A Sala Llena

Entre sus Manos, según Emiliano Fernández

La semilla de Onán.

Quizás no podríamos decir que lo estábamos esperando pero una vez aquí, no queda más que celebrar su llegada: estamos ante una suerte de reinvención de la comedia romántica tradicional, alejada por completo de las estupideces infantiloides de los últimos años, apuntando específicamente al público adulto y encarada desde la perspectiva masculina, sin obviar ningún detalle escabroso en lo que respecta a la relación entre los géneros. Como sólo los imberbes pueden seguir denominando “nueva comedia americana” a los tres o cuatro apellidos de moda en el submundo de la crítica trasnochada (“nueva comedia americana” hubo en los 70, 80, 90 y 00; la crítica musical es mucho menos repetitiva a nivel taxonómico, a la hora de catalogar una masa amorfa de artistas), hoy basta con decir que lo que propone Joseph Gordon-Levitt, en su ópera prima como realizador, es una aproximación visceral a algunas compulsiones que se dan cita en la vida de los hombres.

No es que Entre sus Manos (Don Jon, 2013) sea una película machista o misógina, nada más lejos de la verdad, simplemente su punto de vista explícito es el masculino. Las mujeres aparecen comportándose como mujeres, sin demasiadas justificaciones ni detalles psicológicos irrelevantes. Por supuesto que el protagonista es ese tal “Jon” (el propio Gordon-Levitt), un barman carilindo y adicto al porno que todo el tiempo traza comparaciones innecesarias entre el desempeño en pantalla de las actrices “triple x” y las señoritas que conoce en distintos clubs nocturnos y que terminan desnudas en su cama. En una jugada gloriosa y políticamente incorrecta, el film ahonda en las expectativas infladas que suelen generar los productos de la industria pornográfica en los consumidores, sistematizando las diferencias existentes -muy terrenales y patéticas- entre la realidad del coito promedio y esa dimensión paralela -súper estilizada- de las posiciones rimbombantes.

La propuesta no se detiene exclusivamente en el porno sino que extiende su mirada mordaz hacia la publicidad, los espectáculos deportivos y la televisión masturbatoria de hoy en día, planteando tanto un eje vinculado a la saturación sexual más idiota, como una crítica general al modelo contemporáneo de sociedad, en el que la eterna repetición de la vacuidad comercial desemboca en la alienación cotidiana y una pedagogía cíclica del individualismo/ egoísmo. Entre sus Manos se mantiene firme en la línea divisoria entre el mainstream hollywoodense y el cine arty independiente, sin inclinarse del todo hacia ninguna de las dos vertientes, por lo que aquí la fórmula del “triángulo amoroso” aparece atravesada por ese típico extrañamiento narrativo de los verdaderos films contraculturales (ahora con chispazos de parodia familiar, dardos a la moralina eclesiástica, apuntes irónicos sobre la fauna de los gimnasios y ese regocijo estándar de los machos sexistas, puntajes incluidos).

Dejando de lado el facilismo -propio de los cretinos- de poner en pantalla testículos y eyaculaciones al por mayor, Entre sus Manos sólo insinúa, ya que no desea perder ningún sector de su público potencial, y administra con inteligencia la relación de Jon con Barbara (una infartante Scarlett Johansson), el arquetipo de la mujer bella aunque presuntuosa, y Esther (la siempre genial Julianne Moore), un ejemplo de la mujer compleja y afable. Mientras que a Barbara la conoce en una sesión de “cacería noctámbula”, acomodándose rápidamente dentro del imaginario de la vaselina, el semen y los planos anatómicos, a Esther se la encuentra llorando antes de ingresar a una clase y luego cuando lo descubre disfrutando de los genitales femeninos en su celular. El director y guionista construye una historia muy bien llevada y con diálogos por momentos brillantes, en los que el hedonismo y la frustración van de la mano porque el conformismo suele primar en la rutina diaria.

Por suerte Gordon-Levitt cuenta con la valentía suficiente para ir mucho más allá de la simple estigmatización del porno: éste es apenas un indicio circunstancial del fracaso de las utopías masculinas incentivadas por el mercado capitalista, al igual que la comedia romántica tradicional es su homólogo femenino pero en versión “príncipe azul”. Así como las mujeres naturalizan al porno aunque no suelen consumirlo (el verdadero éxtasis les llega con la ficcionalización posterior al coito), los hombres esquivan la infidelidad real con el voyeurismo (la satisfacción sexual es simultánea al orgasmo, esa espiral interminable que todo lo fagocita). Que la película transforme al porno en una adicción, algo así como el súmmum de una compulsión, extrema sus rasgos y le permite abrirse camino por sobre la mediocridad habitual del género en los últimos años, retomando en parte su último período de oro, aquel encabezado por Wes Anderson, Alexander Payne y Paul Thomas Anderson…

calificacion_5

Por Emiliano Fernández

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