A Sala Llena

Esta, con Delon, era otra cosa…

El sábado pasado, mi media naranja y yo, sacamos nuestros delicados traseros de la cama, a la más absurda de las horas. El extraño suceso tuvo comienzo el viernes, cuando dominados por un frenesí vespertino,  nos acostamos a “dormir una siestita” a las siete de la tarde. Resultado: nos despertamos a la mañana siguiente a las seis y media de la mañana y no entendíamos nada.  

Como a las cuatro, con el sol brillando calurosamente, los dos todavía estábamos enfrascados en una especie de jet lag, decidimos meternos en el cine. Nos fuimos hasta el Belgrano Multiplex, ahí en Mendoza y Vuelta de Obligado.   Hacía rato que yo venía jorobando con ir a ver la nueva peli de Clooney o, como suelo llamarlo en la intimidad, Georgy,  para ver qué onda. El afiche, en principio, me había encantado y las críticas que leí eran bastante diversas, por lo que si o si, quería verla con mis propios ojitos antes de tener que someterme al dvd.

Saqué las entradas, pero todavía faltaba una buena media hora para la función, así que nos fuimos hasta Cabildo a mirar chucherías en los negocios y comprar chupetines. Caminamos tranquilos, chusmeamos pavaditas, entramos en una tapicería a preguntar precios (al pedo), fuimos al kiosco y, cuando nos quisimos acordar, ya teníamos que entrar al cine.

No hicimos la cola, esperamos que pasaran todos y después nos acomodamos nosotros en una de las filas de arriba, la segunda creo. Yo bien en el pasillo porque estaba medio al borde del ataque de pánico y necesitaba poder salir rápido si el pichiruchi pateaba fuerte. La butaca estaba casi encima de la escalera, parecía que iba en el primer carro de una montaña rusa.

La función demoró en empezar, así que la gente arrancó a aplaudir. Mi marido estaba fastidiado, pero yo me sumé al clap-clap general. No nos dieron ni cinco de pelota. Se ve que el sobrino del dueño llegó tarde justo a esa función y lo esperaron.

Siempre que voy al cine con mi hombre, la sala está llena de viejos, esta no fue la excepción. De hecho, había uno que no apagó el celular durante toda la película y me obligó a… después les cuento… no nos adelantemos a los hechos.

Finalmente se apagaron las luces y  comenzó. 

Toda la escena en la nieve, en Suecia, me gustó mucho. El tratamiento del sonido, el suspenso, la cosa blanca, el romance… hasta ahí todo bien.  Después, la secuencia de títulos me en-can-tó, muuyyyy europea,  muy oscura, atribulada, perturbadora…la música… hasta ahí todo bien.

Y después se desató la película.

No es ningún secreto que Corbijn es un tipo que te compone bien un cuadro. Cada plano es una especie de fotografía perfecta,  en la que el uso de la luz y la distribución de elementos (incluidos los paisajes formidables y los pezones de las mujeres hermosas) se vuelven de una belleza arrolladora… ¿Arrolladora y qué mas?… Arrolladora y… no se si decirlo, después de todo es George y se puede ofender un poco… bué, me mando: arrolladora y sintética.

Durante toda la película que, debo decir, disfruté mucho, tuve la sensación de estar frente a algo demasiado controlado, demasiado medido, demasiado imitador del espíritu de algo mas. Un espíritu que no aparecía, que sobrevolaba las cosas y los personajes, pero no encarnaba a nadie.

Si me lo preguntan… las actuaciones están bien, el guión está bien, los tiempos de la película me encantaron (yo soy recontra fan del cine francés de los 60) el final está bien, todo está bien. Todo brilla de manera tentadora y barnizada, como una especie de gema. Eso si, una gema falsa.

A estas alturas, la historia de los “últimos días de la víctima” la hemos visto un millar de veces. Por alguna escondida razón, la idea de transitar los tiempos finales de la vida de un asesino, les resulta tanto a los directores, productores y actores, como al público, una tentación difícil de declinar. Pero, la realidad, es que no a todo el mundo le la el piné.  Si no, pregúntenle a Stallone o al propio Antonio Banderas, que hicieron uno de los films más pedorros de la historia, contando exactamente la misma cosa.

Saben qué pasa muchachos, el estándar les quedó muy alto después de El Samurai la película de Jean-Pierre Melville, estrenada en 1967, protagonizada por el único, el inigualable, el incomparable, el más bello de todos los tiempos: Alain Delon.

Clooney, intenta sin éxito, reproducir ese misterio, ese filo, ese borde mental salvaje, que tenía Jeff Costello, el personaje interpretado por el francés en la cinta de Melville. Yo no digo que el chabón estaba copiando, digo que estaba tratando de tener un espíritu, que pocos actores americanos tienen. Hay algo en la densa y vieja Europa,  que le imprime a ciertos actores una cualidad tan oscura como única, intransferible e inimitable. Un cierto olor a mausoleo, a sangre vieja, a misterio enterrado demasiado hondo, que los actores de América no tienen.

La mirada azul acero de Delon, estaba velada por algo mas grande que su propia interpretación, algo pesado, sexual, retorcido que lo volvía mas animal y peligroso que nada que yo haya visto. Los ojos de George (que es un buen actor) son demasiado nuevos o demasiado grandes o demasiado algo… no tienen lo que hace falta, aún cuando se las ingenian para darte un buen espectáculo.

Mi marido se la pasó especulando con el final; si él  mataba a la chica, si arreglaba el rifle para que su asesina se muriera, si liquidaban al cura, si zafaba, si era demasiado viejo para la estrella femenina que le pusieron y patatín y patatán. Yo, en cambio, trataba de emocionarme, le ponía toda la garra para soltar una lágrima o para suspirar o para tener verdadero miedo por el protagonista. Muy pocas veces lo logré. Confieso que la escena del tiroteo final me puso el traste al filo de la butaca y que la prostituta gritando “¡Eduardo, Eduardo!” me aflojó la pera. Pero nada más. 

Cuando salíamos del cine, unas viejas pasaron por al lado nuestro, renegando de lo mala que les había parecido la película. Yo me di vuelta y les dije que no sabían nada de cine (viejas de mierda).

Charlando después, me di cuenta de que me embriagaba una sensación de dignidad, un perfume de que la cosa era suficiente. Porque un poco de eso hay. La chica es hermosa, la redención del asesino siempre es bienvenida, la escena de sexo vale la entrada completa y nadie, absolutamente nadie podrá nunca por mas que lo intente, reproducir El Samurai.

– ¡Esta, con Delon, era otra cosa!_ le dije a mi marido mientras me zampaba un palito de la selva.

– Con Delon ya la hicieron_ me dijo él sonriendo con esos dientes hermosos que tiene.

  

“Chupate esa mandarina” pensé.

 

PD: Al viejo que no apagaba el celular, le tiré con el chupetín y le di en el medio de la pelada.  Se dio vuelta loco, pero no me vio (jijiji).

 

Esta columna está dedicada a mi hombre que anda medio pachucho. Porque el mundo sin él no da vueltas.

 

Y para Delon: cuando quieras bombón, cuando quieras…

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