A Sala Llena

La espía roja (Red Joan)

(Reino Unido, 2018)

Dirección: Trevor Nunn. Guion: Lindsay Shapero. Elenco: Judi Dench, Sophie Cookson, Tom Hughes, Stephen Campbell Moore. Producción: David Parfitt. Distribuidora: CDI Films. Duración:  103 minutos.

Las estrellas americanas de la edad de oro de los estudios bailan, nadan, patinan,

pero caminan poco; atraviesan los decorados, donde se ofrecen inmóviles al objetivo,

el mundo se desplaza a su alrededor y no al contrario

Jacqueline Nacache, El actor de cine

Hay tres elementos jalonando La espía roja hacia lo retrógrado: la visión de la vejez, el rol de la mujer y las características tradicionalistas del género de espionaje. ¿Para qué necesitamos entonces otro film de espías?

Joan Stanley (Judi Dench y Sophie Cookson), simpatizante del partido comunista, es contratada por el gobierno británico, y a escondidas la recluta la KGB para que ella extraiga información gubernamental. Ella transfiere datos sobre la bomba nuclear a los soviéticos, lo que les permite a estos mantenerse a la par con Occidente en el desarrollo de armas atómicas. Permanece de bajo perfil durante más de medio siglo hasta que es descubierta a sus 87 años.

Sin duda, uno de los ganchos de esta cuarta película de Trevor Nunn, presentada en el Festival de San Sebastián, es Judi Dench, actriz inglesa respetadísima por su larga carrera de actuaciones donde su carácter deja una impronta en la historia. Desde el afiche hasta el tráiler, ella representa el foco de atención. Acumula además siete nominaciones al Óscar en dieciséis años, desde 1998 hasta 2014, aunque empezó trabajando en cine en 1964 en El tercer secreto. Sabemos que ha colaborado con directores como James Ivory, Stephen Frears, Kenneth Branagh y Richard Eyre, y se destaca en el teatro y en la televisión también. Nadie que diga conocerla puede olvidar a su M en varias películas de la saga de James Bond. Con personajes que imponen cierta autoridad, su carácter maleable no se cuestiona.

Ahora, así como su único Óscar es por una actuación de reparto en un papel de siete minutos cuando todos la alabaron el año anterior por su protagonismo en Mrs. Brown; su actuación como tal en La espía roja, está reducida a escenas brevísimas donde su rostro vacante es interrogado sobre los actos pasados de la espía. Dench es tratada como una excusa para volver a la historia de juventud (Sarah Cookson), cuando se vio inmiscuida en la creación de la bomba de Hiroshima.

El descaro llega a ser tal frente a esto que la reacciones de la actriz a las preguntas que le hacen en el interrogatorio no tienen casi ningún peso. La edición de Kristina Hetherington opta por volver al pasado antes de que algún gesto nos exprese algo significativo. A esta decisión se suma que muchas de las tomas son planos medios o primeros planos de su rostro. Hay poco movimiento de su cuerpo en la película, que se puede justificar al menos superficialmente con la edad de la actriz y del personaje que interpreta. El problema es que cuando por fin tiene un discurso armado sobre sus decisiones de vida, tiene que venir su hijo abogado para apoyarla y que los demás la reconozcan; cuando minutos antes la había abandonado frente a toda su confesión. ¿Dónde queda su valía como personaje independiente?

Los problemas no terminan acá. Las mujeres en la historia se reducen a ser las segundonas en todo el proceso histórico. Nos queda claro que en esa época la mujer era vista así. Ellas eran quienes asistían, quien cocinaban, quienes asentían. Es tan claro esto que los momentos donde Joan es relegada a su ‘rol femenino’ son casi vergonzosos en su obviedad: enamora a dos hombres pero ninguno se la toma en serio como para entablar una relación estable con ella, sino con la finalidad de aprovechar su cargo (Max Davis) o su conocimiento (Leo Galich).

Entendemos: tal vez el guion haya sido fiel en parte del retrato de la vida de Melita Norwood, el nombre de la espía en la vida real, pero entonces nos preguntamos para qué estamos viendo la película si no pone en perspectiva el rol femenino en un momento clave de la historia, ni le permite escenas a Judi Dench para destacarse. Esto llega al colmo en dos puntos. Primero, en la escena que requiere el mayor movimiento físico y anímico para la actriz (cuando habla con su hijo en casa), su personaje se derrumba por debilidad y lo hospitalizan. Dench está en sus 84 años, pero hasta donde se sabe, camina lo más bien. Después, el guion la hace débil incluso para decidir suicidarse. Shapero, la guionista, cae en cada una de las trampas posibles para las decisiones de su personaje. Si efectivamente Melita Norwood fue la espía más importante de la KGB y la más longeva como señala el libro de Christopher Andrew*, amigo de la espía en la Universidad de Cambridge; la película nos retrata a una mujer frágil y manipulada.

Por otro lado Hitchcock decía, en la famosa entrevista que le hizo Truffaut, que las películas para descubrir el asesino adolecían de un problema central: todo el enfoque estaba sólo ahí, en advertir quién era el culpable. Se podría decir que en las películas de espionaje pasa algo similar: sabemos que el espía será descubierto. El interés está concentrado en cuándo y cómo pasará. El acierto y desacierto del guión de La espía roja es que desde el comienzo sabemos cuándo ella fue descubierta. El foco recae entonces en qué hombre la enamoró finalmente para encubrir su rol como espía. Es un acierto porque nos pone en expectativa con respecto a las vueltas de la historia. Es un desacierto por el ya mencionado retrato manido de la feminidad. Todos los hombres la controlan.

Uno de esos detalles pequeños que rescata la película del fracaso total es cierta recurrencia de planos generales donde la figura humana está minimizada frente a obras arquitectónicas de gran envergadura. Nunn no olvida que estamos ante un evento histórico que supera al hombre (¿y a la mujer?), si bien no concreta otros elementos para que haya una historia visualmente atractiva de narrar.

Al final, algo insinúa el film: en la sala de cine se nos dicen verdades. Ello nos permite una breve reflexión sobre la fuerza de la experiencia cinéfila. Las dos primeras veces que Joan va al cine, ella advierte los estragos de la guerra, y en especial de la bomba, por las noticias. Sin embargo hay una tercera vez; aquí escuchamos fuera de campo que Joan le habla claro a Leo Galich (Tom Hughes) sobre las diferencias entre ambos, y hasta sale intempestivamente de la sala. A la escena siguiente, de todos modos, se retracta y va a casa de él. El subtexto es tan confuso aun para el rol del cine dentro de los confines de la historia que terminamos desistiendo. Nos han querido engañar a nosotros también: en este caso ni siquiera a Judi le queda el beneficio de las estrellas norteamericanas de la edad dorada.

The Mitrokhin Archive: The K.G.B. in Europe and the West

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