A Sala Llena

Disco Recomendado: Dan Deacon – America

Disco Recomendado por Pablo Rabotnikof, Toma 3…

Dan Deacon – América (2012)

I’ve roamed and rambled and I’ve followed my footsteps

To the sparkling sands of her diamond deserts

And all around me a voice was sounding

This land was made for you and me

Woody Guthrie “This Land is Your Land”

En la América de Dan Deacon no hay stars ‘n’stripes flameando a la vista, ni John Wayne, ni Monte Rushmore ni Twin Towers. Porque esta América–al igual que aquellas otras- probablemente no exista, o sólo exista para Deacon. Como tampoco existe “la Berlín de Bowie”, aunque seguramente la capital germana se entienda mejor con los helados sintetizadores de Low, así como Manhattan con Manhattan y Buenos Aires con –ups- “Ciudad Mágica” (y también con Los Siete Locos/Los Lanzallamas, claro). El territorio nunca existe en sí: para nosotros es lo que vivimos/hacemos en él. Y hay obras moldeadas sobre experiencias en esos territorios que ayudan a mapearlos, a la vez que definen nuevas experiencias.

Sería una pena que esto resulte muy complicado, porque America hace sencillo lo difícil. Musicalmente, invierte la premisa de Jamiroquai: es Moving Without Travelling, un tratado sobre el movimiento en el que el viaje es mental (una especie de “American Express”) y en lugar de funk aceitoso hay un generoso manantial electrónico, que nunca le rehúye a la transpiración.

Deacon arma un megacumpleaños con un catering abundante que parece preparado por animales: los Animal Collective traen los sanguchitos y los Super Furry Animals se hacen cargo de la gaseosa (Coca Diet + Mentos). Antes de que se todos vuelvan a sus casas, aparecen los brownies con la receta secreta de Sufjan Stevens.

Pero America también puede ser un disco político. Quizá esto se aprecie más claramente desde lo sonoro, en esas voces enterradas desde el fondo del caos electrónico (“Lots”) o cuando se permite momentos de belleza inquietante (“Prettyboy”).

Y después el grand finale “U.S.A.”, suite en cuatro movimientos. Arranca orquestal y solemne (“Is a Monster”), pero minutos después se pone la corbata de vincha y se pierde entre los fichines (“The Great American Desert”). Luego hipnotiza con una clase de minimalismo, mirándose al espejo de un Steve Reich (los seis mágicos minutos de “Rail”). Finalmente deja su manifiesto (“Manifest”), que va subiendo en intensidad hasta provocar un doble colapso simultáneo: el del disco y el colapso emocional del oyente.

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