A Sala Llena

Familia para Armar

Familia para Armar (Argentina, 2010)


Dirección y guión: Edgardo Gonzales Amer. Producción: Edgardo Gonzales Amer y Alberto Francisco Trigo. Elenco: Norma Aleandro, Oscar Ferrigno, Valeria Lorca, Malena Sánchez, Paula Kohan, Ximena Rijel. Distribuidora: Primer Plano Duración: 90 min.

Me gustaría empezar por el final: cuando terminó la película sentí que recién empezaba. Que todo lo que había estado viendo era una larga introducción de los distintos personajes, la situación, el lugar y demás, pero que lo que realmente se iba a tratar estaba apenas por verse.

De alguna forma, en este tipo de relatos nacionales que tratan sobre la familia, sus conflictos entre los vínculos, las idas y vueltas dentro y fuera de la intimidad y demás, no puedo evitar discernir cierto patrón que se repite. Hay una constante docilidad, una impersonalidad quizá confundida con sutileza, que se puede observar en casos como El Abrazo Partido de Burman, o en El Hijo de la Novia, de Campanella. Retratos de familias en crisis que, quizás por estar empecinados en aferrarse a una narración con tonos humorísticos encadenados a lugares excesivamente comunes, no ahondan o por lo menos les cuesta mucho ahondar y profundizar en la complejidad y en la eterna problemática de los vínculos familiares. Es cierto que mucho se ha escrito y filmado aquí y afuera sobre el tema, pero eso no significa que no haya todavía mucha tela para cortar y una multiplicidad de ángulos para representarlo. El problema es que esto no es aprovechado por la película.

En efecto, la redundancia estereotípica de los personajes, los lugares comunes y la eterna previsibilidad del relato hacían que permanentemente estuviese esperando más del metraje de lo que éste estaba dispuesto a mostrar. Había casi todo el tiempo una sensación de ya haber visto la película, de esperar que de esos estereotipos se despegaran rasgos distintivos, frescos; sin embargo, ese estado predominante del film no ofrecía demasiado más.

En principio tenemos a Ernesto (Oscar Ferrigno), un tipo cuarentón, ex-escritor claramente frustrado con su vida, cascarrabias, que se ocupa de mala gana de administrar el hotel que tiene Elisa, su madre (en la vida real también, la legendaria Norma Aleandro) en la costa, junto con su hermana. En eso aparece su hija (la bella y prometedora debutante Malena Sánchez), olvidada por él, en el seno de su adolescencia. Como es de suponer, Ernesto rechaza de plano la sorpresiva visita de su hija e intenta dar con su madre para “devolverla”.

El problema central radica en que, justamente a partir de esto, el resto de la película es un constante picotear aquí y allá a sus personajes, mostrando únicamente lo que se espera de ellos en el imaginario fílmico reinante: el padre enfurruñado hasta el final, con sus incontables “no me rompas las pelotas” se niega a reconocer a su hija. La hija, Julia, como buena adolescente, busca llamar su atención haciendo unos cuantos papelones y generando a su vez mayor rechazo de su padre. En el medio, la abuela, la tía, un amigo de Ernesto, el plomero y dos mujercitas estilo groupies de turno aparecen como intentando robar cámara y no aportan casi nada al relato.

Si bien es evidente que algo ha pasado entre padre e hija como para que dicho reencuentro sea tan tenso y reñido, el argumento de alguna forma abusa del recurso de ocultar estos motivos hasta el final y con esto de alguna forma pierde la oportunidad de retratar la verdadera tensión y problemática que rodea dicho vínculo. Algunas escenas, como las sórdidas invasiones de Julia a la privacidad de su padre, aparecen como destellos que ponen en evidencia una interioridad que es rechazada a narrarse. Apuesta todo a sus personajes pero sin embargo no se juega por ellos.

Por Martín Tricárico 

Igualita a mí

“Que cosa la familia ¿eh?” diría un personaje de Francella. La difícil relación entre padres e hijas post adolescentes parece un género en sí mismo del cine argentino de los últimos 10 años. Desde Un Argentino en Nueva York hasta Igualita a Mí, pasando por El Nido Vacío, Amorosa Soledad o XXY en menor medida, pareciera que es muy difícil para un padre relacionarse con el rol que le ha tocado en suerte, entenderlo, llevarlo a adelante y reconocer, no solamente, el problema en sí, interno generalmente, sino también reconocer su propia identidad en la propia hija.

Ahora bien, esto que podría dar para todo un análisis sociológico acerca de porque los argentinos tenemos problemas con nuestras hijas, el cine, en la mayoría de los casos ha decidido tratarlo de la forma más banal y superficial posible, creando comedias dramáticas con pretensiones comerciales, que se preocupan más en como generar empatía con un tratamiento televisivo, que con un discurso más interno, profundo, reflexivo y sutil.

Lamentablemente, Familia para Armar, si bien no llega a convertirse en un producto ideado en televisión como son las “comedia” de Suar y Francella con Bertotti y Oreiro respectivamente, tampoco se acerca a lograr la profundidad referida, más que nada porque se pierde en lograr un equilibrio, un tono justo para que el público se acerque a las salas, pero a la vez no caer en lo banal, y lo peor es que tratando de encontrar “esa” profundidad dramática, no termina por convencer ni redondear lo que quería contar en principio.

Más allá de que la llegada repentina de una hija, en la vida de un hombre “solitario” es algo ya visto, como dice más arriba, Martín, la película sufre lo que se llama “la búsqueda del género”: ¿qué quiso hacer realmente González Amer? ¿una comedia dramática o un melodrama con algunos toques humorísticos al principio? Realmente no logro visualizarlo.

Si se quería generar empatía, ¿por qué crear escenas que parecen salidas del peor unitario de Canal 13? ¿Por qué forzar a los personajes a que digan cosas o acciones de maneras que no parecen coherentes con el comportamiento que veníamos viendo en pos de un efecto dramático que tampoco termina por generarse?

O ¿por qué agregar subtramas y personajes que no se desarrollan? (todo lo referido a la hermana de Ernesto, el protagonista o la historia del huésped y sus dos amantes). O porque meterle tanto énfasis a la manera en que el protagonista se obsesiona con publicar una novela, y no terminar de redondear la idea.

Tengo que admitir que no me parece una película fallida. De hecho, escenas sentimentales, que podrían haber caído en el golpe bajo más reculado y telenovelesco, González Amer las maneja con una sutileza y economía de recursos cinematográficos que dan envidia. Muchos podrían aprender de eso.

Aportan verosimilitud a los personajes, los intérpretes, sólidos y creíbles. Especialmente Oscar Ferrigno logra llevar adelante la película con presencia y carácter, tratando de aportarle emoción genuina a su protagonista. A pesar de su frialdad, Ferrigno le da calidez a su Ernesto y la joven Malena Sánchez, tiene un loable debut cinematográfico. Por otro lado, Norma Aleandro da el respaldo a un elenco joven y prácticamente desconocido con la naturalidad que la caracteriza. El personaje no le presenta demasiados desafíos y la veterana actriz, pone su carisma al orden del día. Es una lástima que el personaje, quede tan relegado. También Valeria Lorca y Darío Levy aportan su grano de arena a la historia.

En la gacetilla de prensa, dice que González Amer construyó el guión a partir de la recopilación de varios cuentos. Pero como le sucede a Ernesto, la suma de los cuentos no terminan por generarle una novela, y acá pasa algo similar. La suma de tramas y subtramas no terminan por construir una películas. Estamos a la mitad de la novela recién.

Cinematográficamente hablando, la tarea en los rubros técnicos es correcta, ajustada a los requerimientos del guión. Visualmente es interesante y “realista” la puesta de luces de Sebastián Gallo, aprovecha al máximo el paisaje de Cariló. La música edulcorada de Espinoza y Monteleone le sacan seriedad a muchas de las escenas.

Es probable que González Amer (El Infinito sin Estrellas) sea un gran escritor, honestamente por desconocimiento, no lei sus novelas, pero como director cinematográfico carece de identidad. Aun cuando Familia para Armar se acerca en tono, temática e intenciones al cine de Burman y Campanella más que a la vulgaridad del cine de Polka o Telefé, alejándola del mero productor consumista, el director no encuentra la brújula para llevarla a buen puerto.

Como siempre digo, solo con buenas intenciones no se construye una película. Personalmente, cada vez que veo en el cine nacional, una nueva apuesta por mostrar las “familias disfuncionales”, más añoro obras como La Nona de Olivera (textos de Cossa), 100 Veces no Debo y especialmente, Esperando la Carroza (ambas de Doria con textos de Langer), que a pesar de llevar al extremo el absurdo, aún hoy se destacan por su perfecta estructura narrativa, los personajes maravillosamente escritos, un humor cínico, crítico e imaginativo. El retrato de la familia argentina nunca alcanzó todavía la verosimilitud de estas obras clásicas.

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