A Sala Llena

Exorcismo en el Vaticano (The Vatican Tapes)

(Estados Unidos, 2015)

Dirección: Mark Neveldine. Guión: Christopher Borrelli y Michael C. Martin. Elenco: Olivia Taylor Dudley, Dougray Scott, Michael Peña, Kathleen Robertson, John Patrick Amedori, Michael Paré, Peter Andersson, Djimon Hounsou, Cas Anvar, Bruno Gunn. Producción: Chris Cowles, Gary Lucchesi, Chris Morgan y Tom Rosenberg. Distribuidora: Diamond Films. Duración: 91 minutos.

Un milagro invertido.

Ya desde el inicio de la impresentable Exorcismo en el Vaticano (The Vatican Tapes, 2015) todo está servido para contemplar una comedia involuntaria, otro engendro que nos impulsa a preguntarnos sobre la lógica detrás del arribo de este tipo de productos a la cartelera argentina: dos representantes de la Santa Sede susurran diálogos acerca de la existencia de múltiples indicios de actividad demoníaca, mientras miran pantallas con imágenes ridículas y mal editadas en consonancia, hasta que encuentran “ese” caso que estaban buscando. Por supuesto que la acción corta a la señorita de turno, Angela Holmes (Olivia Taylor Dudley), quien sufrirá paulatinamente los estigmas de una posesión que se mezcla con esquizofrenia.

A pesar de que está más que claro que resulta mínimamente redituable estrenar los peores ejemplos industriales del panorama del horror de nuestros días, el problema a futuro -que deberían tener en cuenta las distribuidoras- se resume en la decepción automática que despiertan los films, en su mayoría destinados de manera exclusiva a los consumidores con menos experiencia en los vaivenes del género. En vez de atraer a más espectadores con obras de calidad provenientes de los márgenes norteamericanos o de latitudes lejanas, que garanticen la reincidencia en lo que hace al enclave de los sustos, en el mercado argentino prima el cortoplacismo de la mediocridad y el clásico “pan para hoy, hambre para mañana”.

Si nos concentramos específicamente en la película en cuestión, la verdad es que no pasa de ser otro exploitation de El Exorcista (The Exorcist, 1973) sin personalidad propia ni ganas de abrirse camino con un poco de garra o alguna novedad significativa, circunstancia que ha llevado al rubro a la saturación a raíz de un cúmulo de convites desastrosos que -desde la más pura holgazanería- dilapidaron una serie de recursos que en algún momento fueron sinónimo de dinamismo y eficacia. De hecho, la indolencia en el desarrollo narrativo es quizás el mayor obstáculo contemporáneo del género en su vertiente mainstream, esa que sigue obnubilada con el terror destilado para infantes, léase sin sangre ni desnudos ni alma.

Ahora bien, la sola presencia de Michael Peña, como el sacerdote más cercano al entorno familiar de la protagonista, es francamente irrisoria, a lo que se suma la poca impronta “espeluznante” de Dudley, la mojigatería/ torpeza del realizador Mark Neveldine y una segunda mitad con citas lamentables a Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975). Lejos del terreno de la clase B de antaño o de esos placeres culpables que revigorizan el amor por el cine desde la simpleza y la inmediatez, Exorcismo en el Vaticano es un producto anoréxico que funciona al igual que esos milagros invertidos que pretende exprimir sin éxito, apenas espasmos de la pasión que siempre debería anidar en el relato…

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Por Emiliano Fernández

 

De exorcismos y exploits.

En otros textos de este sitio ya hemos disparado contra el horror filo-ATP destinado a los niños robot que ven las de terror con mamá y papá; aquellos que ya no llegan al horror por picardía sino porque son target del mercado actual que busca carne cada vez más fresca para sus propuestas abarcadoras y conservadoras. Exorcismo en el Vaticano forma parte de esa nueva industria de explotación preteen que vomita ideas gastadas sin un mínimo de pasión y con planos burocráticos de telefilm. Estas cintas del Vaticano son, ni más ni menos, una exploit de El Exorcista (1973) cuarenta años después, pero ya sin tetas ni libertad. En la última década, las películas de posesiones y exorcismos se afianzaron como subgénero dentro de la industria del terror, generalmente, con propuestas menores como la que nos atañe, pero lejos en el tiempo quedaron las bizarreadas de aquella ola exploitation de la obra maestra de Friedkin.

Tan solo un año después del éxito de El Exorcista, salieron una gran cantidad de plagios que querían raspar unos mangos de aquel fenómeno. Una de las exploits más deformes por propuesta y apuesta debe haber sido Abby, una blaxploitation dirigida por William Girdler, quien debido a un juicio de la gigante Warner contra la American International no vio un peso a pesar de que la película recaudó veinte veces más de lo que costó; director que además murió joven pocos años después en un set de filmación en Filipinas. Abby se puede tornar pesada pero la presencia de William Marshall -el recordado Drácula negro- como cura, y un clímax que se da en un bar medio cabarulo con bola disco y luces rojas, hacen que valga la pena al menos una visión con amigos y sin demasiada rigurosidad.

Los que estaban siempre agazapados como hienas esperando un éxito internacional para mandarse un cover rápido y punkrock, eran los tanos. Hay dos exploits que seguramente conocerá la cinefilia deforme: El Anticristo de Alberto De Martino, y La Poseída, de Mario Gariazzo. La primera es muy superior a la mayoría de las exploits del 74: se destaca, paradójicamente, por su originalidad, y por el trabajo en la composición y belleza de muchos de sus planos (sobre todo en la primera hora). El Anticristo es un delirio que mezcla lo esotérico, las vidas pasadas, y algunos pasajes surrealistas con los típicos elementos de los plagios de El Exorcista de ese año prolífico para el choreo: la chica protagonista, el dramón familiar, el sexo, y, por supuesto, el vómito.

Otra rareza de aquel año, sobre todo extraña por su origen más que por su puesta en escena, fue la alemana Magdalena, Vom Teufel Besessen, un híbrido entre el rip-off y el sexploitation: hay lesbianismo, muebles que vuelan a lo Poltergeist y el cuerpazo desnudo de Dagmar Hedrich en muchísimos planos. Hacemos este breve y algo perezoso repaso utilizando a Exorcismo en el Vaticano como excusa, porque aunque la película de Mark Neveldine no se asuma como exploit (se toma demasiado en serio y es por demás conservadora) muestra la hilacha desde el principio con unos recortes de diario en los que aparecen Juan Pablo II y el Papa Francisco, en una intro bizarra que proponía algo más demencial que la película burocrática y poco lúdica que terminamos viendo.

calificacion_1

Por Ernesto Gerez

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