A Sala Llena

Infancia Clandestina, según Nuria Silva

De niños y hombres

Juan está volviendo a la Argentina en 1979 para reunirse con sus padres luego de un corto exilio. Ahora va a tener que llamarse Ernesto. Tiene once años, es hijo de un matrimonio de militantes montoneros y transita sus días entre planes de contraofensiva, balas escondidas en cajas de maní con chocolate, discusiones demasiado adultas para su comprensión y una infancia madurada de golpe. Juan va a transitar lo que se denomina un relato de iniciación narrado con una solidez que sorprende.

Esa es la palabra con la que puedo definir lo que sentí al verla: sorpresa. Porque se toca una vez más en el cine la dictadura y esto sabemos que, a pesar de que sea siempre positivo que se mantenga viva la memoria, a veces lleva a lugares comúnes que lejos de hacernos reflexionar se nos pueden volver tediosos o reiterativos. Nada de esto sucede con Infancia Clandestina y eso es mucho más que una gran noticia. Con un muy buen sentido de la puesta en escena, un tema serio se toca con seriedad y para que esta tenga peso se plantea desde la mirada de un chico.

El nivel de abstracción al que la película invita habla de esta mirada que puede comprender la información que le llega de oído o que le enseñan sobre lo que está pasando, pero que se dispersa deslumbrado ante los movimientos acrobáticos de María, la hermana de uno de sus compañeritos, en una escena cargada de un seráfico erotismo que después se extiende a un sueño que bordea el surrealismo de Cortázar en sus relatos más afectuosos. Abundan los primerísimos primeros planos y los planos detalle, que además de quizás representar esta pubertad clausurada por una amenaza latente (la figura del milico apenas aparece en la película, pero su posible presencia causa escalofríos) también pueden referirse al anhelo mesurado por descubrir, aferrado ante el más mínimo misterio de una vida que apenas se respira. Como Ernesto busca conquistarla, esa es su gran meta, y paralelamente vemos forjarse en Juan a un hombre, un héroe en proceso de formación, un poco porque ya lo es, un poco a la fuerza por las circunstancias dadas.

La vida diaria de Ernesto parece de ficción pero es jodidamente real, y nos introduce en los momentos más difíciles mediante la utilización del dibujo animado estilo cómic ¿cierto mecanismo de defensa del personaje? Puede ser, pero también nos resguarda a nosotros, espectadores, de los golpes bajos. Si algo caracteriza a esta película es el tempo ágil con el que se va desarrollando sin perder su seriedad, sin que su acción opaque su poética porque hace historia sin cargarse de solemnidades. Los chicos, todos, son sumamente creíbles y esta es otra gran sorpresa, dado que se trazan dos universos paralelos (Juan el militante en un mundo adulto, Ernesto el idealista enamorado en su infancia) y ambos tienen la misma densidad o carga dramática. El choque entre estos mundos es duro pero terminará por darle al héroe su verdadera identidad, en un final que encierra la respuesta al por qué de todas las luchas, al por qué de la pelea inagotable y riesgosa de sus padres, aunque por momentos podamos sentirla “injusta” para la vida de Juan (sensación que nos llega por nuestra conexión con el protagonista). Luis Puenzo, productor de la película, dijo “Esta es una película que había que hacer” y la verdad, estoy completamente de acuerdo. Por la memoria y por el cine.

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