A Sala Llena

El Caballero de la Noche, Asciende…

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…Y la película comenzó. Me tomó unos buenos cuarentaicinco minutos, dejar de mirar a la platea, para ver qué hacía la gente. A cada ruido extraño, o persona que se paraba para ir al baño o comprar golosinas, los nervios se me crispaban insoportablemente y la adrenalina se me disparaba, poniéndome estúpidamente en alerta. Pero, qué puedo decir, Nolan sabe lo que hace y, sin darme cuenta, fui sucumbiendo al poder del relato y me dejé arrastrar por la narrativa, bajando por completo la guardia. Mis devaneos de “agente secreto” se atenuaron alrededor de la escena de la reaparición del murciélago, después de ocho años de ausencia y quedaron atrás, semi olvidados, abriéndole paso a la sucesión de imágenes increíbles que se liberaba en la pantalla. Y ahí quedé, divina y subyugada, pero despierta…

Vi todo el film al borde del ataque de pánico, con la ansiedad desbordándome los latidos en el cuello y con la vulnerabilidad que me caracteriza, mucho más a flor de piel que de costumbre. Todo un grupito de pelotas en el aire, si. Pero el film se llevó mi atención completita, a pesar de estar en estado de tremenda sensibilidad, y me conquistó la emoción de tal manera, que mi corazón se rindió, ante la impresionante muestra de coraje de mi querido y ultra bien ponderado Christopher.

Mis adorados amiguitos: a aquellos que la vieron y no la gozaron, me temo que, muy probablemente, les esté chiflando el moño. Por favor, que nadie se sienta ofendido, mi declaración anterior es, si se me permite, una muestra bienintencionada de cariño. Creo que todos deberían verla de nuevo y les deseo, de verdad y sin condescendencias, que encuentren en ella, lo que yo encontré: Una obra magna de emocionalidad brutal, una épica fantástica, anárquica y salvaje, un retrato expresionista y formidable de la lucha entre el bien y el mal… Una oda al caos.

Ya desde la puesta de cámara, Nolan elige contar la historia como si la agarráramos en el medio. No nos introduce en el relato, si no que da por sentado que estamos dentro de él, inmersos en él. No tiene contemplaciones. Es como saltar a un tren en movimiento. La estética descarnada se instala desde el primer fotograma (y esta vez soy literal y hago bien en decir fotograma jajaja) y no abandona nunca la narrativa. Por esa razón, jamás estamos tranquilos en la butaca. El tipo juega con lo que sabemos. Nos manda para atrás y para adelante en el tiempo, nos siembra dudas, nos corrige y nos marca nuevas sendas, no nos ahorra ningún trabajo y nos deja a merced de lo que queremos que suceda, aún cuando nos cumple muy pocos deseos. La diégesis del universo del Batman “nolaniano” es tan minuciosa, viva, osada y valiente que, la muy poco de empezar la película, estamos preguntándonos por quién tomar partido. Y esta es la pregunta que llevan en la carne Selina Kyle (Anne Hathaway) y John Blake (Joseph Gordon Levitt). Con respecto a la primera, es verdad que en ningún momento de la película, se hace alusión a ella como Gatúbela y sabemos que eso no es una casualidad. El personaje representa al lado oscuro del pibe promedio, que es observador sagaz y a la vez crítico activo, de cada una de las decisiones que toma el hombre murciélago. Ella metaforiza al tipo común, devenido en descreído, en desilusionado. A pesar de ser una mujer que rompe las reglas (acaso una de las características imprescindibles del ser humano corriente por estos días) tiene esperanza, una fuerte conciencia de bien y direccionalidad moral. El hecho de que las formas de esta Gatúbela, por momentos recuerden de manera velada a la Batichica, no hace más que atizar la naturaleza mixta y compleja de la conformación primaria de los personajes del universo de Nolan. En la otra cara de la misma moneda, esta John Blake, un joven policía que viene en representación de los que jamás pierden la esperanza. Un tipo que encarna lo poco que queda puro de una sociedad que va fagocitándose a sí misma y que va quedando en los huesos. Blake trae a la película la fe en el espíritu humano y en la voluntad de conocimiento, crecimiento y trascendencia del hombre. Ambos personajes terminan siendo la verdadera contracara del villano visible de la película, Bane.

¿Cómo no preguntarse de qué lado estar, cuando el villano de turno es una mezcla explosiva y consciente, entre el Coronel Kurtz de Apocalipsis Now y el mismísimo Darth Vader? Un psicópata poético, que apoya la moral de su embestida en las miserias reales del sistema, confundiéndose así, no solo con un revolucionario si no también y mucho más peligrosamente, con un libertador. Por un rato no queda más que, casi, simpatizar con él. Porque si hay algo que la película deja al desnudo de manera categórica y redondamente demagógica, son las falencias (casi naífs) del sistema capitalista que impera en occidente y que va llevándose puesto al  habitante pequeño del mundo. Si, si, no me salten al cuello, ya sé que termina redimiéndolo y ese solo punto merecería una columna completa, pero esa redención está apoyada más que nunca y de manera cojonuda, en los cimientos primarios con los que el ser humano desarrolla todo sistema bajo el cual espera vivir: el bien. Y desde allí asciende y se recompone, Batman.

Nolan erige a Bruce Wane, como la metáfora de carne del sistema y, desde allí, lo castiga. En esta película, el que cobra por todos los wines, es el millonario excéntrico y alienado, que vive lujosamente a las afueras de una Ciudad Gótica de fachada familiar y puramente universal. Él y su compañía son los targets inequívocos del film y reciben golpe tras golpe, magullándose y reventando, hasta quedar en las fundaciones. Y Nolan decide que, en lo fundacional, reside el bien. Es así como casi todos los personajes del lado de “los buenos”, deben hacer una especie de viaje en reversa, para reencontrarse con los valores perdidos y redimirse. Mientras tanto, es en Batman en quien recae el sacrificio y es por eso, que es él la única contraparte del villano oculto de la película. No es casual que el director haya decidido aparearlos. Los dos, aunque a cara descubierta, llevan la máscara puesta en el alma. Ambos emergieron de un poso de espanto. Uno de un aljibe lleno de murciélagos, el otro, de una prisión subterránea azotada por la peste y la desesperanza. Se complementan y es desde ese complemento, que traban la lucha que equilibra al mundo.

Tiernamente, respetuosamente, la filosofía de la cinta descansa en los personajes de más edad. Es así que la luz del conocimiento del bien, brilla de la mano del Alfred de Michael Kane, el Gordon de Gary Oldman, el Fox de Morgan Freeman y del maravilloso Tom Conti, como el compañero de celda de Bruce, que va ayudándolo a curarse y a iluminarse nuevamente. Estos tipos son las columnas basales de la moral de la película y se la echan al hombro con una categoría tal, que te vuela la peluca.

El film no es impoluto, porque está desbocado y lo que busca es desbocar al espectador. Su fuerza y su maravilla residen en ese salvajismo. El Caballero de la Noche había sido perfecta, si. Pero esta, es imparable. Esta es un tren de fuerza emocional, anárquico y feroz, que se mete de manera rotunda en el espíritu del espectador y  que le activa la cabeza provocándolo con estímulos caóticos, revueltos y poco civilizados. Es una trompada de lujuria que va directa al estómago. No se la puede contener. El último acto es, sencillamente, inmejorable. Esta columnista lloró a moco tendido, alucinada por su belleza y su fuerza sentimental.

Si mis queridos chichipíos, la película me encantó.

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