A Sala Llena

Herbst, (Otoño)

 

Herbst, (Otoño)

Intérpretes: Thusnelda Mercy, Clémentine Deluy, Damiano Ottavio Bigi. Coreografía: Malou Airaudo. Producción: Catalina Lescano. Prensa: Flavia Salvatierra.

Un tiempo de cambios, el tiempo de despedirse, colores maravillosos, árboles desnudos, hojas muertas y la preparación para el invierno.

Tres bailarines, una coreografía, tres amigos que se encuentran en un espacio para descubrirse, para conocerse mejor. Uno hace preguntas y los otros tratan de responder.

Sin embargo no hay colores maravillosos, ni árboles desnudos, ni hojas muertas en el espacio. Toda esa escenografía esta instalada en los cuerpos de los interpretes, ellos danzan, traduciendo el paisaje interior a través de un minimalismo emocional, desde la intensidad del gesto, de los movimientos encarnados en la melancolía de las hojas que se desprenden de sus pieles, sus miradas, sus risas.

Dos mujeres y un hombre respirando todo el universo gestual de Pina Bauch. Brazos que trazan como un pincel los colores de ese otoño en la penumbra de la tela espacial; un otoño tal vez alemán, tal vez porteño, o simplemente universal. Cuerpos delicados que basculan entre fragilidad y la fortaleza, cabellos que se arremolinan enroscando, girando los cuerpos en el epicentro de la soledad.

El mundo de Pina esta lleno de repeticiones obsesivas, Herbst (Otoño), repite el ciclo de las estaciones corporales, despide la primavera en un tono femenino, y recibe el otoño en pantalón, en masculino.

El espacio comienza a funcionar como una suerte de mandala en movimiento,  esas dos etéreas trombas femeninas, Thusnelda Mercy  y Clémentine Deluy, no solo nos hipnotizan por la belleza de sus rostros y sus presencias tan presentes, sino que ademas, nos ponen en un estado de éxtasis meditativo con la fina ejecución de cada serie de gestos. La danza de Damiano Ottavio Bigi, el único hombre, acompaña e interroga, como a la expectativa de, la ansiedad por, mas en la mente que en los sentimientos. Pero los tres, se obstinan a ese eterno retorno, como conjurando viejas memorias, como limpiando el terreno para intentar nuevos cambios.

Herbst, recuerda la melancolía de la mirada de esta gran creadora de mundos, que fue Pina Bauch, una joyita que hubiéramos querido que dure mas, que esos escasos treinta minutos.

Teatro: El Portón de Sanchez – Sánchez de Bustamante 1034

Funciones: Ya terminó la temporada.

 

Por Maiá Noé

 

El Tanztheater Wuppertal representa hoy para nosotros la cuna de la danza teatro. Y aunque ahora festejamos este nacimiento, el teatro fue en sus inicios un sitio muy controversial.

Hoy en día ya estamos más que acostumbrados a ver sobre el escenario de danza a los bailarines hablando, vestidos con ropas de la vida cotidiana, manipulando objetos familiares o utilizando movimientos no estilizados por el lenguaje dancístico. Pero en los setenta esto no era moneda común.

Por aquéllos años en este teatro del pequeño pueblo de Wuppertal en Alemania se comenzó a trabajar en investigaciones en danza que iban a convertirse en las obras más rupturistas del momento. Transgresoras en relación a épocas pasadas y, como es inevitable cuando los sucesos son realmente nuevos, divisoras de público. Incluidos  fanáticos que pagaban hasta diez veces el precio de una entrada y detractores que escupían en las funciones.

Ahora que releo, el uso de este impersonal es tremendamente injusto. La compañía de la que estamos hablando fue creada y dirigida desde 1973 por la gran Pina Bausch. Fue ella quien “comenzó a trabajar en investigaciones en danza que…”, etc., etc. y fue ella quien creó y logró darle reconocimiento internacional a la danza teatro alemana a partir de su inagotable curiosidad por la experimentación.

Me permito este breve marco histórico porque entiendo que la presentación de Herbst aquí en Argentina tiene una importancia que va más allá de la obra en sí, por las expectativas que generaba, y porque la evaluación de la misma mucho tiene que ver con su historia.

Pina fue entonces quien introdujo en la escena la risa, los zapatos de taco, muebles y demás objetos de uso cotidiano, tierra, agua y flores sobre las tablas; y quitó al mismo tiempo los vestuarios unificadores de ballet, la distribución regular del espacio escénico y la progresión lineal de las acciones. Le interesaba trabajar desde lo humano de los bailarines: sus miedos, sus deseos, su fragilidad. Se permitió experimentar con jazz, salsa y canciones de moda. Y, creo, una de las cosas más fundamentales, Pina pensaba que la danza no se alimentaba solo de la danza, sino que cualquier otro hecho social o privado era igualmente valioso. De ahí la defensa de su pequeño lugar en Wuppertal y los numerosos viajes junto a su compañía en donde se pasaban (ella y los bailarines) varios días paseando por la ciudad, yendo a clubes, a bares y conociendo gente antes de ponerse a trabajar en una obra.

Y quizás por esta razón es que ahora, sus sucesores, vienen a estos recónditos sectores del fin del mundo a mostrar su obra y a dar workshops. (El ejemplo no es exactamente la Ciudad de Buenos Aires, cosmopolita desde hace rato, pero sí lo es la ciudad de Azul donde también dieron sus cursos.)

En esta oportunidad tuvimos sobre el escenario del Portón de Sánchez a Damiano Ottavio Bigi, Thusnelda Mercy y Clémentine Deluy, bailarines del Tanztheater Wuppertal. Excelentes intérpretes los tres. Con la coreografía Herbst (Otoño) de Malou Airaudo.

No apareció la voz esta vez, pero sí la risa, los movimientos que se aceleran o se repiten hasta mostrarse desesperantes, los gestos.

Sin escenografía, solo unos sacos desparramados por el piso. Los bailarines entran, se acomodan y llevan sus dos manos a la cabeza en un gesto de espera-contemplación que va a repetirse durante toda la obra. Dos, vestidos de negro, van a formar un pequeño dúo dentro de la escena: se recorren, se sostienen. Él se obsesiona con hacer caer al piso a la tercera intérprete vestida de un ocre pálido, ¿hoja otoñal? Cuando ella cae se mantiene en una serie corta de seis o siete movimientos que repite hasta el hartazgo: cruza una pierna sobre otra, se retuerce, intenta levantarse apoyando una mano sobre la rodilla…le resulta imposible la tarea. ¿La hoja al viento que no puede regresar al árbol de donde provino? Esta misma hoja ocre va adentrarse luego en otra serie que va a repetir acelerándola y terminando con unos chasquidos de dedos desesperados. Los bailarines de negro la siguen, la imitan y se suman finalmente a la serie del inicio. Los tres caen y se retuercen intentando levantarse. No les queda otra opción que esperar.

Personalmente, esperaba algo más. No técnicamente, sino en cuanto a la obra en su conjunto. Esperaba que este trabajo que ansiaba ver desde que me enteré de su llegada me impresionara mucho más de lo que lo hizo. Pensaba que si en sus inicios fue tan vanguardista podía serlo hoy en día también. Quizás no hay que exigir tal cosa, pero esta vez no lo pude evitar. De todos modos, Herbst es una obra fiel a su escuela y se nota. Y, en todo caso,  nunca podemos dejar de valorar el hecho de que podamos ver aquí en Argentina a una compañía con tanta y tan importante trayectoria. Aunque más no sea para observar en vivo qué es lo que se está haciendo en la danza por aquéllos pagos europeos.

 

Por Magdalena Casanova 

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