A Sala Llena

De catástrofes, estafas y mudanzas…

Es un hecho comprobado científicamente (por lo tanto nadie se atreva a debatirlo) que, cada tanto, la vida presenta una especie de racha en la que todo se descompone. Los artefactos  se te rompen, los defectos de la casa sobresalen, se te queman los focos, te enfermas de alguna pavadita, te chorean, se te pierden las cosas, aparecen manchas de humedad en el techo, te cagás a golpes, discutís con las personas, se te pierden las facturas, te pican los mosquitos  y algunas cositas mas por el estilo que, sumadas, arrojan como resultado una serie, que no llega a ser fatal, de hechos desafortunados.

Ayer, mi amiga Luján, me llamó para contarme que le habían clonado la tarjeta de débito y  le habían robado una cantidad sustanciosa de guita del banco. Al ratito nomás, mi vieja, que se suponía que debía estar en camino junto a mi papá para acá, me llama para decirme que no habían salido de Huinca porque el motor del bombeador de agua (en mi pueblo no hay agua corriente) se les había quemado y se habían quedado sin agua ellos y la vecina.  Por mi parte, recordarán que, unas columnas atrás, les chusmeaba  mis devaneos con Fibertel y que no tenía internet y  que me había peleado con una telefonista y la mar en coche. Bueno, ya tengo todo el inconveniente solucionado, pero la telefonista con la que me agarré, vengativa, taimada y  muy astuta, me dio de alta HBO y todos los canales Premium de cine que vienen en el paquete. Los comunes, los no tan comunes y  los súper recontra especiales. ¡Cagate de risa! Yo pensaba que los veía por obra y gracia de una de esas promociones que suelen darte en Cablevisión pero, cuando llegó la boleta del cable, ¡mamita!, casi seiscientos mangos más de jodita. ¡Chupate esa mandarina y sacale bien el jugo!  Debo admitir que a mí me resultó muy gracioso. La mina estuvo bien. Yo le había recontra hinchado las pelotas y había descargado toda mi furia y frustración contra ella que, de verdad, no podía hacer más de lo que estaba haciendo en aquel momento. La pobre se tuvo que mamar mi perorata, sin comerla ni beberla. Lo único que le quedaba por hacer, era vengarse y lo hizo, de manera muy inteligente debo decir, porque su plan funcionaba a dos niveles: primero estaba el asunto de la guita (que, por suerte, no tenemos que pagar) y segundo estaba el tema de que los canales, maravillosos como son, te enganchan a pleno. Para alguien con una adicción remarcable al cine y la tele como yo, hizo falta menos de una semana para que me acostumbrara a todos los canales y me encaprichara con ellos de manera encarnizada por lo que, la abstinencia de ahora, joroba de manera más que efectiva y dolorosa. Muy astuta la mina, muy astuta. Vayan desde acá mis más sinceras felicitaciones y mis epítetos más ocurrentes, rebuscados y deleznables. Ah, me olvidaba: si es posible, ¡reventá como un sapo jodida de mierda!


En fin…


La cuestión es que todos estos contratiempos domésticos, me dejaron pensando en una película que me encanta y que hoy me gustaría desempolvar, bien al estilo de esta columna, para que ustedes puedan volver a disfrutar.


El film en cuestión se estrenó en el año 1986 y yo debo haberlo visto, por lo menos, cuarenta veces a lo largo de mi vida. De hecho, lo conozco tanto, que ya comienzo a reírme a penas entran los títulos.  Para rematarla, está protagonizado por mi amor platónico, el ya archiconocido amigo de la casa, Tom (maravilla) Hanks, lo que lo hace prácticamente irresistible. Cada vez que lo engancho en cable, me quedo viendo. Me preparo un mate cocido, unas tostadas o algunas galletas y  tomo carrera para descostillarme de risa.


Hogar, dulce hogar es una comedia emblema de los años ochenta que, seguramente, casi todos vimos pero que vale la pena recordar en este jueves ventoso y poco dicharachero.


Tom encarnaba a Walter, un abogado de músicos de rock que vivía con su novia Anna, la legendaria Shelly Long, en un lujoso departamento prestado, que pertenecía a Max, ex novio de ella, medio chiflado y sumamente excéntrico director de orquesta. Todo se desataba cuando Max, interpretado por el bombonazo de Alexander Godunov, decidía volver a vivir en su casa y, la feliz pareja debía mudarse. ¿Les conté alguna vez que yo estuve en brazos de Godunov y que me dio un beso? Resulta que había venido a la Argentina a bailar Carmen. En aquella época estaba considerado uno de los más grandes bailarines del mundo y mi vieja y mi tía (dos piradas) me llevaron a verlo. Una cosa llevó a la otra y cuestión que, al final, terminé subida al escenario. El tipo, altísimo recuerdo, me levantó por el aire y yo, que no pesaba nada, literalmente volé en sus brazos. Tengo la imagen vívida de su rostro y sus brazos extendidos desde arriba. Me besó en la mejilla en un acto increíblemente teatral y totalmente dramático que fue la mar de cool.  A la salida del teatro, la gente me tocaba como si yo fuera un talismán de la suerte.  No nos dejaban caminar.  Yo tenía nueve años.  Fue increíble.


Me fui por las ramas… Sigamos con la película: Anna y Walter compraban una casa que era casi una mansión por un precio que, estimaban, era una ganga. Los timaban por supuesto. La casa se caía a pedazos y tenían que sumirse en un sinfín de remodelaciones que resultaban catastróficas e increíblemente hilarantes.  Quién puede olvidarse de aquella escena legendaria en la que Tom llenaba la bañera con un balde en la planta alta y, de golpe, se desmoronaba el piso y la bañera pasaba para abajo destrozándose en mil pedazos. La escena era genial. Lo más gracioso no era que se cayera la bañera, si no  el remate de la secuencia, con Hanks cagándose de risa de la impotencia. Otra secuencia memorable, era la de la escalera que se rompía a medida que Tom la  iba subiendo, porque, por supuesto, la mayoría de los gags desopilantes le sucedían a él.  Se lo tragaba una alfombra, encendía la luz y se le prendía fuego la cocina, tocaba el timbre y se electrocutaba, lo estafaban los albañiles, tragaba tierra a paladas y todas esas cosas que a él le encantaba hacer por aquella época.  Me estoy acordando y no puedo parar de reírme. La escena en que se lo tragaba la alfombra era terrible jajajaja. Se pasaba todo el día hundido en el piso, con los brazos aprisionados y la cabeza afuera. Era totalmente ridículo e increíblemente gracioso. No daba tregua.


Desde ya, la relación de Anna y Walter iba resintiéndose con todos los quilombos de la casa y, los problemas del lugar, se convertían en una metáfora del vínculo entre ellos.   Las mudanzas ponen a prueba a las parejas porque siempre, mal que mal, hay algún despelote. En este caso en particular, la caricatura del tema era maravillosa y resultaba verdaderamente efectiva a la hora de descomponerse de risa.


La dirección de arte era excelente, la elección del elenco remarcable y la fotografía, del mítico Gordon Willis (si, el señor de la oscuridad en persona) era un marco de excelencia para tanto disparate rotundo. Si le queremos poner la frutilla al postre, Steven Spielberg era el productor ejecutivo. En síntesis, receta infalible para una tarde de viento y lluvia en la que todo lo que queremos es pasarla bien un rato.


Por mi parte, me entusiasmo mucho recomendándoselas, porque pienso en todos los recuerdos de los ochenta que esta película carga consigo. Tom Hanks flaquito (diría Susana), Shelly Long divina, cálida, joven y hermosa, Godunov vivísimo y en el esplendor de su belleza y de sus dotes actorales… El director, Richard Benjamin se dio una panzada con sus actores y sacó lo mejor de todos ellos. La  caterva de albañiles era sencillamente exquisita y la familia de plomeros mentirosos resultaba verdaderamente entrañable.


Háganme caso amigos y mándense con uno de esos rescates emotivos que, cada tanto, resultan tan deliciosos. Esta cinta no los va a defraudar y los va a dejar de buen ánimo y con un dulce y duradero sabor de boca.

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