A Sala Llena

Django sin Cadenas, según Emiliano Román

Dame fuego, dame dame fuego.

En medio de la polémica en Estados Unidos sobre el peligro de la portación de armas de particulares en una sociedad tan violenta, al cineasta Quentin Tarantino se le ocurre lanzar una frase tan explosiva como irresponsable: “todo el mundo tiene derecho a tener un arma en su casa”. Se puede estar, o no en desacuerdo con sus dichos, pero no cabe duda que esta idea suya la plasma en su obra cinematográfica, aunque de manera exagerada, donde casi siempre, sus personajes se redimen a través de la venganza y haciendo “justicia” por mano propia.

Los héroes de Tarantino, no respetan la Ley, ellos mismos la encarnan y en su búsqueda de sentencia, bajan muñecos a troche y moche. A pesar de poder no avalar sus palabras en relación a la problemática del armamento casero, gran parte del público disfruta de esta modalidad ultraviolenta en la pantalla grande y salen de las salas de cine con las pulsiones de muerte bastante gratificadas. En Django sin Cadenas sigue con esta fórmula y tiene mucho en común con su obra anterior Bastardos sin Gloria, hace un film histórico, esta vez con género de Western, donde unos sujetos se meten en territorio enemigo en búsqueda de justicia ante tanta perversión social; antes las víctimas eran los judíos en el nazismo, ahora los negros en la época de la esclavitud.

De hecho, repite el gran hit que fue en su film antecesor: Christoph Waltz, quien en otra memorable actuación, hace casi el mismo personaje de aquel siniestro Coronel Hans Landa, pero desde la otra cara de la moneda; mientras el nazi era absolutamente repudiable, este odontólogo King Shultz, ahora cazador de recompensas, es mucho más querible; aunque mantiene la misma estructura de personalidad que el cazador de judíos: extrema inteligencia, fluida ironía, una dialéctica discursiva admirable, incómodo sentido del humor y lo suficientemente cortés y amable para destruir a sus víctimas con toda la elegancia del mundo.

Tarantino, nuevamente se anima a jugar con la historia y reescribirla a su antojo con un pulso narrativo dotado de extrema genialidad; En “Bastardos” se le ocurrió asesinar a Hitler en manos de un chica judía, en “Django” hace toda una teoría desopilante acerca del origen de las capuchas del Ku Klux Clan, que no tiene desperdicio. El sabe muy bien hacernos reír cuando lo que estamos presenciando es absolutamente desesperante. Es así como el largometraje, está dividido en dos partes. La primera nos presenta a este personaje imperdible de King Schultz y al negro héroe del filme, Django (Jamie Foxx). Estos sujetos de realidades tan distintas, van formando un lazo a través de exterminar a los enemigos que tienen que cazar. Todo este tramo es imperdible, con una energía arrolladora la historia va transcurriendo en un ritmo vertiginoso que no da ningún tipo de respiro, con diálogos fluidos y constantes situaciones dotadas de ingenioso humor.

Quizás la debilidad radica cuando entramos en la segunda parte de la película, allí el ritmo decae bastante, aunque aparecen personajes riquísimos con célebres actuaciones de Leo di Caprio, a cargo de un terrateniente sádico que toma a los negros como objeto de goce, y el irreconocible pero brillante Samuel L. Jackson, en el papel de ese negro cojo más racista que los blancos. Allí la película se dirime entre especulaciones, negociaciones que le restan cierta fluidez al relato y toma un giro más destinado a la historia de amor entre Django y Broomhilda (Kerry Washington). Hasta el personaje de Waltz pierde fuerza, ya no hace reír como antes, parece que se le esfumó la picardía, podríamos pensar que el Dr. Shultz la estaba empezando a pasar mal.

Pero afortunadamente, Tarantino tiene miles de recursos cinematográficos y narrativos y sobre el desenlace vuelve a subir de manera estrepitosa, con montones vueltas de tuercas, haciéndole un guiño a Kill Bill, pero en versión masculina y negra, la sangre chorrea a borbotones, la pantalla se prende fuego y todos terminamos extasiados, rockeados y con las energías al palo, luego de casi tres horas de un relato visceral plagado de estímulos visuales y sonoros.

Es que Quentin es un obsesivo de la hostia, no hay plano que no encaje a la perfección, cada fotograma es un cuadro para colgar en casa, desde los planos panorámicos que muestran al lejano oeste, hasta los planos detalles que retratan como se sirve un cerveza artesanal. La música es un capítulo aparte, con una pluralidad de géneros que solo a él se le ocurre aportar, escuchamos desde música clásica hasta hip hop, en un film supuestamente western pero que funciona no sólo para acompañar las imágenes de manera exquisita, sino también para generarnos las emociones empáticas en su justa medida. Django sin Cadenas es una película desenfrenada, visceral, enérgica, sarcástica, que quizás le sobren algunos minutos y por un momento se estanca, pero que nos saca de nuestra realidad neurótica y cotidiana a base de un puro goce visual y sonoro para nuestras retinas, oídos y, porque no, para algunos impulsos asesinos afortunadamente reprimidos.

calificacion_4

Por Emiliano Román

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