A Sala Llena

El Señor de los Anillos: Los anillos de poder (The Lord of the Rings: The Rings of Power)

HUBO UN TIEMPO QUE FUE HERMOSO

Sobre los dos primeros capítulos de Los anillos de poder

Esta nota es sobre Los anillos de poder, pero empieza hablando de La casa del dragón. La crítica puede echar mano a las comparaciones necesarias para trazar un horizonte estético, y La casa del dragón es el horizonte hacia el cual no quisiéramos ir, pero la época nos lleva igual. Pero antes de hablar de La casa del dragón, diremos una o dos cosas de Juego de tronos. Y así, de alguna forma, quien escribe promete volver al tema de la nota. 

Juego de tronos ganó nuestros corazones, o más bien los retorció, los estrujó, introduciendo en el mundo del fantasy dosis impresionantes de realismo y crueldad. Esto habrá empezado en los libros de George R. R. Martin, pero para quienes no los leyeron (leímos), todo sucedió en la serie. El efecto era que la serie tomaba los códigos del universo sintetizado por J. R. R. Tolkien para quebrarlo a golpes de intrigas políticas, traiciones, torturas y batallas sanguinarias. El cine tiene una larga historia de ese tipo de transformaciones: alcanza con pensar en el desvío del film noir respecto del policial tradicional (que, al igual que las series que nos ocupan, tuvo primero un despliegue literario con la novela negra). Es innegable que la demolición realista de un mundo de convenciones y acuerdos produce alguna especie de placer. Y los placeres de Juego de tronos se iban en esa operación desmitificadora que consistía en imprimirle a las reglas del fantasy la crueldad del gangster-film, la violencia hiperbólica de la película bélica, la perversidad del thriller político (pero un perversidad excesiva, shakesperiana, a lo Ricardo III o Macbeth). El objetivo era simple pero fascinante: corroer la fantasía, que la magia del fantasy se volviera oscura, y que los dragones no constituyeran un objeto de asombro sino de horror. 

Juego de tronos hacía todo esto con un respeto providencial por la ficción: el maltrato sensorial que podía sufrir el espectador, con asesinatos intempestivos, espectáculos de tortura o agresiones narrativas de todo tipo, se daban siempre dentro del mundo de la ficción. La casa del dragón está muy lejos de Juego de tronos, un poco por incapacidad y otro poco por elección. La cantidad de personajes es mucho más reducida y la mayoría de los que quedan en el centro del relato son unidimensionales y poco interesantes. Para colmo, estos pobres diablos tienen el encargo de portar discursos sobre el presente: ya el primer capítulo comunica que el tema de la serie no es la búsqueda desesperada del poder sino el drama de ser mujer en un mundo patriarcal. Los hombres engañan, humillan y someten a esposas, hijas o hermanas, y eso es todo, al menos hasta el segundo capítulo. La casa del dragón no suscribe entonces al fantasy pero tampoco a la relectura negra del género que hacía Juego de tronos: la serie se agota en ese puñado de guiños a la actualidad que es sostenido apenas por una ficción pobre y escuálida.

Y llegamos finalmente, lector, a Los anillos de poder, la serie que parece que no conformó a muchos críticos, comunidades de fans de Tolkien ni a Elon Musk. Que parece que no es fiel a El Silmarillion, dicen los críticos y dicen los fans (Elon Musk no se queja de esto, al menos) porque reimagina a los personajes, sus acciones y sus sistemas de creencias. Es el viejo problema de la fidelidad, categoría difusa utilizada casi siempre para señalar cambios o tergiversaciones de un original que, aseguran el crítico y el fan, debe ser transpuesto de un medio a otro en estado de pureza, reverencialmente. Hay explicaciones conocidas para los cambios que la serie introduce en el universo de Tolkien: una de ellas es que, como Amazon no posee los derechos de El Silmarillion, los guionistas se dedicaron a tomar personajes de otras obras (poseídas) y a desfigurarlos lo suficiente como para sortear obstáculos legales. Esto, de todas formas, no debería importarnos nada: cada adaptación es siempre, por necesidad, una reinvención, y la toma de distancia del relato original no debería molestar a nadie más que a los lectores empecinados en reencontrar en una pantalla lo que ya habían imaginado cuando pasaban hojas (hay otros disfrutes además del de la repetición).

La primera parte del primer capítulo de Los anillos de poder es extraordinaria, un recuento histórico semejante al del principio de la trilogía de Peter Jackson en el que se condensa, con un cuidado impresionante por el trabajo por la imagen y el sonido, eras y sucesos de la Tierra Media, de los territorios que la circundan y del destino de sus habitantes. La protagonista excluyente, al menos hasta el segundo capítulo, es Galadriel, una guerrera elfa que persigue los rastros de Sauron aún cuando su mal parece haberse desvanecido del mundo. El relato alterna las campañas de Galadriel con la de personajes de otras razas: una variante de los hobbits, enanos y humanos, además de seguir a otros elfos. Estos últimos concentran en torno suyo los intereses de la narración, cosa más que justa, ya que los elfos siempre fueron las criaturas más cautivantes del universo de Tolkien.

Dicho esto, los protagonistas sufren del mismo mal que los de La casa del dragón: son unidimensionales, no se les conoce más que un deseo y algún que otro gesto propio, y muñidos apenas con eso el guion los lanza a la aventura. Esto descarga todo el peso de la historia en el relato y en la figuración de la Tierra Media y sus criaturas: a falta de personajes fuertes, la serie depende de la articulación de tramas y de la representación de los espacios, los seres y las costumbres creados por Tolkien. De alguna manera, J. A. Bayona puede hacer equilibrio con esos materiales dispares: el mundo, creado en una digitalidad ostensible pero que no molesta, que no nos aparta de la historia, provee el soporte para que los protagonistas inicien viajes y empresas personales. La clave de todo esto seguramente se encuentre en que Los anillos de poder, con las torpezas y dificultades del caso, confía plenamente en el mundo de la ficción y no requiere, entonces, de ningún reenvío a las discusiones de actualidad. A diferencia de La casa del dragón, la serie de Amazon no necesita ninguna apoyatura por fuera del relato, no hay oportunismo, complacencia ni promesa de placeres que no provengan exclusivamente de la ficción. La diversidad reducida a cupos e introducida a la fuerza (hay, por ejemplo, elfos y enanos negros) ya es parte del panorama cultural, ningún producto puede sustraerse a esa imposición, pero algunos, como Los anillos de poder, encuentran la manera para inscribirla en la trama hasta volverla parte del paisaje narrativo, sin señalarla ni insistir con su presencia. Una serie rompe la fantasía para hablarnos de las cosas que ya conocemos, los temas de todos los días, mientras que la otra, con sus limitaciones, hace lo que puede para trasladarnos, sin culpas ni peros, sin mala fe a otro mundo.

(Estados Unidos, 2022)

Elenco: Morfydd Clark, Lenny Henry, Markella Kavenagh, Megan Richards, Dylan Smith, Ismael Cruz Cordova. Producción: Ron Ames, Christopher Newman.

1 comentario en “El Señor de los Anillos: Los anillos de poder (The Lord of the Rings: The Rings of Power)”

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