A Sala Llena

El Hijo de Saúl (Saul Fia)

(Hungría, 2015)

Dirección: László Nemes. Guión: László Nemes y Clara Royer. Elenco: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Todd Charmont, Jerzy Walczak, Gergö Farkas, Balázs Farkas, Sándor Zsótér, Marcin Czarnik, Levente Orbán. Producción: Gábor Rajna y Gábor Sipos. Distribuidora: UIP. Duración: 107 minutos.

Imposición y autoimposición de la condena.

A veces el mecanismo retórico empleado para narrar una historia se instituye de tal manera sobre el tema de base que la experiencia cinematográfica termina derivando hacia el terreno de una suerte de parque de diversiones en donde la visceralidad de los sentidos -por supuesto, con la vista como gran protagonista- constituye el carril asignado al espectador, marcando la amplitud de lo que se tiene para ofrecer. Estamos ante una de esas obras en las que el régimen formal impone su parafernalia sobre la dimensión del contenido, lo que en esta oportunidad funciona como una panacea ya que el tópico en cuestión, el Holocausto, ha sido tratado hasta el hartazgo desde la afectación lacrimógena y explícita, pensemos para el caso en dos ejemplos por antonomasia del rubro, La Lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), de Steven Spielberg, y Noche y Niebla (Nuit et Brouillard, 1955), de Alain Resnais.

El Hijo de Saúl (Saul Fia, 2015) se propone dos tareas en paralelo: la primera es retratar el trabajo de los Sonderkommandos, unas unidades especiales -conformadas por prisioneros de los campos de concentración- que se encargaban de guiar a las víctimas a las cámaras de gas, luego retiraban los cuerpos y finalmente los conducían a los crematorios; el segundo objetivo del film pasa por analizar de manera tangencial una de las pocas rebeliones contra las SS, evento ocurrido en octubre de 1944 en Auschwitz. El Saúl del título es uno de los tantos judíos “asistentes” de los nazis, dedicado a separar las pertenencias valiosas de los muertos y sacar los cadáveres. Un día el hombre descubre a un niño agonizando, ve cómo un alemán lo sofoca hasta matarlo y a partir de ese momento se fijará como misión rescatar sí o sí el cuerpo de los hornos y conseguir a un rabino para darle un entierro acorde a su fe.

Más allá del interrogante de fondo acerca de si el joven es en realidad su hijo o no, planteo que se va desdibujando a medida que evoluciona el derrotero del protagonista y se van acumulando los problemas, lo verdaderamente fascinante de la película está en su propuesta estética, sustentada en una serie de tomas secuencia a través de travellings en primer plano del rostro, la nuca y los hombros de Géza Röhrig, el encargado de interpretar a Saúl y máximo responsable del éxito del opus en su conjunto. El director László Nemes nos regala escenas maravillosas como la de las ejecuciones en el foso y la insurrección, construyendo un retrato ascético -símil Robert Bresson y Ven y Mira (Idi i Smotri, 1985), de Elem Klimov- de la maquinaria del genocidio y la obsesión masculina en general, esa que avanza enceguecida en pos de determinado fin y a expensas de todo lo que se cruce en su camino.

De hecho, allí mismo subyace el componente más interesante -y hasta cierto punto, más polémico- de El Hijo de Saúl, en el detalle manifiesto de que al protagonista no le importa en lo más mínimo el destino de sus colegas sublevados, salteándose sus requerimientos porque no constituyen más que estorbos en su periplo de redención alrededor del cuerpo del niño (se da a entender que Saúl no fue un buen padre ni mucho menos). Durante el film somos testigos de una lucha descarnada entre el contexto lúgubre del campo de exterminio y la voluntad individual, una contienda en la que termina imponiéndose ésta última porque el “castigo de afuera” nunca será igual de horrible que el autoimpuesto, debido a que somos dueños de nuestro cuerpo y nuestra psiquis para hacer con ellos lo que queramos, más allá del parecer e intromisión de terceros, llámense instituciones u organismos disciplinarios…

calificacion_4

Por Emiliano Fernández

 

Jaque mate.

László Nemes y su cámara nunca se alejan demasiado. Y nos obligan a nosotros a permanecer cerca. Nunca nos distanciamos del horror. Si el protagonista debe atravesar este infierno, nosotros lo hacemos con él; vemos lo que Saúl ve y escuchamos lo que Saúl escucha. Estas son las reglas del juego. Los planos de extensa duración, tan prolongados que uno empieza a preocuparse por la razón del corte esperando de antemano lo peor, y el incesante uso de un único lente (40mm), están a disposición de provocar en el espectador una sensación unívoca; de a momentos puede resultar monótono, pero este resulta ser el movimiento clave para la funcionalidad del film. La ansiedad se apodera de nosotros. Tanto el punto de vista como el punto de escucha se encuentran tan limitados que no somos capaces de dar un respiro sin inquietarnos por aquello que nos depara. Y sí, digo “nos” porque El Hijo de Saúl no es otra película que trabaja el nazismo desde una visión convencional: mientras el film avanza, la relación espectador- protagonista se forja de la misma manera que cualquier relación entre dos individuos; los campos de concentración pasan a tomar el papel de entorno, de marco histórico. El conflicto se vuelve personal.

No vemos el horror… estamos inmersos en él. Siempre está a nuestras espaldas pero nunca le contemplamos el rostro. Está latente mediante los sonidos que emite y lo poco que queda al alcance de nuestra vista recordándonos que sigue allí, que nunca se ha ido. Los gritos de los oficiales nazis, los gritos de desesperación de hombres, mujeres y niños mientras son ejecutados en cámaras de gas, sus golpes contra el metal de las puertas en un último intento por permanecer con vida, las partes de cuerpos desnudos apilados unos sobre otros en el centro de inmensos galpones fríos. El fuera de campo en su máximo esplendor. László Nemes trabaja cada aspecto de la puesta en escena delicadamente, como si su película fuera un juego de ajedrez. Tiene en claro que lo que se sugiere tiene más peso que toda la violencia que pueda mostrarse de forma explícita: él nos da las piezas… nosotros construimos el infierno al que nos sometemos.

Dicho esto, y habiendo destacado la maestría con la cual se han trabajado los diversos aspectos de la puesta escena, resulta necesario decir que El Hijo de Saúl es un film frío, carente de pasión, como si hubiera nacido muerto. Esto no quiere decir que no sea capaz de transmitir fuertes emociones al público, porque sí lo hace, pero mientras uno toma el riesgo de entregarse de lleno, éste te traiciona y permanece a un costado. La puesta en escena tiene la fuerza suficiente para crear las atmósferas buscadas, pero en cierto punto hace falta que el contenido se adentre en un paraje emocional al cual el realizador parece ajeno. Mientras se le atribuye a Nemes haber tomado el riesgo de rodar la película enteramente en planos cerrados, cabe cuestionarse si realmente este ha sido el movimiento riesgoso: el realizador no solo es un autor, también es un estratega. El Hijo de Saúl tiene todas las fichas para lograr el reconocimiento en festivales de gran importancia debido a su marca autoral, y a su vez conseguir el éxito comercial gracias a la temática que trabaja, la cual parece no cansar (¿hace falta decir que es el tópico fetiche de la Academia desde hace ya varios años?); así, el cineasta húngaro se para con un pie sobre cada pilar: por un lado el cine de culto reforzado por la crítica, y por el otro, en el cine que apunta hacia un público masivo. László Nemes sabe que para poder llevar a cabo su siguiente film debe garantizar el triunfo del anterior, y más aún tratándose de una ópera prima; es por esto que repite en su película la misma modalidad utilizada en su cortometraje Türelem (2007), premiado a nivel internacional. ¿Y qué mejor manera de asegurar el éxito que obteniendo un posible Oscar? El Hijo de Saúl apenas es el comienzo de una fructífera filmografía.

calificacion_4

Por Julián Córdoba

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