A Sala Llena

El Campo

El Campo (Argentina, 2011)

Dirección: Hernán Belón. Guión: Hernán Belón y Valeria Radivo. Producción: Hernán Belón, Giorgio Magliulo y Joana D´Alessio. Elenco: Leonardo Sbaraglia, Dolores Fonzi, Matilda Manzano, Pochi Ducasse y Juan Villegas. Duración: 85 minutos.

Parejas visibles, padres y madres invisibles

Sin explicitar la ubicación geográfica en la que se desarrolla la historia -apenas sabemos que estamos en un campo, tal como lo indica el propio título de la película- y sin que se nos de información sobre la historia previa de los personajes, El Campo va introduciéndonos en uno de los conflictos más determinantes en la vida de toda pareja: la maternidad/paternidad.

El film, dirigido por Hernán Belón (que debuta con largometraje de ficción) y co-escrito por Valeria Radivo, es una película intimista que no solo sorprende por su originalidad temática (el devenir en padres está entre los tópicos menos visitados por el cine en general) sino también por el modo en que el director utiliza múltiples recursos para crear un film de gran belleza. La historia gira en torno a Eli y su marido, que se mudan al campo con su beba de 18 meses. Si bien la pareja se quiere, algo de Buenos Aires permanece: los conflictos internos que cada sujeto trae del lugar del que viene.

El gran mérito de Hernán Belón es construir su universo no a través de mecanismos discursivos sino a partir de un gran uso de imágenes cinematográficas y a través de una perfecta dirección de actores: Sbaraglia es dueño de una contención y una economía gestual fundamental para que el conflicto entre la pareja estalle en el punto justo; Dolores Fonzi, en la misma sintonía, da vida a todas y cada una de las contradicciones que transita una mujer en el par de años (promedio) que dura el puerperio. Estas actuaciones medidas se potencian por la brevedad y la contundencia de los diálogos. Un logro fundamental que sostiene la película es el clima denso que supera la mera tensión matrimonial, construido a través de un ambiente enrarecido por el estado de hipersensibilidad que transita Eli y la aparente conformidad de su pareja. Los sentidos de ella, aguzados las 24 horas, son potenciados por una puesta en escena caracterizada por espacios cerrados, opresivos, asfixiantes y fríos. Aun en momentos en que la joven familia almuerza en el jardín, el plano que los contiene es cerrado, acotado, como si incluso afuera siguieran presos de algo, tal vez de sí mismos. De hecho, esto último también se transmite gracias al predominio de los primeros planos y de una iluminación muchas veces virtuosa. El Campo solo se torna cálida en los encuentros sexuales que la pareja mantiene y que parecieran representar lo que de ellos aún conservan como sujetos individuales, como marca previa al nacimiento de Matilda.

Belón se sirve de diversos géneros para establecer la inestabilidad y la fragilidad que comienza a ser cada vez más evidente en los habitantes de la nueva casa. Lo curioso es que, aun pudiendo aludir a varios de esos géneros, no es posible terminar de encajar esta película en ninguno de ellos.

La hábil articulación de iluminación, fotografía y actuación se logra en tres momentos que esta cronista no quiere dejar de mencionar: la caída de Matilda, la huida de Eli y la mirada final de Sbaraglia. Todas estas escenas sintetizan, con belleza y crudeza a la vez, que lo que pareciera pequeño e intrascendente es en realidad fundante.

Por Larisa Rivarola

Un día largo todo y me voy a vivir al campo….

Es muy probable que la frase que da título a esta nota haya salido alguna vez de nuestra boca. Si no es así, es posible que la hayamos oído, pronunciada por algún conocido alguna vez. Es un lugar común que asocia el clima rural a la armonía y la introspección. Sin embargo, El Campo pone en duda ese lugar común mientras nos relata  una historia sobre la maternidad y la intimidad de una pareja.

La película gira en torno a Elisa (Fonzi) y Santiago (Sbaraglia), una pareja joven que recientemente han sido padres. El film comienza en una casa fría y con personajes que se nos presentan muy diferentes entre sí. Ella está muy nerviosa y perturbada; él se encuentra más calmo y sumergido en sus proyectos. En tanto, la niña de corta edad está en el medio como una excusa para algunos desplantes o construcciones de futuro que no se terminaron de pactar. La película recorre un primer tramo bordeando el suspenso, sobre todo en esos momentos en que Elisa se encuentra afectada por los ruidos campestres que escucha de noche (sonidos de pájaros, el viento que silba entre los bosques y otros sonidos paradójicamente asociados a la calma de un clima rural).

Pero también (y sobre todo) el personaje de Elisa se ve afectado en la medida en que comprende que acaba de entrar en un terreno donde ya no hay lugar para uno sino para la familia. Mientras ella intenta digerir esta situación, su marido sigue con los planes armados previamente en la ciudad, sumado a la presión por integrar la familia.

Si bien el trabajo de la dupla actoral es excelente, gran parte de los aplausos se los lleva D. Fonzi en un papel que rechaza totalmente el concepto de felicidad basada en la maternidad y la vida pacífica y que, al mismo tiempo, tiene que lidiar permanentemente con su pasado. Si a esto le sumamos la locación austera y remota, los silencios pesados y el cambio gradual que experimenta la pareja, el resultado termina siendo un perfecto drama psicológico.

Por Julia Panigazzi

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