A Sala Llena

El Cisne Negro, Según Rodolfo Weisskirch

Canción de Cuna para un Cadáver

Lo admito, no esperaba tanto de parte de Aronofsky. Hace mucho tiempo que se viene hablando de El Cisne Negro pero, sinceramente, me parecía que debía de ser una de esas obras sobrevaluadas por la crítica, que había impresionado a espectadores sensibles, una película manipuladora y demagógica, impactante, pero superficial. Aronofsky no es precisamente el rey de la sutileza y, aunque los micromundos que arma no carecen de interés, a veces su imaginación es desbordante.

Tras ese ejercicio fílmico hecho con dos pesos llamado Pi, donde exponía la paranoia matemática y la enfrentaba contra la ortodoxia religiosa, Aronofsky es considerado como un tipo extremo. Esto se confirmó con la amada/odiada Réquiem para un Sueño, una fábula moralista de extremo efectismo acerca de las adicciones. El amor a nivel existencial lo llevaron a crear ese producto metafísico llamado La Fuente de la Vida (que admito, no vi completa) y, por último, nos trajo el mayor testamento cinematográfico de Mickey Rourke, El Luchador, en donde lo visceral y lo sentimental iban de la mano, pero esta vez con mayor coherencia, equilibrio dramático y ninguna pretensión estética. A pesar de la violencia y la carga emocional, esta era acaso su mejor obra, aunque también es cierto que parecía que Aronofsky había tomado distancia y necesitaba finalmente una donde podría comprimir lo mejor de El Luchador con lo mejor de las anteriores (todas tienen lo suyo, especialmente a nivel estético) y no hacer un producto solamente para ganar premios.

El Cisne Negro es acaso, en este sentido, su obra menos pretenciosa porque no cae en el sentimentalismo de El Luchador o La Fuente de la Vida y tampoco en el efectismo moralista de Réquiem. Con El Cisne Negro mezcla la paranoia de Pi con la crudeza del entrenamiento extremo de El Luchador y las alucinaciones de La Fuente y Réquiem. En conclusión, es la obra que mejor resume su filmografía e identidad cinematográfica y por fin lo define como un autor consolidado.

Pero más allá de este punto, lo más interesante es que Aronofsky nos devuelve a los cinéfilos un tipo de cine que se encontraba perdido: el del terror psicológico con estética y mirada sesentona y setentosa. Es reencontrarse con el mejor Polanski, De Palma, Aldrich o  Friedkin. No es necesario tener mucho presupuesto para saber asustar y entrar en tensión. Sino un buen personaje protagónico y sus obsesiones.

De esta manera, el mundo en el que vive Nina, que bien puede ser y es el nuestro, se transforma en una gran pesadilla, donde empezamos a dudar de la coherencia mental de Nina y de nosotros mismos. De su ojo y el de ella. Con pocos escenarios, el director construye climas y se centra en la paranoia de la protagonista. No es difícil vincular a Nina con la Catherine Denueve de Repulsión o la Mia Farrow de El Bebé de Rosemary.

Y que el mundo que la rodea sea el propio infierno imaginado por Friedkin en El Exorcista. El tono, por momentos seudo documental, con largos planos secuencias siguiendo a Natalie Portman por pasillos (al estilo de los hermanos Dardenne) y por el departamento típicamente neoyorquino (donde podría vivir Woody Allen), demuestran una meticulosa idea estética de recuperar climas reales, que nos son accesibles, reconocibles, pero se desvirtúan en espacios claustrofóbicos e infernales.

No hay dudas de que todo sucede en la cabeza de Nina pero también es cierto que el director engaña bastante, y todas las escenas de tensión tienen un in crescendo impresionante. Todos los excesos están justificados desde la obsesión de la protagonista de ser la única, la mejor y, al mismo tiempo, no perder a su propio cisne blanco al tratar de convertirse en el cisne negro.

Esta metamorfosis que sufre Nina, completa y honestamente inspirada en la que sufre el personaje del ballet, es como la transformación de Jeckyll a Hyde, solo que esta vez la droga de por medio no es tanto química como sexual.

Aronofsky se burla de su protagonista llevando a una frágil Natalie Portman del extremo más puro (con una asombrosa voz de nena) a la completa oscuridad. Portman, que admito, nunca llegó a convencerme del todo de que era una gran actriz, me hizo comer todas las palabras. Es realmente asombrosa su interpretación. Desde lo físico hasta lo psicológico y emocional se trata de un trabajo de una gran complejidad, un “tour de force” pocas veces visto en el cine últimamente.

El personaje está rodeado de espejos que le devuelven caras interiores que a veces es mejor no contemplar. No solamente el uso de los espejos como elementos narrativos es ajustado, sino también a nivel estético, Aronofsky pone en uso todos sus conocimientos plásticos. Pero además, los espejos también son los cuatro personajes que la rodean: Thomas, el seductor y malicioso director, interpretado maravillosamente por el carismático Vincent Cassel, emulando un poco a Bob Fosse y quizás al propio Aronofsky, con Lily (sorprendente desenvolvimiento de Mila Kunis en el drama), la demoníaca compañera / competidora de Nina y especialmente con su desilusionada y también obsesiva madre, en la piel de una Barbara Hershey que parece una reencarnación de la Piper Laurie, madre de Carrie. Esta película, sin duda, es con la que El Cisne Negro comparte mayores similitudes en lo formal. Recordemos que en dicha obra el sexo, la sangre y la transformación de una adolescente virgen a una mujer adulta desquiciada son el tema central. En El Cisne, la autoflagelación y el despertar sexual tardío también tiene un peso fundamental.

El trío Heyman/Heinz/McLaughlin conforman un guión extraordinario desde lo formal: cada sub trama pasa por la protagonista. Y no es solamente un thriller sino también una denuncia: a la presión, al perfeccionismo, al maltrato corporal que las jóvenes pasan para “triunfar”. Todo por un sueño. Un maltrato que no solamente pasa por el personaje de Nina, sino también por su predecesora, Beth (pequeño pero soberbio regreso de Winona Ryder).

El Cisne Negro es rica por todas las sub lecturas que permite, porque en la meticulosa puesta en escena se pueden descubrir detalles escabrosos, porque absolutamente cada aspecto cinematográfico está confinado a construir una trama, una tensión que no dan respiro. La banda sonora de Clint Mansell es prodigiosa; usando como base la verdadera partitura de Tchaikovski, construye una danza macabra. La fotografía de Libatique se va modificando escena a escena. La locura de Nina se apodera de la estética pero no toma suficiente protagonismo para sacarnos de la cabeza a un personaje enfermizo que nos transmite amor y odio a la vez.

Esta mañana, Tomás Luzzani me hablaba de El Camino de los Sueños y a mí se me cruzaba por la cabeza también El Club de la Pelea y El Abogado del Diablo como ejemplos recientes. Y sí, hay de todo eso en El Cisne Negro, pero también hay ingredientes nuevos. Aún cuando algunos elementos narrativos parezcan predecibles, algunas metáforas, obvias y redundantes, la construcción del personaje y su obsesión justifican cada uno de los desbordes que en otro contexto resultarían fastidiosos.

Es raro poder afirmar tan inmediatamente que estamos frente a la presencia de un clásico que va a ser visto y revisto. Que será objeto de estudio acerca de la construcción de un personaje en cada área (dirección, guión, actuación, producción, efectos especiales, arte, foto, sonido), que amerita analizar un fenómeno sociológico, que tiene tantas influencias cinematográficas como teatrales, que nos pone a pensar sobre el lugar del sexo en nuestras vidas…

Además, la estética es tan hermosa y emocionante que todo aquello que vimos recientemente queda minimizado ante el gran trabajo de puesta en escena que hace Aronofsky.

No se queden con las apariencias nomás. No se queden con el terror solamente. Acá estamos frente a un fenómeno distinto que pocas veces se puede apreciar en la pantalla grande.

Entre la malicia, la ironía, el terror y la crítica al arte (lo cuál lo emparenta al mejor Robert Aldrich, en Que le Pasó a Baby Jane), Aronofsky me ha sorprendido gratamente. Se consolida como uno de los mejores autores contemporáneos y, de paso, nos brinda una fábula maestra, tan inmortal como “El Lago de los Cisnes”.

 

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