A Sala Llena

Desnuda y Alborotada

 

¿Qué querían ser cuando eran chicos? Esa es una pregunta un tanto maldita, pero nadie se escapa de hacérsela por lo menos, una vez por año.  Cada cumpleaños, Año Nuevo o cada vez que nos forrean en el laburo, cuando algún ingrato amigo se olvida de nosotros y volvemos a los días de la infancia, cada vez que nos tomamos un taxi al microcentro para hacer algún trámite y el viaje nos cuesta un huevo y tardamos tres horas en ir y volver o cuando estamos un domingo en la cama con la cara de lleno en la almohada, no del todo despiertos y babeando. 

Me imagino que, para algunos, la respuesta a tamaña pregunta será “Exactamente lo que soy, soy todo lo que imaginé y mas”  y, por supuesto, esa es la gente que no lee esta columna y que, nosotros todos, deseamos que se estrelle de cabeza contra el paragolpes de un bondi.

Si me preguntan a mi, la respuesta es tan bizarra que da un poco de vergüenza. Cuando yo era chica quería ser una sirena. Si, si, leyeron bien: una sirena. 

“Esta mina está del bonete” pensarán ustedes y, les aseguro, nunca tendrán mas razón que en este solemne momento, pero tranquilos, no llamen al bobero todavía, todo tiene su correspondiente explicación. Eso si, no se me pongan pretenciosos con eso de que sea lógica, porque es demasiaaaadoooo pediiiiir.

Por supuesto, la raíz de todo este asunto de ser una sirena está relacionada, como casi todo en mi vida, con una película.

Era el verano de 1985 y mis amigas y yo jugábamos en la pileta a envolvernos las piernas tipo bicho canasto hasta que se nos cortaba la circulación y  nos tirábamos al agua para nadar con las piernas juntas, estilo Patrick Duffy en “El Hombre de la Atlántida”. Por supuesto, nada tenía que ver Patrick con nuestro juego semi suicida (la pileta tenía dos metros y medio de profundidad en la parte honda) toda la responsabilidad se la llevaba una pequeña película de Touchstone llamada Splash. Para no manchar la reputación de mis amigas,  muuuyyyy populares ellas en la escuela diré que, en realidad, la que estaba “pionono” con la toalla siempre era yo y las otras dos me levantaban, me hamacaban y me tiraban al agua como si fuera un gusano loco. Yo salpicaba con mi cuerpito de 10 años, mis pelos largos y entraba a nadar como poseída imitando el estilo inconfundible de la maravillosa Daryl Hannah que se paseaba por los mares azules con su cola anaranjada y su cuerpo escultural. ¡Ay Dios cómo quería ser ella!  Me corté el flequillo, tomé sol hasta quedar doradita como un pollo al spiedo, me lavaba el pelo con Wellapon de manzanilla y no me lo enjuagaba para ser más rubia y nadaba horas y horas para atrás y para adelante como una chiflada hasta que los dedos me quedaban arrugados y blandos. Si, si, también les confieso que fue ahí donde comenzó mi calentura absurda y descontrolada por  Tom Hanks. ¡No estoy mintiendo ni exagerando! Mi marido es la mezcla exacta entre Forrest Gump y  Luis Miguel. ¿¡Ah, no sabían nada de semejante apareamiento eh!? Pero se dio y yo me cacé con la cría ja-ja-ja. Ya llevo 13 años de amor sucio y caliente con él y todo porque quería ser una sirena, aparecer desnuda en la Estatua de la Libertad y enamorarme de Tom Hanks.

Lejos de la estatua de la libertad, (pero si desnuda, porqué no, ayudemos a la fantasía general y a la salud sexual del lector fiel de esta columna), caminé por los pasillos de mi casa con la idea fija de volver a ver la película y revolví entre los dvd hasta que la encontré. Me acosté en el sofá con un bol de… (frutillas digamos para seguir contribuyendo a la estimulación general) y un frasco de… (miel para seguirla)  y comiendo y chupándome los dedos, me regodeé con la historia.

Un tipo llamado Allen Bauer (Hanks) se enamora de una sirena, Madison, interpretada por Daryl Hannah, que está mas buena que comer pollo con la mano y que se pasa la mitad del film nadando en tetas por todos lados. Un PE-LI-CU-LON.

La historia es, obviamente, una comedia que descansa, mas que nada, en los hombros de Jhon Candy, quien se mete en el papel del hermano loco e irresponsable (y gordo) de Hanks y en la brillantez soberbia de la performance de Eugene Levy, quien encarna a un científico medio loco y medio bobo que sabe que Madison es una sirena y quiere descubrirla ante el mundo si pensar en el precio que habrá que pagar. Tom Hanks, multipremiado y adorado, en esta cinta solo “ama a la chica”.

“Ama a la chica” eso fue exactamente lo que el director Ron Howard (joven y cuasi principiante) le dijo a su actor principal a penas empezó a filmar la película y veía con impotencia como éste se esmeraba por hacer escenas que resultaran graciosas, quedando como un imbécil entre Levy y Candy.  El personaje de Hanks fue rechazado, entre otros, por Travolta quien siempre rezonga acerca de que el actor de Philadelphia y Apolo 13, le robó su carrera. ¡A llorar a la Iglesia Jhon! Tendrías que haber aceptado este rol alucinante.

Como la película tiene escenas claramente alusivas al sexo, la Disney, empresa que originalmente produciría el proyecto, creó un sello nuevo para poder darles la guita sin que el nombre del viejo Walt quedara pegado. Así nace TOUCHSTONE, por lo cual Splash, además de todo, se convierte en la primera película financiada por la famosa productora. Todo un clásico señores, todo un clásico.

El dvd trae bastante material adicional por lo que, todavía desnuda, me hice unos mates y seguí mirando.  ¡No tiene desperdicio! Están las audiciones de Tom y Daryl, que son increíbles y muuyyyy inocentes, entrevistas con el productor, los guionistas y Ron, que se ve tan joven, tan peludo, tan bigotudo, que te pianta  lagrimón. Hay reportajes bastante actuales con los protagonistas, (entre ellos el ya desaparecido Candy) desopilantes, amorosos y muy interesantes que valen la guita del dvd completo. 

Es una película por la que, por ahí, nadie da dos mangos, pero que te hace bastante feliz y te oxigena la cabeza. Te podes hacer unos popcorn de microondas, llenarlos de azúcar y atragantarte contento.

Me encantó volver a ver Splash, de hecho me felicité por haber comprado el dvd y por haberme tomado casi toda la tarde (desnuda) para verla. No hay nada más extraño y familiar que ver imágenes  capaces de disparar tantos recuerdos, tantas pavadas y tanto tiempo bien invertido en la infancia.

La película fue estrenada en 1984 y, por supuesto,  termina bien. De hecho, terminó tan bien (recaudó bocha) que se hizo una secuela, totalmente olvidable y con otro cast diferente que pasó, merecidamente, sin pena ni gloria.  Pero la primera es maravillosa, ideal para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero.

Yo, por lo pronto y mientras llega el verano, me voy a bucear a la bañera para ver si me salen branquias y cumplo con mi sueño de la infancia. ¡Nunca es tarde, señores, nunca es tarde!

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