A Sala Llena

El discreto encanto de Relatos Salvajes

Acá estoy, todavía masticando Relatos Salvajes. Y me pregunto, sin llegar a ninguna conclusión significativa, cuál es el sentido de meditar y sobre meditar una película que se ha disfrutado. Qué se yo, esas cosas pasan. Uno se embarca en un sinfín de cavilaciones y se ve envuelto en más de un dilema tan apasionante, como inconducente. Y allí es señores, donde está la sal de la vida de clase media. Me acabo de levantar, ya hablé por teléfono con dos de mis mejores amigos y de lo único que pudimos charlar fue de la película. Que si nos resultó esto, o aquello, o lo de más allá. Que cuál de los cortos nos pareció mejor, que qué maravilloso está Sbaraglia, que me gustó mucho Martínez y que Darín siempre está bien. Que la película es claramente una comedia, que hay momentos mejores que otros, que es despareja en ciertos aspectos, que se dejan un par de riendas en el suelo en algunas cuestiones, que está muy bien filmada y que patatín y que patatán…

He estado leyendo algunas críticas y artículos sobre la película y me he quedado verdaderamente caliente con unos cuantos. Sobre todo, con los tipitos que le endilgan algo así como una especie de “cobardía sociopolítica”. He estado consumiendo bastante todo ese material y me he agarrado flores de calenturas. Estoy un poco cansada de la hipocresía de ciertas miradas. Del empecinamiento en levantar el dedito y ponerse a pontificar enmarcados en el amparo de lo “políticamente correcto” o escondiditos en la trinchera de cotillón, con la cabeza bien abajo y sin tomar un solo riesgo. Y creo, fervientemente, que lo que se le critica a la película es, justamente, lo más valiente que tiene.

Por algún lado leí que todos los personajes, ricos y pobres de la cinta, son una mierda y que la película se escudaba en la comedia, para no ir hasta las últimas consecuencias. Qué puedo decir, no puedo estar más en desacuerdo con esa mirada. Primero, porque la película ES una comedia desde el vamos. De hecho, el primero de los relatos es claramente un chiste, una broma, un dispositivo excesivo colocado allí para que el espectador ingrese en el código real de la película: una comedia negra burguesa, de alto impacto y fabuloso poder de identificación. Y punto. La infinidad de derivaciones que tiene, corren lisa y llanamente a cargo del espectador y su contexto. Y segundo, porque el film se asume burgués con todas las ganas, y eso me parece realmente formidable. Y cuando digo que es el film quien se asume, no necesariamente incluyo en esto a Damián. Porque nos guste o no a los que hacemos cine, no hay nada más cierto que el hecho de que las películas tienen vida propia. Y es en esa vida en donde se esconde el componente mágico, sobre el que nadie tiene control. A veces, una película se asume mucho antes que nosotros mismos.

En particular, abrazo mi condición de burguesa y me regodeo en ella. Creo que a la burguesía, sobre todo a la media, es a la que le pertenecen los sueños y, por consecuencia, el arte. O, por lo menos, la capacidad redentora del arte. La realeza no sueña y mira a los sueños de manera condescendiente. Y la clase obrera tampoco, porque está demasiado ocupada en ganarse duramente el sustento. Un obrero que sueña, tarde o temprano, es un burgués. Y lo digo con todo el amor que tengo por esa palabra que me define y me constituye. Abrazo todas las contradicciones que vienen con esta condición y todas las posibilidades.

Relatos Salvajes es una película burguesa y es exactamente allí en donde reside su magnificencia. Su mejor cualidad es el refinamiento de la brutalidad, que la vuelve tolerable. Es una película que detona pensamiento pero con “el discreto encanto” que nos permite dormir en la noche y retomar la cuestión en la mañana con una medialuna y pispiando el Facebook. Algunos creerán que eso es algo inefable, deleznable, terrible. Pero yo creo que es verdaderamente glorioso.

Hay quienes piensan que la película ha sido brutalmente sobrevalorada, inflada, sobre calificada y truchamente ponderada. He ahí otra de sus inmaculadas verdades. Si hay algo que nos caracteriza a los burgueses, es la idea, la ilusión, el espejismo de que somos algo más. Nos crían, nos alimentan con esa noción tan angustiante de que estamos para más, de que por alguna jugarreta del universo, la realidad no nos hace justicia. Y solemos ser tan convincentes en ese delirio, que arrastramos a los demás con nosotros. En particular, esta práctica me es tan inherente como respirar. Soy de las que alucinan. Por supuesto la terapia me ha ayudado a poner los pies sobre la tierra pero, ojo, sin herniarme en el esfuerzo. Tal vez uno o dos dedos de cada pie y punto. Porque es allí en donde está la voluntad y la temeridad que me impulsan a hacer algunas cosas como filmar películas, o escribir libros, o fatigarlos con mis ridículas apreciaciones en esta columna pletórica de levedad. Y me animo a eso porque, aunque vengan tomates de frente, mi robusta constitución burguesa me defenderá y me hará volver al ruedo con la misma inconsciencia de siempre.

Y es exactamente eso lo que hace Relatos Salvajes. Sale sacando pecho, bien peinadita, depilada, perfumadita, fanfarroneando y armando barullo. Es por eso que su factura visual es perfecta, es por eso que suena de manera casi plana y nos deja un gusto como de publicidad en la boca. Y se la re banca descansando en el hecho de que, quien no es un hipócrita, encuentra fragmentos reales de su propia naturaleza, de su propia oscuridad, de su propia banalidad y de su propia grandeza en cada uno de los cortos. Porque rara vez nos miramos a nosotros mismos con el cristal de la crudeza. Generalmente, observamos todas nuestras gestiones, a través de un tamiz estilizador, embellecedor, justificador, apañador y tranquilizador. Y no porque todos seamos una mierda, sino porque todos somos humanos y es esa condición la que nos termina igualando mal que nos pese, o bien que nos pese.

Sí. Me gustó Relatos Salvajes.

Y diciendo esto, me voy a Starbucks, a tomar un VENTIVAINILLALATECONLECHEDESOJA y a hojear el Vogue.

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