A Sala Llena

Francisco, la primavera y Africa Mía…

Hoy parece que el día quiere borrar con el codo lo que ayer escribió con la mano. Viento, frío y la mar en coche. Yo había planeado charlar un poco sobre el calorcito, la primavera y lo lindo que estaba el tiempo pero…

No sé, tal vez tenga que concentrarme en recordar lo maravilloso que estuvo el día de ayer, y cómo la brisa acompañaba la caminata del transeúnte que decidiera disfrutarla y de que las flores estaban particularmente aromáticas y que no hacía falta abrigo y que el ánimo parecía haberse robustecido y tomado (parafraseando a Dieguito Torres) color esperanza.  Pero hoy, mamita, la cosa es diferente. Tengo que reavivar mi mate cocido para poder empezar a recordar el día de la primavera y, para rematarla, tiene gusto raro. Yo estoy de un humor de perros y tengo resaca de la noche anterior, por lo que me cuesta bastante recolectar mis pensamientos.  Por alguna extraña razón, mi ánimo de ayer parece haber desaparecido y haberse vuelto nuevamente invernal, oscuro, ventoso y medio grisáceo, así que no le pidan demasiado a esta columna, ni se hagan los malos porque el horno no está para bollos.

El día de la primavera, fue un buen día. En mi casa está instalado el hermanito mas chico de mi media naranja que se vino a pasear. El muchacho mide dos metros, tiene apenas unos veinte pirulines y vive la vida en correspondencia con la edad que ostenta: feliz, relajada y despreocupadamente. Duerme hasta las mil y quinientas, mira tele a patadas, come como lima nueva (y no engorda ni un gramo), juega a la play hasta que los ojos le quedan cuadrados y siempre es materia dispuesta para salir a pasear y a ver qué pasa por ahí.  Salvo por un par de detalles, se podría decir que vivimos vidas gemelas, así que nos llevamos remarcablemente bien.  Ah, me olvidaba, se llama Francisco.

Ayer, a eso de las cinco de la tarde, salimos los dos a dar una vuelta por el barrio. Nos fuimos hasta Starbucks, recogimos un par de cafecitos caminando despacio y, sorbo por sorbo, nos pateamos el barrio que estaba casi todo florecido. Hay unas florcitas chiquititas de una planta que es medio enredadera, que son súper fragantes y se te meten en el espíritu a obrar milagritos. Yo había estado todo el día tratando de escribir la columna y las ideas no se me acomodaban en la cabeza. Necesitaba salir, escuchar las voces del barrio, pispear las casas, hablar boludeces y reírme un poco. Sabía que quería escribir sobre África Mía porque hace rato que quiero hablarles de ella. Es una cinta que me gusta demasiado y por hache o por be nunca me las había ingeniado para colarla en la columna. Tal vez alguna mención por aquí o por allá, pero nunca una columna completa dedicada a la película. Supuse que con esto de la llegada de la primavera y bla bla, podría entretejer las cosas para hablar del film, pero ayer las ideas no se alineaban y se desparramaban por mi cabeza de manera salvaje e incivilizada.  Hoy, en cambio, con el cambio drástico de clima, decidí que no tenía por qué haber una razón prosaica que ligara la película con la primavera. Por supuesto la lujuria de la naturaleza, el clima cálido, la vegetación y los colores primaverales, podían tender un puente firme hacia África y hacer las veces de nexo entre los dos tópicos de hoy pero, la verdad, con este vientito que está soplando, agarré medio el carro a patadas y decidí que el puente, mis queridísimos lectores, lo vamos a tender nosotros con la famosa frase “porque se me canta” y vamos a hablar hasta por los codos de esta película que es, ni mas, ni menos, que una de las primaveras más duraderas de la historia del cine.

No recuerdo cuando fue exactamente la primera vez que la vi porque, en el 85 cuando se estrenó, yo era muy chica y mis viejos no me la dejaron ver. Pero si  me acuerdo de cuando me compré la banda original. Fue una tarde calurosa de enero, cuando Musimundo todavía estaba en el Solar de la Abadía y, recuerdo que atesoré el disco como si fuera una la última porción de pizza de mi vida.

A mí, esta historia, me entró bastante por los oídos. Cada vez que escuchaba el tema principal, se me llenaban los ojos de lágrimas y, les juro, podía ver las pasturas verdes, interminables y maravillosas, desde el avión de Dennis Finch Hatton. Es que la música de John Barry en este film, que dicho sea de paso se ganó un Oscar, contiene la particular maravilla de narrar la película casi tan efectivamente como la imagen y el verbo.  Ayer mismo le contaba a Francisco que quería hablarles de todo esto, durante nuestra caminata inaugural de la primavera, mientras un pibe del barrio casi nos atropellaba con la patineta. El chico se tiró al piso raspando las manos en la vereda con esos adminículos que se ponen los skaters, tipo guantes protectores para no pelarse hasta el alma. Yo como una tarada, me pegué a la pared pensando que en cualquier momento me embestía, porque el ruido que metía la patineta o lo que carajo fuera, era el sonido del infierno.  El chiquito, muy suelto de cuerpo, se incorporó y se puso a gritarle algo a un portero parado en la vereda de enfrente.

 _ Qué haces che, ¿cómo está tu mujer?

A mí y a Francisco nos causó gracia que el pibito preguntara “cómo está tu mujer” con una solvencia muy parecida a la de un tipo de cincuenta años. Por supuesto, la diferencia era que al nene sí le interesaba cómo estaba la mujer del portero. Por algún motivo misterioso, el tipo se sorprendió.

 _ La operaron, ¿no?_ ratificó el pibito mientras se volvía a montar en la patineta y saludaba con la mano. Yo me reí. Me causó una ternura terrible que una cosita tan chiquita preguntara por la mujer y por las operaciones. Y para rematarla llevaba una gorrita al revés que parecía diseñada por un director de arte. Supongo que en ese momento y, si los astros se hubieran conjugado, podría haber escrito la Cinema Paradiso de Belgrano. Pero me dio fiaca, así que, seguí caminando y masticando las ideas para la columna de hoy, desplegando imágenes interminables de la sabana africana, de leones, de hombres que le lavan la cabeza a las mujeres, de sífilis, de damas fuertes e independientes pero con  arraigo a la tierra y al amor, de Masái, de suajili, de incendio en cafetales y de sombreros maravillosos.

Out of África (África Mía para nosotros) de Sydney Pollack,  como ya les dije se estrenó en 1985 con un éxito rotundo y bien justificado de crítica y público. Con un presupuesto original de 31 millones de dólares, llegó a superar en recaudaciones los 250 millones, convirtiéndose en una de las películas más exitosas de ese año.  Basado en la novela “Memorias de África” de Karen Blixen, en “Sombras en la Hierba” de Isak Dinesen (seudónimo de Karen) y en “Isak Dinesen: Vida de una Escritora” de Judith Thurman, el guión adaptado de Kurt Luedtke (quien se toma bastantes libertades debo decir) es una pieza virtuosa, que también se llevó su Oscar y que convirtió a esta película en una de las historias de amor más emblemáticas jamás contadas. La escena en que Dennis le lava la cabeza a Karen durante su primer salida de safari es, sin lugar a dudas, una de las metáforas más eróticas e increíblemente tibias que  se hayan rodado. Por otro lado, Streep y Redford nos brindan dos de las más grandes actuaciones de sus vidas, así que el cóctel es, mis queridos chichipíos, explosivo a todo nivel.  La dirección de arte, asombrosa, el vestuario, remarcable, la fotografía, Dios mío, gloriosa y la historia dulce, atrapante, apasionada y profunda. Tanto que, el solo hecho de contárselos me enfunda en un frenesí tal, que casi-casi estoy por decir que es la mejor película que vi en toda mi vida. Pero voy a contenerme, no quiero que los ecos primaverales me exalten tanto el ánimo de manera que me hagan perder la perspectiva.

El amor entre Karen y Dennis es verdadero y complejo, lleno de paradojas, de deseos antagónicos y de batallas inútiles. No puedo decir que no haya, en algún momento, querido agarrar a patadas a Redford, pero la verdad es que, la mayoría del tiempo, solo me dedicaba a enamorarme de él como Karen, una y otra vez.

Ella, no sé si sin darse cuenta o qué, se convierte en África y él, va enamorándose como quien se enamora no tanto de una persona, si no de un espacio, de una tierra, de un lugar que tarde o temprano le será de pertenencia y, a la vez, lo retendrá irremediablemente. La puja entre el amor y la libertad, esta tan bien planteada que, por momentos, la perdemos de vista y nos quedamos con la historia romántica. Pero no se equivoquen, el más largo y doloroso conflicto al que se enfrentan los seres humanos late tan fuerte en este relato, que se puede escuchar cómo se escuchaba al corazón delator. 

Dennis quiere quedarse, pero su instinto, su naturaleza y su espíritu indómito no se lo permiten del todo. Aparece y desaparece, ama y desama, va y viene volando en su avión amarillo tratando de escapar de lo inevitable. El amor libera una parte inconmensurable de nosotros sí, pero también acapara, retiene de manera casi esclavizante y él lo sabe. Es un cautiverio dulce, que narcotiza la necesidad de singularidad y que, cuando acaba, parece llevarse puesta toda nuestra humanidad y nuestro salvajismo, pasándonos una factura ridícula, que siempre nos parece sobre preciada y estúpida. Pero, a veces, no se acaba y entonces… La libertad nos hace crecer en sabiduría y en autoconocimiento, pero el amor nos hace felices, compasivos, luminosos. No hay escapatoria y Finch Hatton lo sabe así que, termina por hacer lo único que puede, morir.  Es tan poético que me dan ganas de arrancarme todos los pelos de la nariz.  No puedo dejar de decirles que vean, vean y vean esta película. Sydney Pollack es un GENIO y si, no me achico cuando lo digo qué carajo. Es más, hoy por la noche, cuando estén en sus casitas y el viento les sople la peluca, busquen la manera de hacerse de esta peli y acováchense en el sofá. Pongan a calentar un cafecito, bajen las luces y disfruten de esta historia en la que cada personaje se deshoja en humanidad, en carne, en sensibilidad y en belleza. ¡VUELVAN A VERLA O LOS AGARRO A CHANCLETAZOS! Yo hoy mismito nomás, voy a hacer tarde de cine con mi cuñado, que se ve que la está pasando bien, porque alargó su estadía significativamente y nos quedaremos como chauchas en el sillón, comiendo porquerías y viendo esta cinta espectacular que este pedazo de muchacho, seguramente, no vio. En síntesis, la gloria en este primer jueves de la primavera. No hace calor, pero ya su espíritu está flotando por todas partes y, seguramente mañana, el clima tropical nos volverá a bendecir trayéndonos memorias de África.

Y, amigos, debo decirles que nuestra pequeña charla me mejoró notablemente el humor.  Paz y Amor en el mundo loco. Gracias por estar ahí y:

¡FELIZ PRIMAVERA PARA TODOS Y QUE LOS AGARRE SANOS Y DEPILADOS!

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