Se puede ir siempre un poco más allá en el análisis de, o en la especulación sobre el verdadero trasfondo psíquico que se haya sedimentado bajo el comportamiento de las personas que resultan situadas, contra su voluntad o de manera autoimpuesta, en ese tipo de escenario límite que las empuja a la pura anomalía, a la zona de extrañeza más distorsionada de la realidad, donde terminan obligadas a actuar bajo el prisma de una ley que no es la que rige nuestro mundo ordinario.
En Los bobos, tercera película de la dupla Jallinsky & Basovih Marinaro, un chico y una chica que trabajan para la madre de aquél ofrecen, con la naturalidad de unos simples vendedores de pólizas de seguro, un tratamiento casero, clandestino, por supuesto que ilegal, que incluye electroshocks que anulan el poder cognitivo y conductual de los pacientes, quienes, tras la sobrecarga de electricidad suministrada mediante apliques en la sien –como en las horrorosas clínicas victorianas de décadas pasadas–, quedan reducidos a despojos babeantes e indefensos prestos para la estafa o el confinamiento injusto de por vida.
Este tratamiento es aplicado a personas inocentes enviadas por familiares, socios o jefes nada inocentes que, básicamente, se los quieren sacar de encima. La misma práctica inicua que los aristócratas o las familias burguesas de gran posición económica ejercían con impunidad en un pasado de nuestra sociedad menos legislado, sobre parientes que eran considerados meras molestias ante la perspectiva de una mejor vida a través del cobro de alguna herencia que aquellos estaban o podrían estar obstaculizando.
Esto no es Disney+. El clima de agobio moral que destila Los bobos es asfixiante y en ello tienen bastante que ver los prolongados primeros planos que abundan en su puesta en escena, una elección inteligente tanto si es por estética o por presupuesto. Todo el reparto está bien dirigido (el protagonista masculino quizás se exceda un poco) y, gracias a la cercanía de los rostros, esta virtud se percibe con aspereza. En este sentido, Jallinsky & Basovih Marinaro logran correctamente uno de sus propósitos, que es el de impedir que un personaje, pero ni uno, se redima. No hay redención posible. Todos nadan en la miasma de su propio excremento, contando billetes tras billetes, como un Profesor Neurus desbordado por la ansiedad de la coyuntura financiera del dólar.
La Buenos Aires que sirve de escenografía a esta película es la Buenos Aires del cine argentino, o porteño, que vemos todos los años. No hay un trabajo de dirección de arte vinculado a, por ejemplo, una conversión de la ciudad en la postal de una selva inmisericorde que pudiera extrapolarse al estándar de calidad ética de los protagonistas. Pero los seres que la habitan, sí, se expresan con una diferencia crucial: todos mienten, todos esconden; nadie es un cristal impoluto. Buenos Aires es la misma, pero no: está teñida por la opresión de un revulsivo espeluznante que solo busca carcomer el Bien a dentelladas, como el personaje que interpreta la cordobesa Florencia Bergallo, una suerte de Cruella De Vil que irrumpe como un elefante en un bazar para tirar todo al diablo como una diablesa sin escrúpulos que redobla la apuesta del cinismo de los protagonistas, acorralándolos contra la cuerda hasta un inevitable nocaut psicológico.
Sin tener el mal gusto de desbarrancarse en la aburridísima moda mainstream del whodunit agathachristiano, la deriva de Los bobos culmina con una sorpresa que se construye como una fase inevitable y fatídica, que da como resultado, por primera vez, la simultaneidad entre el crimen y el castigo. Si todo estaba mal, ahora todo está peor. Siempre se puede estar peor, siempre se puede ir un poco más allá de los recovecos húmedos y tenebrosos del alma.
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Guion, dirección, producción: Sofia Jalinsky, Basovih Marinaro. Elenco: Sebastián Romero Monachesi, Liliana Weimer, Cecilia Marani, Verónica Gerez, Fiona Gollob. Duración: 95 minutos.









