A Sala Llena

Ginger & Rosa, según Elena Marina D’Aquila

En términos visuales, Ginger y Rosa es una película estéticamente llamativa, con una fotografía interesante y por supuesto, con la incomparable fotogenia de Elle Fanning. Pero en términos narrativos y dramáticos, Sally Potter no tiene la más mínima idea de dónde está parada. Hay un caos narrativo tan grande que se me hace difícil empezar por algún lado. Entonces, lo mejor es por el principio: los primeros planos que se asoman, son primero el de dos madres y amigas a punto de dar a luz que se toman las manos. Luego, esa acción se ve espejada en el siguiente plano de sus respectivas hijas, Ginger y Rosa tomadas de la mano en una hamaca. Hasta ahí, todo muy lindo y prometedor.  Lo que pasa después, es que la película se convierte en una seguidilla de planos estilizados y bellos encuadres, haciéndose cada vez más evidente la falta de un conflicto principal. Está la amenaza de la bomba nuclear de fondo, pero eso no basta para sostener una trama. Así como tampoco alcanzan los micro conflictos que van teniendo los personajes, que al faltarles un objetivo, están más perdidos que Tom Hanks en algún lugar cerca de las Islas Fiji. Sino fíjense la actuación de la pobre Elle Fanning pasa constantemente de reírse histéricamente a poner cara laaaarga de “adolescente perturbada”. La mala noticia es que cuando detrás de una película no hay un guión sólido ni una dirección que oriente ese guión hacia algún puerto, no hay barco que pueda rescatarla. Y como no hay conflicto principal pero de algo hay que agarrarse, la protagonista no se cansa de repetirnos todo el tiempo y finalmente gritárselo en un ataque de histeria a sus padres: “No pueden ser felices porque está la bomba”. Esa parece ser la respuesta que Sally Potter tiene para todo, y la única que habrá.

El caos se hace notorio en primera instancia en cuanto al manejo de la información: apenas avanzado el metraje, hay una escena donde se la ve a Ginger en la casa de unos tipos, que se llaman Mark y Mark Dos (en serio). Y dando vueltas por ahí -junto con estos dos, cuyos nombres parecen los del modelo de algún Iron Man – hay una activista. ¿Quiénes son estos personajes a los que visita Ginger varias veces y que la visitan a ella? La respuesta llegará en los últimos veinte minutos de película: unos amigos de la familia. Mientras tanto podían ser los tíos, o quizás tíos segundos, o los primos de sus padres, y así podíamos seguir adivinando infinitamente. En esa escena en la cual todavía no sabemos quiénes son, uno de los primeros Ironmanes le dice a Ginger: “Tu madre no era un monstruo, era un gángster” Y todos se ríen a carcajadas. Así como necesitábamos desesperadamente que se nos dé alguna información sobre la identidad de los personajes, también necesitamos que nos expliquen el chiste.

Sigamos… como el padre de Ginger se la da de “hombre de libre pensamiento”- lo que sea que eso signifique-, está en todo su derecho de comerse a la mejor amiga de su hija, y ¿por qué no? enfrente de su hija. Esa escena, en la que están Ginger, su padre y su amiga Rosa, podría perfectamente no estar porque no resuelve nada, y no da ninguna información que no se haya dado previamente. A esa altura de la película, tanto la protagonista como nosotros, estamos más que al tanto de que la amiga se mueve al padre, porque hubo una escena de sexo -fuera de campo-, y previo a eso, miradas bien notorias. Hasta la misma Rosa le confesó a su amiga haber tenido un intercambio de cartas con su padre. Ah, me olvidaba: si bien Roland es el padre de Ginger, como es “liberal” y toda su vida luchó por todo, -por todo eh-, hasta por no caer en el  típico concepto de “familia convencional”, no le gusta que le diga papá, por eso le dice Roland. Toda esa cosa intelectualoide que tiene la película, haciéndose la que habla de temas profundos e importantes como el amor, las teorías de Freud –en una escena sacada de los pelos donde Ginger cuenta que su padre la nombró África tras una de sus teorías- la política y la moral, en realidad de lo que está hablando es del vacío que hay detrás de la ausencia de contenido, de que no haya una construcción de los personajes, y de la falta de una idea clara a la hora de narrar. Así como en algunos casos no llegaba esa información que necesitábamos para armar el rompecabezas, en otro caso se anticipa: como el que Rosa se encuentra con Ginger en un bar para decirle finalmente que está embarazada. Nosotros ya desde que ella se sienta en ese bar, sabemos que le va a decir eso, y la verbalización demora en llegar, porque justamente no hay nada más con lo que sostener o justificar la escena.

A medida que se acerca la secuencia final, -en la que se destapa la olla de todo esto-, parece que la película no podría tornarse más sinsentido, pero créanme, que el final exacerbadamente melodramático y culebronesco, los sorprenderá. De pronto, después de salir de la cárcel -a la que fue enviada por estar en una manifestación-, y volver a su casa, Ginger enmudece. Literalmente, eh. No habla más. Y hasta puede ser que esté mentalmente enferma dice un doctor que tenía toda la pinta de que en los próximos cinco segundos iba a nombrar a Freud. Como si no hubiésemos visto ya suficientes disparates, debemos tolerar uno más: la metáfora que torpemente verbaliza la protagonista cuando logra hilar palabra: “Si hablo, voy a estallar”, mientras Potter nos escribe en la frente, letra por letra y con marcador indeleble, que la verdadera bomba a punto de estallar no era la nuclear, sino la verdad que iba a contar Ginger. O sea, el amorío entre el padre y la amiga. Ahhhhh, claro, claro…. Potter es como Nolan pero sin flashback: cuando faltan cinco minutos para que termine la película, manotea algunas cosas que andaban volando por el aire y cuando parpadeaste, ¡pum! ya está todo resuelto. Ahora sí me cerró todo.

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Por Elena Marina D’Aquila

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