A Sala Llena

El Hombre de Acero, según Elena Marina D’Aquila

Menos por menos es más.

Todavía me resulta difícil creer que salí tan emocionada de una película dirigida por Zack Synder. Debo admitir que cuando supe que Snyder y Nolan iban a ser los encargados de llevar a la pantalla grande al primer superhéroe, estaba segura de que iba a ser un rotundo fracaso. Luego, cuando se dio a conocer el elenco, ya no estaba tan segura de eso, y cuando finalmente apareció el trailer, no quedaban dudas, pero ésta vez, de que prometía. De que iba a ser algo grande, algo para recordar. La pregunta era: ¿cumplirá con las expectativas? Y lo hizo nomás. Hay que darles crédito por haber logrado que no solo queramos ver a Russell Crowe en pantalla, -en cada una de sus apariciones-, sino que además lo disfrutemos mientras recupera, en los primeros planos, el carisma y la presencia que parecía haber perdido en algún momento de los últimos (bastantes) años.

Pasado el logo de DC Comics, la película empieza bien arriba, y después de aquella emoción primeriza, no hay qué ni quién la detenga por el resto de los 143 minutos. Más allá de ser la película sobre el superhéroe más noble y querido de este planeta, El Hombre de Acero es un drama. Más bien un dramón. Mi miedo principal en cuanto a la estructura dramática, era que Nolan –porque la película se siente tanto de Snyder como suya- en su afán de abarcar demasiados aspectos de la vida del personaje y también de los que lo rodean, terminara sobreexplicando escenas que deberían entenderse principalmente a través de la imagen, o abusara de los flashback para incluir de cualquier manera y en 143 minutos, todo lo que quería contar. Bueno, para sorpresa de todos, acá no hay ni vueltas de tuerca rebuscadas, ni flashbacks sobreexplicativos, sino que cada uno de ellos es más emocionante que el anterior y todos están en función de crear una relación entre el espectador y el personaje. La grandeza de éste nuevo comienzo, radica primero en lo que se siente y luego en cómo se ve. Lo más importante es cómo sentimos eso que estamos viendo: los sentimientos están flotando y revoloteando constantemente en cada escena. La emoción está siempre a flor de piel, al alcance de nuestros ojos y de nuestro corazoncito sensiblero. Snyder trata a su héroe siempre con ternura, tanto en su relación con ambos padres como con Luisa Lane.

Lo que hace de El Hombre de Acero una genialidad, es que tiene solamente lo mejor de ambos: la banda sonora de Zimmer (colaborador recurrente de Nolan) está presente el 99% del metraje y ni siquiera nos damos cuenta. Siempre acompaña, ya sea creando tensión en las secuencias de acción y destrucción masiva o poniendo énfasis en los momentos más emotivos, atrapando todos los sentimientos que andan volando por el plano y entregándoselos al espectador en forma de acordes diseñados para lagrimear. De Nolan toma también la especial atención y detenimiento –el justo- que se necesita para explorar el interior del personaje y sus conflictos: la búsqueda del lugar de pertenencia, la identidad, el conflicto con sus figuras paternas. Snyder, estéticamente se aleja de Sucker Punch o Watchmen, para acercarse a una concepción más realista, aunque la ciencia ficción es una presencia fuerte. Llegado un punto, se transforma en una clásica película de invansión extraterrestre, en la que destruir Nueva York es sinónimo de destruir la Tierra y pareciera que estamos ante Guerra de los Mundos, -también por el parecido de las naves- o Los Vengadores. En su visión apocalíptica del mundo, Snyder nos regala algunas de las mejores escenas de destrucción exacerbada y no le teme a la utilización del zoom, que al principio nos toma por sorpresa pero después lo incorporamos a nuestra visión como algo imprescindible, como una necesidad de acercarnos de esa manera a lo que está sucediendo. Es muy interesante que a pesar de tener sus pequeños momentos patrióticos, en cuanto a moral, la película mantiene ambigüedades: cuando el pequeño Clark salva a sus compañeros de morir ahogados en un colectivo escolar, y se enfrenta a su padre –un Costner sumamente humano y emotivo- que le prohíbe utilizar sus poderes en público, Clark le dice: “¿Qué se suponía que hiciera? ¿Dejarlos morir?” Y lo primero que le responde su padre es “Sí.”

Otro matiz súper interesante es el nuevo enfoque que se le da al interés amoroso del kryptoniano: una Luisa Lane aguerrida, de armas tomar, que no tiene miedo de meterse en un mundo donde los hombres llevan la sartén por el mango. Esto es algo que ya está presente desde su primera aparición cuando llega a la base militar: al primer comentario machista que le hace el Coronel, ella le para el carro enseguida diciéndole: “Bueno, si terminamos de medirnos los pitos, podemos empezar” y le deja más que claro que ella también lleva pantalones. ¡Y qué bien los lleva Amy Adams!. De hecho, en la escena del superbeso –tan deseado por ellos y por nosotros- ella tiene puesto un mameluco militar (que no le resta ni atractivo ni femineidad) porque es un personaje ultra activo que se gana un lugar en el campo de batalla, uniéndose a las fuerzas armadas y a Superman para derrotar a Zod y evitar la destrucción de la Tierra. Esta vez, su único espacio no es la oficina, -en la que está pocas veces, y la primera vez allí, enfrentando a su jefe- y tampoco la casa, de la que solamente alcanzamos a ver una ventana, y una vez que ella logra salir, no vuelve. De Henry Cavill, no puedo más que decir que parece haber nacido para interpretar al hombre de la visión de rayos X. Su presencia es realmente de otro planeta, y por momentos hasta podemos sentir la suavidad de su piel recién afeitada. Su rostro, de rasgos casi sobrehumanos, es un imán en primer plano. Sólo resta esperar que la próxima entrega de El Hombre de Acero, sea el puntapié para llevar a la pantalla a La Liga de la Justicia.

calificacion_5

Por Elena Marina D’Aquila

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