A Sala Llena

Cinismo barato y (por qué no) zapatos de goma…

¡Buenas, buenas, mis
pequeñas criaturas asquerosas, repugnantes! ¿En qué han estado ocupando su
valioso tiempo por estos días? ¿Cómo vienen capeando el atracón de comida del
día del trabajador? ¿Me extrañaron?  Sí,
sí, me he retrasado lo sé. No me salten al cogote y ténganme piedad.  He estado, como dicen los americanos “under
the weather”, es decir, medio ñac y, aunque ustedes no lo crean, no se me
ocurría una puta cosa. He andado cansada, pesada, extraña; no me he sentido
bien. La cabeza no me estaba funcionando de manera normal. De hecho, me la he
pasado en internet, medio tirada, comiendo caramelos y alfajores cordobeses o
mirando la televisión (bah, ahora que lo pienso, eso sí es normal para mí
jaja).  La cuestión es que no se me
ocurría nada. Tenía como desordenada la cabeza. Algo así como si me estuviera
funcionando despacio, desordenadamente, sumida en la niebla. Al principio creí
que era como siempre, pero después me alarmé un poco, ya que la cuestión empezó
a prolongarse. El estado se parecía a un sueño en la vigilia. Algo así como ver
las cosas fuera de foco y escucharlas dentro de una bañadera.  No podía escribir, así que me la fumé leyendo
poesía.  La mente me andaba por los
lugares de siempre: la maternidad, la enfermedad, la muerte, el cine, el ego,
el amor, la felicidad, la comida, la pilcha y las tareas de la casa.  Estuve deambulando por la casa buena parte del
tiempo, hablando con los gatos y tomando infusiones de todo tipo,
desordenadamente, hasta que me metí al servicio de películas grabadas de mi
proveedor de cable y me encontré con La Sociedad
de los Poetas Muertos.
Me largué a reír. Allí estaba yo leyendo poesía y
cuestionándome el valor de cada día y su relación con la noción de la muerte y
¡PUM! aparece en mi televisor esa peliculita.  Parecía una de esas coincidencias prodigiosas
pero, a decir verdad, no era más que una consecuencia lógica del recorrido de
mi mente.



La
Sociedad de los Poetas Muertos,
film de Peter Weir sobre un
guion de Tom Schulman, se estrenó en 1989 y voló unas cuantas cabezas, aun
cuando volvía sobre el remanido tema “profesor  rebelde cambia la vida de alumnos”. El
señor Keating (Robin Williams), profesor de literatura,  llegaba a una prestigiosa escuela privada de
varones americana de fines de los cincuenta.  Les subvertía la vida a sus alumnos,
entablando paralelismo entre el amor por la poesía y el apetito por la
existencia.  De esa manera, instaba a los
muchachos a ser librepensadores y a elegir lo que querían para sus vidas sin
ataduras, en una época en la que los mandatos familiares pesaban más que cualquier
cosa. Voy a asumir que la  hemos visto
todos, así que no se la estropeo a nadie cuando digo que, todo se iba al
diablo,  cuando un pibe se suicidaba.
Esto daba por tierra con la carrera del dichoso docente, que era inculpado
injustamente y se veía forzado a abandonar la institución, no sin antes recibir
un flor de reconocimiento por parte de sus alumnos que dejaba el sacrificio,
más o menos, justificado.  La famosa
fórmula casi imbatible del tipo que, desde un lugar pequeño, hace una
diferencia.

Me quedé viéndola. Me reí
con las partes graciosas, me sorprendí de lo jóvenes que se veían algunos de
los protagonistas, puteé a Robin Williams y a su interpretación y lloré con el
final. Por alguna razón, siempre que vuelvo a ver esta cinta, lo hago con
cierta condescendencia. La miro de reojo y un poco sobradamente, como se mira a
un pendejo que te cuenta ridículamente entusiasmado, que se está por mandar una
cagada que vos ya te mandaste mil veces. Suelo achacarle todo el asunto al
pesado de Williams pero, más tarde o más temprano, termino haciendo las paces
con él.  Si bien su interpretación está
plagada de clisés y repeticiones asquerosas, es justo decir que fue la primera
y que, todas las demás, incluyendo su inefable Patch Adams, vinieron después.

Creo que mi problema es más
que nada, con la ingenuidad comprometida en la trama. Si, la cinta es romántica
en un grado superlativo y si, también está sumida en alguna especie de esperanza.
Pero no puedo evitar sentir que de alguna manera, todo eso que se cuenta, a la
larga, es completamente inútil.  Los
alumnos siguieron con sus vidas y se olvidaron del señor Keating. Y, con los
años, si lo recordaron lo hicieron como a un pelotudo o, mucho peor, como a un
soberano arrogante. “¡Aquí vengo yo a
cambiarles la vida muchachos, a mostrarle de qué la va la pelotita!”
y a la
mitad del ciclo lectivo le pegaron un boleo en el orto.  Entiendo que el relato lo presenta al profesor
como a un liberador de mentes pero, en el fondo, no es más que un redomado
imbécil que acabó con su carrera de docente, por tirar de la piola más de lo
que podía.  Al final fue él el que, en
vez de chupar la médula de la vida, se atragantó con el hueso.  Un pobre y, finalmente ni siquiera original,
patético chivo expiatorio.  Y tal vez sea
que hoy me desperté cínica, pero creo que, mirando mi vida en retrospectiva, no
hay un solo profesor de mi pasado al que yo pueda ver como una verdadera
inspiración. Si tuve algunos muy inteligentes, respetables y divertidos a los
que recuerdo con mucho cariño, pero ninguno verdaderamente comprometido con
nada.  Y me siento tentada, casi compelida
a decir que, esos tipos, no existen.  O,
por lo menos, no existen en la mente de sus estudiantes.  Y tal vez sea allí, donde resida el error
garrafal de la película: la rebeldía y el compromiso desmedido le corresponde
entera y absolutamente a los jóvenes. Yo diría que, en los adultos, resulta
poco menos que ridícula y por eso, a la larga, el film termina pareciendo
también ridículo y desproporcionado.  

Y, por supuesto,  me revienta que Neil se termine suicidando,
en vez de matar al hijo de puta que tiene como padre o, cuanto menos,
propinarle una feroz golpiza…

Tal vez esté equivocada (lo
que es casi seguro). Tal vez la ampulosidad de la película y su grandilocuencia
tengan que ver con el hecho de que, la narrativa, se apoya en un punto de vista
adolescente. Si así fuera, cualquier derrape estaría ampliamente justificado.
Pero, no puedo evitar recordar algunas películas sobre el tema que me han
gustado más que esta. Mentes Peligrosas,
Al Maestro con Cariño, Madadayo, El Club de los Emperadores…
en fin. Seguro
que ustedes se acuerdan de muchas más y, sería interesante, que rebatieran uno
a uno mis argumentos anteriores y me sacaran de mi cinismo de cotillón.

Argumenten con enjundia a
favor de la película, a favor de sus maestros y profesores de colegio; es más
¡argumenten a favor de los míos! Incluso argumenten en favor de Williams si
quieren. Convénzame.  Sé que hay mucha
gente ahí afuera que la ve como una película iluminadora. A esos los insto a
defenderla con encono desmedido y a refregarme el “carpe diem” por la jeta.

Porque tal vez hoy me siento
“de vuelta”, pero siempre es mejor creer…

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