A Sala Llena

Cineclub

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No sé si alguna vez les conté (supongo que sí, les cuento todo) que mi adolescencia fue, como quién dice, tumultuosa.  Fui, lo que bien  podría llamarse, una “adolescente aguda”.  Tenía todos los problemas propios de la edad, significativamente acentuados por un carácter más bien dramático, propenso a la fantasía permanente y a la evasión constante. Para rematarla, era incapaz de asumir responsabilidad alguna, que no tuviera que ver solo con lo que me interesaba.
Y
a decir verdad, me interesaban pocas cosas: leer, mis clases de danza,
mis novios y ver películas o televisión y, cuando digo televisión, digo
tooodoooo lo que había en televisión.  Me la pasaba en el estudio de
danza por muchas horas y, cuando no estaba allí, me encontraba encerrada
frente al televisor.  De
más está decir, que mis padres estaban preocupados. De hecho,
preocupados no es la palabra exacta. Tal vez comenzaron por estar
preocupados, pero terminaron en estado de furia.  Estimo
que, el tremendo desconcierto que genera ver a una hija pasar de ser el
segundo promedio de su clase a ser el último orejón del tarro, es
bastante angustiante. Si a eso le sobreviene una ola de desprecio
profundo por el colegio, faltas y rateadas a troche y moche, novios poco
recomendables, desconexión con el entorno, desapariciones misteriosas,
melodramas bañados en llanto por cualquier cosa y horas y horas y horas
de encierro, la furia no tarda en llegar. Pero la furia llega de la mano
de la impotencia y de la falta de compasión, dos cosas que, para los
padres, se vuelven el cóctel más peligroso y eficaz, a la hora de lograr
que un hijo los odie.
 

Por supuesto que  no odio a mis padres, los amo con todo mi corazón y tenemos una relación profunda, que no es perfecta pero que va creciendo y robusteciéndose permanentemente.  Pero en aquella época, el sentimiento de frustración, pena, desconcierto, miedo e ira, hacía que sintiera algo demasiado parecido.  Desde ya, ahora sé que cuento con ellos siempre y de cualquier manera. No hubo una sola vez que me dejaran en banda, aun en la época en la que nos detestábamos mutuamente. Es que, verán, en aquellos días no había persona en mi casa que no quisiera arrojarme algo por la cabeza, aunque más no fuera, un zapato. Yo, por supuesto, sufría de manera indecible y era realmente miserable. El solo hecho de tener que levantarme e ir al colegio todas las mañanas me hacía sentir en el quinto infierno.

Yo ODIABA el colegio.

Yo odiaba el colegio con todas las fuerzas de mi ser. Quería que se quemara, que estallara, que se lo tragara la tierra, que desapareciera, que viniera King Kong y lo pisara con sus enormes patazas peludas y no dejara ni el recuerdo. Tener que ir obligatoriamente a ese lugar todos los días de mi joven vida, me llenaba de rabia pero también de una angustia y de una tristeza incontenible.  Gracias a Dios tenía buenos compañeros, qué digo buenos, GRANDES compañeros (y diciendo esto, aprovecho para enviar besos a todos). Por supuesto, también había algunos que me detestaban o me hacían la vida de cuadritos, pero eran pocos.  La verdad era que, desde que llegaba al colegio, me iba al fondo de la clase y me quedaba con mis compañeros. Dormía, nos cagábamos de risa, lloraba porque me quería ir o por cualquier otra cosa,  chusmeábamos, escuchábamos música y hacíamos alborotos enormes por temas pequeños. Pero todo eso no alcanzaba para que yo quisiera ir al colegio. No me importaba nada. Cualquier excusa era buena para pegar un faltazo y, si en aquel momento, alguien me hubiera ofrecido la posibilidad de dejarlo, muy probablemente, la hubiera tomado. En esa época creía que lo que quería hacer era bailar, así que estaba segura de que el colegio no iba a servirme para nada.  

Gracias a Dios, tuve el buen tino de terminarlo…

David Gilmour (no corran a River gritando, por favor, no viene con Waters) es, aunque su nombre tenga otras resonancias, un novelista, crítico de cine y guionista de documentales canadiense. Por lo menos eso es, el David Guilmour del que quiero hablar hoy y cuyo libro, Cineclub, cayó a mis manos por estos días. Lo agarré el lunes por la tarde y lo terminé el martes.  Me atrapó por completo con su lectura llevadera primero, y con su relación carnal con el cine después.

Cineclub resume los tres años en los que Gilmour convivió con su hijo adolescente, obligándolo a mirar tres películas a la semana con él, después de haberle permitido abandonar el colegio.  “NI ESCUELA, NI TRABAJO, NI DROGAS: SOLO TRES PELÍCULAS A LA SEMANA” reza la contratapa del ejemplar negro, editado por Reservoir Books  y es  esa sola responsabilidad  la que le otorga David Guilmour a su hijo Jesse, mientras éste investiga qué carajo hacer de su vida.

Me conmovieron de manera intensa varios momentos del libro y además, durante la lectura, me fue regalado un modesto milagro: Yo podía identificarme, claramente, con los dos personajes.  Pasaba de disfrutar la manera en que el padre habla de cine y describe las películas, a relacionarme desde un lugar muy consciente y empático con el periplo de Jesse y con el abanico de emociones que iba desplegando. En la escena  en que Gilmour narra el exacto momento en que decidió dejar que su hijo largara el colegio, la sensación profunda de saber minuciosamente lo que Jesse va experimentando, me hizo sentir algo así como que, en algún lugar de Canadá, hay un muchacho que es mi hermano espiritual y cósmico. Jesse va creciendo al lado de su padre y el cine constituye, además de un puente entre ellos y una escapatoria para Jesse, un molde real, tangible, perfecto y contundente para terminar de conformarle el alma, el intelecto y el espíritu.  Yo siento que mi verdadera educación provino mayormente de las películas. Mis sueños salieron de allí, mis miedos, mis horrores, mis broncas, mis anhelos más profundos… Creo que si no hubiera estado mirando películas que me sembraban la cabeza de ideas para el futuro, me hubiera hecho verdadero daño solamente para romper las pelotas.

Jesse y su padre ven cine a patadas durante tres años casi ininterrumpidos.  Pasan por ¡Qué bellos es vivir!, La Dolce Vita, El resplandor, Una Eva y dos Adanes, Mujer Bonita, Annie Hall, Por un Puñado de Dólares, Cantando bajo la Lluvia, División Miami, El bebé de Rosemary, La Princesa que quería Vivir, La masacre de Texas, Lolita, Bajos Instintos, Perros de la Calle y un millón de películas más de las cuales, cada vez que hablan (cosa que, de antemano, advierten en la solapa), te dan ganas de salir rajando al videoclub  y alquilarlas de nuevo. Hablan de acting, de Brando, de Pacino, de Dean, de Mc.Queen, fuman cigarros en Cuba,  toman vino, comparten penas y secretos, emociones virulentas, dolores de amor, anécdotas de la vida, música…  Pero sobre todo, lo que más conmueve del libro es el amor y el respeto profundo que siente el padre por su hijo. Nunca lo subestima de ninguna manera, jamás ridiculiza sus emociones, jamás es condescendiente. El padre empata con el hijo desde un lugar de identificación genuina, de sufrimiento compartido, de camino ya recorrido sí,  pero recordado vívidamente. Gilmour no ha olvidado ni por un instante lo que es ser joven, lo que significa estar locamente enamorado,  realmente asustado, perdido y desconcertado. Lo mejor de todo, es que para cada momento, para cada astilla, para cada revés o alegría, hay una película.

Es delicioso escuchar al padre expresarse sobre cada film. En dónde lo vio por primera vez, qué estaba haciendo, qué le sucedió después, que sueños le disparó, qué certezas, qué preguntas…  Los dos transitan un estado mágico, un poco alcohólico y “melanco” que tejen y destejen a piacere.

Las vecinas pasan, barren la vereda, hacen la compra del día y ellos dos están allí, mirando películas y hablando, tendiendo un puente entre ellos que uno adivina indestructible. Lo realmente remarcable es que, respetando profundamente a su hijo, Gilmour se gana el respeto más verdadero jamás conseguido por un padre.  RESPETO. No miedo, no gratitud, no camaradería, respeto real y no hay nada más conmovedor ni más digno que eso. El reconocimiento hondo del otro, de su singularidad, de su libertad plena para conformarse y construirse a sí mismo,  de su derecho a ser diferente y  amado al mismo tiempo.  Un padre que entiende que su hijo no vino al mundo ni para conformarlo, ni para decepcionarlo, ni para llenarlo de orgullo, ni para deslumbrar a sus amigos, ni para replicar su escala de valores y defectos, si no para vivir una vida nueva y entera. Gilmour entiende que cada cosa que haga en este momento crucial de la vida de su hijo, va a fundamentar la relación que tengan para siempre y tienen razón. La adolescencia es para los hijos, la prueba de fuego a la que someten a sus padres, la naturaleza les ha otorgado ese derecho y es allí donde los asuntos que marcarán sus vínculos por el resto de sus vidas, se ponen en marcha. Así que, amigos, váyanse con mucho cuidado a esas horas y asegúrense de tener una videoteca bien tupida…

Cineclub es un gran libro que habla de los mejor del cine y de la vida como si fueran dos caras de la misma moneda. Hace poco, en un momento medio iluminado, twiteé algo así: “Todos hacemos cine. El cine es vida. La vida es cine”  y creo que este libro me gustó tanto porque creo en esto religiosamente. Además, sueño con que esta columna se convierta en algo parecido. Un espacio para hablar de la vida y del cine, sin caretearla ni vender saraza.

 “…La puerta se cerró de golpe. A continuación, regresó a toda prisa, pisando pesadamente el suelo con los pies descalzos; volvió a colocarse en el sofá de un salto mientras se sujetaba los pantalones por la cintura.

Tienes que reconocerlo,  papá. Es una gran película.”

                                                                                                     David Gilmour. Cineclub

 

 Gracias a mis viejos por bancarme en todas y gracias a Rodrigo por prestarme el libro.

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