A Sala Llena

Cincuenta Sombras de Grey: ¿El amor completó su círculo?

“I’m in the church and I’ve come
To claim you with my iron drum…”
John Cale, París 1919.

 

1.

Muy pocos objetos de estudio pueden resultar tan fascinantes como los éxitos culturales masivos, principalmente porque aquí no hablamos de productos tradicionales que responden a una necesidad material específica moldeada por discursos del entorno circundante (familia, amigos, parejas, medios masivos de comunicación, estado, etc.). El consumo de las obras de arte, si bien conserva este entretejido de referencias sociales y sea cual fuese su carga cualitativa y su posición dentro del mercado capitalista, responde a una configuración mucho más íntima que escapa al esquema de la razón instrumental. Por supuesto que a veces la pobreza de los exponentes mainstream e independientes puede llevar a la confusión utilitarista y/ o la homologación entre los dos planos, pero lo cierto es que la satisfacción de necesidades que pone en cuestión el producto artístico se ubica en una orilla lejana (la simple adquisición de un objeto en una góndola de un supermercado, por ejemplo, está motivada por criterios inmanentes que se agotan en el acto doble del dispendio y su contracara, el uso). En sí hablamos de dos dimensiones que comparten una coyuntura modeladora que incita a los individuos hacia la adquisición de determinados paquetes simbólicos por sobre otros, no obstante las diferencias aparecen cuando la complejidad del arte no ve extinguida su llama con el acto de adquirir el producto/ dilapidar lo ahorrado: los signos reproducen ad infinitum alusiones y contramarchas culturales en la praxis cotidiana de los consumidores.

¿Pero exactamente en dónde radica la singularidad del objeto artístico? La inquietud nos conduce a una segunda pregunta, mucho más interesante: ¿por qué determinado producto cultural es más exitoso que otro? Responder a este interrogante a su vez nos reenviará a un tercero, el que desarrollaremos centrándonos en el blockbuster del momento, Cincuenta Sombras de Grey (Fifty Shades of Grey, 2015): ¿qué fibras intrínsecas toca una película como la presente, un verdadero hit melodramático que parece sobrepasar todo rango etario? El film nos sirve de excusa para identificar la génesis del “encanto” que arrastra el arte y su rol en tanto constructor de identidades, para ello nos detendremos sucintamente en algunas características de la película en cuestión y de las reacciones del público durante el visionado.

2.

En primera instancia consideremos por un momento la magnitud del fenómeno comercial: con un presupuesto de 40 millones de dólares, uno más que humilde si pensamos en los tanques de hoy en día, la propuesta lleva recaudada -a menos de dos semanas de su estreno internacional- la friolera de diez veces esa cifra. Desde el vamos debemos aclarar que el terreno ya venía cultivado por el boom editorial de la trilogía homónima de la británica E. L. James, pero como sabemos de sobra los cinéfilos eso no es garantía de nada porque una y otra vez hemos visto cómo enormes expectativas comerciales eventualmente no se condicen con los resultados en taquilla gracias a una amplia variedad de factores contextuales (los cuales a vez suelen escapar a la obra en cuestión y su mediocridad, pudiendo abarcar el devenir de la competencia del momento, las estrategias de venta implementadas, los vaivenes de las distintas agendas nacionales, el imaginario de los espectadores en ese período del mercado cultural, etc.). Aquí estamos sopesando un film que ha sido capaz de llegar a una amplia variedad de públicos a lo largo del globo, circunstancia que trae a colación tanto las características concretas del convite como los rasgos compartidos por los millones de consumidores que han optado por comulgar con una experiencia que sólo en parte responde al inefable factor “contagio” y en una mayor medida escapa a teorizaciones tan burdas y apresuradas para meterse de lleno en los recovecos más opacos de la psicología de masas.

Ahora bien, el sex appeal transnacional de Cincuenta Sombras de Grey y su éxito adjunto poco tienen que ver con el batacazo de un exponente localista, sea éste cual fuese. Tomemos por ejemplo a Relatos Salvajes (2014) y pongamos ambas películas en una balanza comparativa que obvie las fauces de los conglomerados publicitarios de turno para concentrarse únicamente en la inmediatez de los textos fílmicos: mientras que el opus dirigido por Sam Taylor-Johnson apela a una cosmovisión vagamente femenina de las relaciones vinculares, la obra de Damián Szifrón pone en cuestión la idiosincrasia argentina con respecto a la violencia. En ambas propuestas está presente el maquillaje superficial que -a ojos de los productores- garantiza el éxito, así la primera posee el paraguas de ser la traslación oficial del puntapié de la saga de James y la segunda se ampara en una catarata de apellidos ilustres de la escena autóctona (Ricardo Darín, Oscar Martínez, Darío Grandinetti, Leonardo Sbaraglia, Rita Cortese, Nancy Dupláa, Érica Rivas, etc.). Esta dimensión es irrelevante para nuestro análisis, en especial porque no explica la profundidad del boom considerado ni las características que ha tomado en el esquema general del consumo masivo.

Prosiguiendo con la analogía, la violencia definitivamente sigue generando un “mea culpa” por parte del público pero jamás al nivel de la dinámica entre los sexos opuestos, esa suerte de catalizador de las más exuberantes fantasías. Que Relatos Salvajes tenga pretensiones de ganar el respeto de un statu quo cultural cada vez más patético e inoperante, no hace más que engrandecer los logros comerciales de Cincuenta Sombras de Grey, un producto que renuncia explícitamente a cualquier margen de legitimidad edulcorada y a la lógica de la frivolidad y el golpe de efecto con vistas a la polémica fácil. Es decir, ambas propuestas amenazan con meterse de lleno en sus tópicos, la violencia y el sexo respectivamente, pero la promesa de irreverencia se licua con rapidez ya que deciden no enajenar a un público mayormente timorato y conformista, incapaz de soportar en pantalla lo que ve/ consume en casi cualquier otra esfera contemporánea, en una escala cromática que abarca desde los noticieros de televisión hasta el porno de Internet. Sin desmerecer la importancia de la dialéctica comercial por antonomasia de nuestros días (aminorar los componentes explícitos para que los adolescentes puedan ingresar a las salas cinematográficas sin problemas), es indudable que la pobreza de los análisis en recepción, sobre todo a manos del periodismo mainstream y supuestamente “especializado”, ha sido crucial para la difusión de una levedad generalizada que reemplaza a la paciencia y la distancia de antaño con la estigmatización hueca y el cuchicheo.

3.

Las reflexiones anteriores nos conducen al material de base, los libros de James, algo así como rip-offs de la franquicia Crepúsculo (Twilight), de Stephenie Meyer, aunque volcados a una prosa aún más empobrecida y plagada de diálogos fatuos y soliloquios demasiado redundantes (de hecho, su origen se remonta a una serie de textos de fan fiction que la británica escribió inspirándose en los trabajos de Meyer). La lógica en esencia es la misma y responde a la de los melodramas rosas, hoy por hoy de cadencia erótica: el primer tomo se centra en el descubrimiento mutuo entre los protagonistas, la universitaria Anastasia Steele y el millonario Christian Grey, Cincuenta Sombras más Oscuras (Fifty Shades Darker) opuesta a los celos y la aparición de los primeros contrincantes amorosos, y Cincuenta Sombras Liberadas (Fifty Shades Freed), la culminación del periplo del corazón, gira en torno a los intentos por construir una familia y superar los impedimentos internos/ externos que pretenden hacer naufragar la empresa. Las principales diferencias entre la primera película y el libro son la atenuación del tono de los encuentros sexuales de la pareja y la presencia de cierta autoconsciencia tragicómica durante el macro desarrollo del relato, rasgo que quedaba enterrado en la novela bajo el peso de las eternas divagaciones de la protagonista alrededor del “contrato” de índole sadomasoquista que le ofrece Grey. Si existe un punto en el que el film de Taylor-Johnson, los trabajos de James y la saga de Meyer concuerdan, definitivamente pasa por el hecho de privilegiar la velocidad de los acontecimientos narrados por sobre el examen de los ejes motivacionales que les dan sustento y los impulsan. Desde ya que si bien este detalle sobrepasa la responsabilidad de las autoras y nos redirecciona hacia la fetichización de la fugacidad en tanto súmmum del egoísmo y la fragmentación social de nuestros días, no podemos dejar de señalar la complicidad en este estado de cosas de las distintas patas de la industria cultural (los aparatos ideológicos del estado, un mercado caníbal, los medios masivos, la prensa física y virtual, los propios consumidores, etc.).

Aquí debemos dejar de lado la pedantería de esos intelectuales de cotillón que analizan desde sus torres de marfil a este tipo de productos adoptando el esquema reduccionista del “buen salvaje”, como si de una entelequia pasatista estuviésemos hablando. La mediocridad de esa clase de razonamientos se ubica por debajo de obras ya de por sí mediocres como la presente, y ciertamente no viabiliza el progreso del conocimiento porque cae en la condena fácil y la parálisis cognitiva subsiguiente. Hay que identificar específicamente cuáles son los catalizadores que Cincuenta Sombras de Grey trae a colación con vistas a comprender su impacto inmediato.

Empecemos con la subdivisión estructural, tan sencilla y lineal como el desarrollo que pretende implementar: mientras que la primera mitad se centra en el “histeriqueo” entre Steele y Grey, ella una mujer pretendidamente sensible e inexperta y él una alegoría hecha carne de los rasgos más nocivos de la masculinidad, la segunda parte pone en cuestión la dinámica del control vincular, poniendo especial énfasis en la predilección del señor por el bondage, la flagelación erótica y la retórica de la sumisión. Esta representación simplona de los arquetipos míticos de la pasividad femenina y la dominación masculina ha ocupado el lugar central en la mayoría de los comentarios que ha despertado el film, acorde a las lecturas mezquinas basadas en binomios que señalábamos anteriormente, sin embargo podemos calar más hondo mediante la superación del ornamento sadomasoquista y la definición de los extremos de las posiciones involucradas.

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4.

Si damos por sentada la igualación de los sexos llegaríamos automáticamente al atolladero de las “no diferencias” y por consiguiente estaríamos obviando las singularidades de los comportamientos femeninos/ masculinos y sus subdivisiones internas. Las doctrinas fundamentalistas tienden a basar su concepción en un análisis político correcto de la realidad (en este caso, el balance inestable entre sectores sociales, tan diferentes como fragmentados), no obstante desbarrancan groseramente cuando se trata de plantear las soluciones del caso. Pensemos en el feminismo como ideología de la liberación o en el machismo como táctica de control más o menos consentido por la contraparte, ambas doctrinas reconocen la división entre amigos y enemigos inherente a toda paráfrasis política de la vida pero llevan la teoría al extremo de querer fagocitar la voluntad del otro con el objetivo -por supuesto, utópico- de suprimir el equilibrio mediante la eliminación simbólica del adversario. El control, definido como la supremacía del anhelo de un ente colectivo por sobre el de otro, juega un papel fundamental ya que esa pretendida igualdad de condiciones demuestra su faceta hipócrita cuando contrastamos el ámbito privado con el público: el juego de “quién es esclavo de quién” está muy mal visto en el hábitat comunal explícito pero no así en los encuentros amorosos, nivel en el que la sociedad arroja todas sus fantasías de sumisión con vistas a encapsular a la pulsión de muerte. Las risitas nerviosas de los espectadores durante la primera mitad de Cincuenta Sombras de Grey, las cuales a su vez obedecen a los primeros intentos de Anastasia por aprehender la complexión íntima de Christian, nos hablan de cómo el perímetro público comienza a sufrir los embates de su homólogo privado, lo que eventualmente derivará -ya en la segunda parte- en una supuesta seriedad formal en sintonía con una lucha de voluntades en pos de la imposición absoluta de una por sobre la otra, esfera en donde la efusividad se emparda con el placer y las visiones contrastantes en torno al mismo.

En nuestra sociedad capitalista del siglo XXI aún sobreviven muchas concepciones nebulosas y/ o farsas que pretenden negar las características de cada sector social escudándose en una corrección demacrada que unifica desconociendo particularidades y al mismo tiempo tiende a “perdonar” las faltas de uno por sobre las del otro, siempre a conveniencia y según los vientos del capricho más irrestricto. Así como de ninguna manera se puede negar la posición relegada de las mujeres en los colectivos internacionales y el machismo anacrónico que todavía prevalece en casi todo el globo, tampoco se puede desconocer la complicidad de las susodichas en este estado de cosas, posición consolidada en función de ese mismo conformismo extendido que no hace ninguna distinción de género. Con elementos a favor y elementos en contra para las mujeres, y una franca preeminencia de estos últimos por sobre los primeros, esa típica pasividad femenina es desde hace siglos el nicho principal del melodrama, del que la película en cuestión es sólo el último eslabón. El tradicionalismo del convite, el cual durante casi todo el metraje llega al tope de la desaparición práctica de todos los personajes secundarios por fuera del dúo protagónico, explota este imaginario de la sumisión centrando su accionar en la psicología conductista del control.

5.

Entonces, ¿cuál es el “encanto” que arrastra a los espectadores, por cierto no sólo a las mujeres, hacia Cincuenta Sombras de Grey? La respuesta está en el espectáculo de la lucha simbólica por el dominio del objeto del deseo sexual, enclave en el que los adornos sadomasoquistas no cumplen mayor función que la de extremar sutilmente los intercambios amatorios. Una y otra vez presenciamos continuos intentos por parte de Steele y Grey por modificar el ideario de su ser querido, como si la transformación fuese posible y las victorias parciales no constituyesen otro ítem en el depósito del resentimiento mutuo. En esta batalla en pos de la organización de la pareja en general y el reajuste de la identidad del compañero del sexo opuesto, encontramos cuatro factores primordiales que hacen a la dinámica de la relación: 1) el ideal de la contraparte amorosa, suerte de complementación narcisista del yo y objeto de constantes fluctuaciones en función de las múltiples investiduras de la libido; 2) la negociación simbólica entre los amantes con vistas a llegar a un punto de concordancia que permita mantener el vínculo a través del tiempo; 3) el entorno inmediato y las distintas facetas de la praxis, las cuales invariablemente son consideradas una intrusión dentro de las fronteras de la relación monogámica, sin ningún miramiento hacia las comarcas de la familia, el trabajo o las amistades; y 4) el miedo, sustrato fundamental del subconsciente que abarca la posibilidad latente del rechazo y/ o el agotamiento de la atracción recíproca. Más allá del coqueteo con la pulsión básica que emparda al placer con el dolor, en realidad a nivel conceptual -y en consonancia con el carácter insustancial de los detalles sadomasoquistas- la película se centra exclusivamente en la dialéctica romántica más clásica, esa que pone en el tapete los pormenores de la pugna del hombre por controlar a la mujer y de la mujer por controlar al hombre.

La influencia del entorno aquí está muy atenuada porque recién estamos ante el primer eslabón de la saga, paulatinamente veremos cómo la intromisión de los antagonistas sexuales -segundo tomo- y de los preceptos sociales cercanos a la familia -tercer libro- transformarán la identidad de los protagonistas, en franca sintonía con los engranajes más rutinarios del folletín rosa. El amor negociado sólo completará su círculo en el margen por fuera del texto melodramático, el cual nunca renunciará al “final feliz” de cadencia transversal (el cariño real, en cambio, muere cuando llega al colapso y se atomiza en otros diagramas y otras intersecciones). A la par que Anastasia pretende que Christian abandone sus rituales rimbombantes de humillación y de a poco se somete a ellos sólo con la intención de conservar el “afecto” del millonario, el señor se muestra obsesionado con la idea de metamorfosear a la señorita en la esclava más ilustre de su colección, al tiempo que aminora su mano de hierro ante las exigencias de Steele en lo que respecta a una relación más “tradicional”.

6.

El sex appeal masivo de la obra radica precisamente en esta arquitectura inmemorial que parece no haber perdido su poder a pesar del cinismo consuetudinario de nuestros días y la variedad de los ataques a discreción. Las reacciones ante un producto como Cincuenta Sombras de Grey son mucho más interesantes que el producto en sí, porque ponen al descubierto el aplomo de determinadas fórmulas dramáticas, los patrones de consumo del público actual y las distintas agendas de los que suelen opinar con tanta ligereza, sin estar a la altura de las circunstancias. Al igual que lo ocurrido con la franquicia Crepúsculo, en esta ocasión la verdadera banalidad del caso la encontramos en los metadiscursos periféricos y no tanto en la obra en sí, la cual podrá ser redundante y en extremo derivativa pero por lo menos consigue articular una matriz ficcional antiquísima con la suficiente eficacia como para captar la atención de gran parte del planeta y hasta servir de excusa para reflexiones que parecen nunca perder su actualidad.

La singularidad del objeto artístico pasa, entonces, por su capacidad de proyección conceptual entrecruzada, apelando a la vez a la autolegitimación simbólica y a los fantasmas de los límites de la voluntad propia, ese diapasón de citas contradictorias en donde la producción y la recepción de los discursos sociales choca con los embalses que impone el mercado y el sustrato más regresivo del enclave hegemónico, ese que hoy falla miserablemente en su intento por privarnos de la riqueza del conocimiento.

 

Por Emiliano Fernández

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