A Sala Llena

Cosmopolis, según Nuria Silva

Lo que sangra y se retuerce.

El Capitalismo es un dedo en el culo para los que están arriba y para los que están abajo, y esto puede ser excitante y placentero o molesto y doloroso según nos ubiquemos. El poder económico es una herramienta de excitación esencial para unos pocos. Allá los que disfrutan, aquí los que nunca llegan. Cronenberg ofrece un retrato mórbido de estos infinitamente más potentados que cualquiera de nosotros, generalmente representados por actores de rostros angulosos, lampiños, con perfectos peinados y trajes impagables, resguardados tras vidrios polarizados y por guardaespaldas que parecen haber sido cortados con la misma tijera. Packer (Robert Pattinson) es un joven economista de la Wall Street ya sin nada más que probar ni padecer, con una arrogancia desmedida que le permite ubicarse por encima del considerado hombre más poderoso de la tierra.

Pero ese mundo altivo al que pertenece se verá rodeado por la masa despojada, cuadro del apocalipsis inminente de un mundo cada vez más fragmentado. Las naciones tercermundistas están resurgiendo y las grandes potencias mundiales enfrentándose a golpes económicos que conllevan a crisis sociales, con un claro incremento de la violencia física y simbólica aunque también con una mayor toma de conciencia motivada por las desproporcionadas diferencias de derechos entre unos y otros.

David Cronenberg supo valerse del apático Robert Pattinson para dar vida a un personaje abúlico y automatizado que parece no entender un carajo de lo que ocurre más allá de la “nave futurista” en la que se desplaza de una punta a la otra de Manhattan para cortarse el pelo, suleitmotiv desde el inicio pero símbolo de cambios más radicales tras los que realmente va. Que haya mencionado la palabra culo al principio no es casualidad, en Cosmopolis es esencial porque es el lugar común a todos y un punto clave para la lectura sociofilosófica y existencialista que la caracteriza, sustentado por el interior de la limusina que en ciertos planos da la sensación de estar dentro de un recto (los “anillos” al fondo son el mejor ejemplo) y por los análisis de próstata a los que el protagonista se somete diariamente y que presentan su clímax sexual más importante. Hijo del Capitalismo, criado por lobos, por momentos príncipe errante con aires hamletianos -en una película que se destaca por sus soliloquios, al igual que la tragedia clásica-, es visitado por una galería de personajes “oraculares” que parecen ser figuraciones de su propio inconsciente si seguimos la línea Freudiana que Cronenberg suele transitar y de forma cada vez más evidente desde Spider. Packer es la viva encarnación del vacío existencial.

Y lo más desolador de la película es que resulta imposible vincularse con los personajes que la atraviesan, nos deja sin nada que percibir física y emocionalmente, corriendo el riesgo de expulsarnos de ella. Pero si como espectadores tenemos la posibilidad de experimentar algún tipo de catarsis es ante la pequeña pero importantísima intervención de Mathieu Amalric (actor y director de origen polaco, a quien le debemos Tourneé) como André Petrescu. ÉL es el personaje con quien debemos identificarnos. Payaso anárquico, verborrágico, físico, vital, augusto que aparece desde el fuera de campo clave de detrás de la cámara, donde nos encontramos nosotros, para estampar un tortazo en la inalterable carablanca de Pattinson. Como sus antecesores -anteriores incluso a los Zanni de laCommedia dell’Arte– cumple con la función de ponerle cuerpo y palabra a lo que el pueblo deplora, dejando en evidencia el absurdo del poder.

Cronenberg hace poesía con el guion y se vale del género literario como fundamental para el desarrollo de un discurso contemplativo y analítico, a la vez que divagante. Cosmopolis empieza con una cita de Zbigniew Herbert –economista y poeta nacido en Polonia miembro de la resistencia polaca, censurado por el estalinismo, además de líder del partido anticomunista- que reza: “la rata se convirtió en la unidad monetaria”. A priori resulta fascinante la idea de unión entre lenguaje económico y poético, mundos antagónicos que se verán plasmados en el film dejando en claro que el autor polaco es una pieza clave para su comprensión. Minutos más adelante Packer le menciona esa frase a su compañero de viaje en ese momento y realizan un juego o duelo verbal con la idea, abstrayendo esta frase del poema “Informe sobre la Ciudad Sitiada” para otorgarle un sentido opuesto al que tiene en su contexto original. Lo mismo sucede en otra escena donde la leyenda “Un espectro está hechizando al mundo. El Capitalismo” puede ser leída en un cartel electrónico, frase modificada del Manifiesto Comunista “Un espectro está hechizando a Europa. Es el espectro del Comunismo”. Las protestas sociales expuestas a través de los vidrios polarizados de la limusina como si de televisores se tratara, son consideradas como herramientas funcionales a un sistema de consumo que se focaliza en un futuro posible sólo para pocos. El concepto anarquista de destrucción como acción necesaria para una nueva creación es tomado como punto de partida vital para el capitalismo, según Vija Kinsky, Jefa de Teoría interpretada por Samantha Morton. Esto me hizo pensar inevitablemente en la tergiversación que algunos sectores de la derecha están haciendo de emblemas acuñados desde los movimientos de izquierda.

La película clausura en primerísimo primeros planos, planos medios y locaciones generalmente intimistas que le otorgan una voluntad de abstracción importante, que ya desde los títulos alude a la pintura de Pollock, artista representativo del movimiento abstracto, mediante manchas de diversos tonos que surgen desde lo bajo y en ascenso rompiendo con la uniformidad de un cielo sepia, anticipando la trama sobre la que se desarrolla la historia.Cosmopolis funciona como reflexión del propio Estados Unidos y con interesantes referencias a sus políticas exteriores (la compra de un avión bombardero Ruso, el ataque al Director del FMI en Corea del Norte, televisado y no casualmente al ojo, por ejemplo). La amenaza es siempre externa y las consecuencias lejanas. Un hombre quemándose a lo bonzo es sólo una imagen más del horror por ver y que en esta era de sobreinformación y explotación de imágenes barbáricas no llama la atención. “No es original” dice Kinski. Y ese “allá”, esa realidad intangible para los que viven encapsulados es lo que motiva a Pecker a ir tras su mujer -una literalmente impenetrable poeta, hija de padres adinerados- expresado verbalmente como deseo sexual pero que habla a las claras de su necesidad por conocer el submundo con el que ella coquetea y al que lo dirigirá, hasta que la palabra “libertad” desate una indiferente crisis matrimonial. Pecker vive en un mundo materialista pero no hay materia porque él mismo ha dejado de serlo. Me resulta fascinante que el personaje encargado de terminar con su angustia (si esto acaso es posible) sea Benno Levin (Paul Giamatti), empleado despedido, personificación de la locura y tras la misma búsqueda del ser, que con un simple gesto y sin mediar palabra se presenta como psicoanalista pero que manifiesta ser el analista económico del protagonista, un claro juego de palabras que infiere un desplazamiento de la misma función sobre una mente que funciona en base a números.

calificacion_5

Por Nuria Silva

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