A Sala Llena

Entre sus Manos, según Elena Marina D’Aquila

La redención llega a Jersey Shore.

Entre sus Manos no es ni una comedia atípica ni una película alternativa -a un cine mainstream o a la comedia romántica hollywoodense- o innovadora, y mucho menos una propuesta trasgresora, como sí lo fue en su momento 500 Días con Ella o la más reciente¿Quiénes Son los Miller?, aquel estereotipo de “familia Flanders” reconvertido en una sátira que no se guardaba nada.

El debut de Gordon-Levitt como director tiene un comienzo potente y enérgico, dado por el montaje frenético y la estética videoclipera. La propuesta del californiano de 32 años se plantea en un principio como una comedia sin tapujos sobre el sexo pero luego introduce una vuelta de tuerca: en la adicción a la pornografía del protagonista (Don Joan aka The Situation), radica su incapacidad para conectarse íntimamente con una mujer real. A partir de este giro, como si fuese un panqueque en una sartén, la película se desvía de su camino y pasa de ser una comedia ágil a un drama con una visión conservadora que convierte al porno en excusa para crear un discurso moralista, que terminará con la redención del personaje central (un hombre que nunca pudo “perderse” en una mujer durante el sexo, o dicho en modo comedia romántica pacata, mientras “hacen el amor”).

Pero esto cambia con la aparición de la mujer madura y maternal encarnada por Julianne Moore (la antípoda de Johansson) que le enseña a hacer el amor, siempre escenificado en la posición del misionero que él tanto detesta, por eso antepone el porno al sexo. Pero la pureza del amor no puede convivir con el porno, lo obsceno, el placer culposo, según la visión más puritana hollywoodense, la de Gordon-Levitt. Cuando el protagonista encuentra un vínculo verdadero deja de ver su preciada pornografía, algo que no había conseguido con el personaje de Johansson. Ella era una mujer tan lejana e intocable como las que ve en su computadora. La relación entre ambos se basaba en satisfacer sus propios deseos sin tener en cuenta los del otro, por lo tanto, ninguno de los dos estaba capacitado para establecer un vínculo. Y la culpa de que el protagonista no pueda establecer un vínculo con una mujer de carne y hueso es de la pornografía, vista como una mentira que no tiene nada que ver con el “sexo real”.

La obra eventualmente se vuelve obvia y convencional, como la posición del misionero en la que termina consumándose su vínculo profundo y real con Julianne Moore, o las comedias románticas que son criticadas con el cameo de Anne Hathaway y Channing Tatum. Los recursos de repetición que resultaban efectivos hasta la mitad de la película pierden el dinamismo que le aportaban al relato, que a su vez pierde verosimilitud por la brusca transformación del personaje, de miembro de Jersey Shore a noviecito de América. En fin, qué se puede esperar de una película tan rígida, que anquilosa su pensamiento en la suposición de que el interés por el porno es algo exclusivamente masculino.

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