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Cine

Crítica de “Alpha”, film dirigido por Julia Ducournau

And like a moth that tries

to enter the bright eye

so I go shuffling out of life

just to hide in death awhile

PARANOIA Y SOLEDAD

Si Raw y Titane -las dos anteriores películas de Julia Ducournau- habían conseguido alienar a los extraños, con Alpha parece haber logrado lo mismo con los propios. El mundo de la realizadora francesa es oscuro, deforme, visceral. Al mismo tiempo, tiene la capacidad para encontrar ternura en los lugares menos pensados. Pero en Alpha emerge una sensación nueva en su cine: la desesperación, un dolor mucho más punzante que todas las agujas del mundo. Un dolor que trasciende tiempo y espacio, que no admite sutilezas ni modales.

¿De qué se trata Alpha? No es una pregunta fácil de responder. La narración es deliberadamente caótica y recargada: como si las escenas le salieran a borbotones, como si balbuceara a la hora de encontrar el momento en el que su relato comienza. Podemos ubicar un detonante claro: la adolescente Alpha (Mélissa Boros) asiste a una fiesta donde un compañero de escuela le realiza un tatuaje en condiciones sanitarias más que cuestionables, con ella en estado de inconsciencia. Estamos en la década del 90’ y, asociada a la imagen de la aguja, acude inmediatamente otra: la del contagio del VIH, junto al estigma que acarrea.

Ducournau convoca este imaginario terrible, pero lo subvierte: en el universo de Alpha la fase final de la enfermedad no es el SIDA, sino que el cuerpo de los infectados se vuelve de mármol hasta solidificarse por completo. La decisión parece contraria a la naturaleza de una directora tan predispuesta a explorar imágenes del deterioro físico: un extraño meandro poético que -tomando en cuenta lo preciso del período histórico en el que sitúa la acción- se vuelve alegórico.

Como si el acoso y la discriminación que despiertan en sus compañeros de escuela ante la sospecha de que Alpha esté infectada no fueran suficientes, la madre de Alpha (Golshifteh Farahani) recibe en casa a su hermano Amin (Tahar Rahim), el tío de Alpha. Amin es un adicto a la heroína siempre al borde de la recaída. Lo que al principio parece la peor idea que una madre puede tener abre la puerta a un vínculo tan tormentoso como profundo entre Alpha y su tío, acaso los únicos que pueden entenderse porque saben lo que es sentirse verdaderamente solos.

Alpha es la película más hostil de Ducournau, pero acaso sea la que más nos ofrece a cambio de nuestra paciencia. De a poco, la realizadora parece despojarse de todos sus lugares cómodos. A pesar del amague con la aguja, el shock value de sus dos primeras películas queda subsumido por un rigor clínico. Los cuerpos ya están cansados, agotados de que sus seres queridos luchen por mantenerlos vivos. Cuerpos que desean morir, incluso cuando casi no han vivido. Sus colores intensos apenas aparecen en los flashbacks que esporádicamente atraviesan una narrativa de interiores fríos y bañados en potentes haces de un blanco mortecino. El humor grotesco e impropio de Raw y Titane se ausenta por completo.

A cambio hay una suerte de paroxismo de su gusto por el melodrama familiar, que ya afloraba en la segunda mitad de Titane. En Alpha se grita, se sufre y se llora hasta el hartazgo, y hay algo en ese desborde que asusta, que repele, que ahuyenta. Los críticos que la vieron en Cannes la tildaron de gruesa, y tienen razón. Mi pregunta es cuándo Julia Ducournau les dio indicios de ser una directora sutil.

Alpha es, por lejos, la película más radical y transgresora de Julia Ducournau. Porque se extrema hasta la autoparodia y, a la vez, nos priva de todo aquello que hacía a sus mundos un poco más soportables. Es desoladoramente triste, con temporalidades que se cruzan sin que podamos desmadejarlas para reconstruir una linealidad. El tiempo del dolor es un no-tiempo. Un estigma que empieza en un tío, se apodera de una hija y rodea cruelmente el deseo de una madre de comprender.

Quizás lo que Julia Ducournau consigue en Alpha sea una de las cosas más difíciles de hacer: mantener el flujo caótico de la creación mientras va tomando forma en la cabeza, para arrojárnoslo como ese viento rojo que dispersa las arenas.

(Francia, Bélgica, 2025)

Guion, dirección: Julia Ducournau. Elenco: Tahar Rahim, Golshifteh Farajani, Mélissa Boros, Emma Mackey. Producción: Eric Altmayer, Nicolas Altmayer, Arnaud Chautard, Jean-Rachid Kallouche. Duración: 128 minutos.

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