A Sala Llena

La Guerra de los Roses

Hoy estuve pensando mucho en
La Guerra de los Roses, aquella
película americana del 89, dirigida por Danny DeVito, basada en el libro
homónimo de Warren Adler y que terminó siendo un suceso de crítica y público a
lo largo y ancho del globo. Me vino a la cabeza, debido a una pelotera
proverbial que tuve anoche con mi chuchi, que se salió un poco de las
proporciones normales y arrojó como saldo un llavero roto. Eso me engrosó bastante
la paciencia, porque se trataba de un adminículo completamente nuevo y
glamoroso que yo mismita adquirí recientemente. Lo triste, es que también fui
yo la que arrojó las llaves al sorete y arruinó el destellante artefacto, al
fragor de la discusión y llevada de la nariz por la ira que, una vez disipada,
le abrió paso al arrepentimiento de clase media. ¡Qué patético! Cagarse a gritos
y bajar el árbol genealógico del cielo, para después andar tratando de pegar
con pegamento universal un llaverito pedorro. 
En fin, delicias de la vida conyugal que se dan dos o tres veces al año,
sirven para volver a hablar las cosas que están en el candelero y siempre se
cobran la vida de algún artefactito de la casa. 
Nada para patalear, por lo menos por ahora.  Pero los Rose también arrancaron fenómeno y
eso era lo más inquietante de la historia.



Los Rose se conocían en la
juventud y se enamoraban locamente, se casaban, tenían hijos y construían una
vida entera siendo, la mayor parte del tiempo, felices. Se amaban, se
apasionaban y se encaramaban uno en otro y otro en uno o, por lo menos, así
parecía o les parecía, hasta que dejó de parecer o parecerles. Y entonces todo
se vino abajo de la manera más dramática, estrepitosa, cataclísmica, infernal
y, por supuesto, desopilante.  Y la
batalla por la casa que habitaban entraba en una escalada de tales proporciones,
que terminaba en una de las tragedias mejor narradas que yo he visto jamás en
el cine.

El matrimonio es, desde
donde yo lo miro, una de las cosas más increíbles que he experimentado. Es LA
COSA de mi vida, EL VÍNCULO que me define de manera más categórica que ningún
otro en toda mi existencia. Vaya a saber por qué (tal vez porque me casé muy,
pero muy pendeja) yo terminé de construirme dentro de este vínculo, me definí,
y mis bordes dejaron de ser borrosos para comenzar a tener algo de espesor.
Crecí aquí dentro y me alimenté con voracidad. Forjé más que nunca
(paradójicamente) mi identidad individual, estando en pareja. Yeah… Esos
misterios-misteriosos que aparecen y te tocan, vaya a saber por qué. Pero,
viviendo así, se corren muchos riesgos y para mí, que soy una mina que se hace
preguntas de la mañana a la noche, esos riesgos cobran renovada fuerza cuando
una bataola amenaza la paz del rancho.

Los casados nos hacemos
muchas preguntas como: ¿Estoy siendo demasiado dependiente?, ¿Necesito
fortalecer mi individualidad? ¿Estoy desapareciendo dentro de este vínculo?
¿Soy libre como creo, o creo que soy libre? ¿Podría respirar sin que esta
persona estuviera a mi lado? ¿Estoy realizando todas mis fantasías y anhelos?
¿Estoy haciéndolo feliz o le estoy chupando la sangre? ¿Mato a mi suegra o la
dejo seguir con vida?.. Y así hasta el infinito. Por supuesto, hay gente que
capea estas preguntas con remarcable soltura, hay otros que se divorcian y
muchísimos que ni siquiera se las hacen. Pero se haga lo que se haga, siempre
se paga un precio por lo que se elige y el despelote se arma cuando alguno
decide que ese monto ya no le conviene.

En el caso de los Rose, era
ella.

Recuerdo cómo el personaje
de Michael Douglas, Oliver Rose, no entendía por qué su mujer había llegado a
detestarlo tanto, cuando él pensaba que eran absolutamente felices. Por
supuesto, de los dos, era él quien más había tomado y ella quien más había
dado, lo que nos daba una pista de por qué Bárbara Rose, la magnífica Katleen
Turner, había terminado por aborrecer a su marido con tamaña enjundia. La
pasión no se había desvanecido ni un ápice entre ellos, lo que hizo que pasaran
del amor al odio de manera fronteriza. Se trenzaban en una pelea sin cuartel
por la casa. De esa forma, iban destruyendo su magnífico hogar, hasta que
quedaba tan en ruinas como su matrimonio. Como ninguno de los dos podía, en el
fondo, vivir sin el otro, ambos terminaban muertos.

El guión era impecable.
Tanto que el propio Douglas (amigo íntimo de DeVito) prácticamente obligó al
director a que le diera el papel. Michael confesó en su charla con Lipton en el
Actors Studio, que DeVito se lo había pasado para que le diera su opinión
calificada y él lo llamó a la madrugada a su casa, diciéndole que si no le daba
el papel lo mataría. Algo así como: “Si no me das esa parte, voy a matarte
maldito petiso hijo de mil putas”
, traducido al criollo claro. Y
probablemente quepa destacar, que el personaje de DeVito en la película, no
tiene ni un solo minuto de desperdicio. Ese abogado mal hecho, descangayado,
cínico, soez, cruza con depravado posteriormente redimido que interpreta, es
realmente apabullante. Esos pelos, esa cabeza, esa mirada inquietante, esa
forma de narrar la historia… La película era tan buena, que metía miedo. Y lo
mejor y más temible de ella, era su cercanía, su aroma a factibilidad, su
eterna y nunca descartada “posibilidad”.

Algunos hablan del
matrimonio como la condena del amor. Yo creo que, en libertad, sin ataduras y
sin convenciones castradoras, es todo lo contrario. Solo he podido arribar al
amor, reconocerlo, olfatearlo, intuirlo y aprenderlo, dentro de mi matrimonio.
Pero, como  hembra que soy, hay una parte
de mí que nunca se apaga y que está allí, siempre presta al combate, a la
lucha, a la pelea feroz. Supongo que toda mujer casada se pregunta cada tanto
si será de las hembras que, después del apareamiento, se comen al macho o no.
Qué puedo decir, el mío todavía tiene todas sus extremidades intactas, y eso ya
es mucho decir.

Aunque sería bueno que no se
confíe demasiado…

En cuanto a la película, no
pierdan un minuto y vuelvan a verla inmediatamente. Es deliciosa.

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