado al coleto, era casi como un deporte de riesgo.

Finalmente él descubre el terrible secreto, la abraza y la besa y se quedan juntos para siempre. Cuando terminó, el plano de títulos del comienzo, entró de nuevo con sus letras rosa y la música, esta vez, con los créditos. Para entonces, yo ya moqueaba bastante y me decía a mi misma que era una tonta, que no podía ponerme así, que ya estaba grande y todo eso. Pero la realidad es que si puedo, si puedo ponerme así y si puedo excitarme así y si puedo comprarme al contado semejante melodrama.

La cosa con la casita de muñecas es que es tan perfecta, que nos atrae de manera magnética, de manera hipnótica, casi como si estuviéramos en trance. Y lo que tiene esta maquetita en particular, esta miniatura destellante habitada por Cary Grant y Deborah Kerr en sus costumes maravillosos, es que cuando te le acercas, ves claramente la oscuridad maquillada, los espejitos de papel y las sillitas endebles, conformando el mapa perfecto de una historia que habla de sexo, de dinero, de romance, de amor y de la profunda necesidad de honestidad entre dos seres humanos.

Mas tarde, a la noche, llegó mi marido de ganarse el pan con el sudor de su frente y yo pensé en el cosquilleo de la tarde y lo encontré más sexy que nunca. Por supuesto y para mi beneficio, en nuestra casita de juguete, las cosas no se sugieren, se consuman.

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