A Sala Llena

Entre sus Manos, según José Tripodero

El porno tan temido.

Parecía que el mayor mérito de esta ópera prima de Joseph Gordon Levitt era la de quitarle el halo de gravedad a la idea de masturbarse, que impuso la infame Shame del sobrevaloradísimo Steve McQueen. Lo que sí hay, a pesar de esa mirada menos ponzoñosa sobre la autosatisfacción sexual, es algo de hipocresía al poner al protagonista, Jon (Gordon-Levitt) como un hombre que siente -como parte de una rutina bien delineada- la necesidad de confesarse en la Iglesia por tales actos impúdicos; no sólo masturbarse  sino también tener sexo ocasional.

Hay una estrategia en esa rutina al establecer planos para cada acción del protagonista, que funciona como engranaje del relato: el primer plano frontal para las confesiones en la Iglesia, el plano general levemente contrapicado para el gimnasio, el plano cenital para cuando tiende la cama todas las mañanas (no es gratuita “la mirada de Dios” en esos casos), el plano de falsa subjetiva del lado del acompañante cuando maneja, el plano detalle del cursor en el botón de “play” en un video, etc.

La resignificación sobre el porno y la masturbación se da paulatinamente; lo que aparecía dentro de un marco de incorrección política se subvierte a un cuestionamiento serio, a un tratamiento sobre la adicción en términos de un peligro, cuando el protagonista parece “sentar cabeza” al conocer a una rubia despampanante (Scarlett Johanson), a la que le promete no mirar porno. En esa promesa comienza el proceso de transformación, que lo lleva a mirar videos a escondidas a través de su teléfono celular y -luego- especialmente al contemplar culposamente unos segundos su laptop antes de abrirla y sumergirse en los videos, un verdadero acento feroz del cambio. La confirmación de un proceso de cambio gradual se da en la voz en off, torpe en términos retóricos, cuando Jon dice para auto convencerse que no es un adicto, que no está consumiendo heroína y que podría dejar el porno cuando quisiera.  Claramente esta frase, usada por cualquier adicto que está en la fase de la negación, opera ya en el terreno del porno como el mal a erradicar, puntualmente cuando la relación entre Jon y una “redhead milf” (ya que estamos en el mundo del porno) interpretada por Julianne Moore, se empieza a gestar luego de la fallida relación con la rubia despampanante.

Inversamente proporcional al crecimiento de la relación entre Jon y la “milf”, lo que se mostraba como una lectura despojada de moralismo acerca del porno, se desbarranca hasta cerrar una historia que se presenta, sin sonrojarse, en los cánones de la comedia romántica más seria y menos arriesgada. Para peor, se aplasta al porno cuando la señora le pregunta a Jon si alguna vez se masturbó sin mirar videos, allí, en esa imposibilidad (confirmada luego) se deshace la idea de divertimento. El porno no es la cuestión puntual sino romper con el hábito de entretenimiento por considerarlo una adicción, además considerada nefasta para los “valores”  porque aquí la premisa podría ser la misma si se sustituye el porno por la pasión fanática de un deporte, por ejemplo, como instrumento que reemplaza el acto real: el sexo con una pareja de carne y hueso o la práctica deportiva, no importa. Don Jon -o el increíble título local de Entre sus Manos– se viste de indie pero devela en el meollo su aberración, disfrazada de una hipócrita comedia romántica de gente que se “pierde” en el otro.

calificacion_1

Por José Tripodero

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