A Sala Llena

Crítica: Jeepers Creepers: El Regreso (Jeepers Creepers 3)

(Estados Unidos, 2017)

Guión y dirección: Victor Salva. Elenco: Meg Foster, Stan Shaw, Brandon Smith, Jonathan Breck, Gabrielle Haugh. Producción: Tom Luse. Distribuidora: BF París. Duración: 101 minutos.

El campo, bañado de una soledad que solo el hombre puede entender y percibir, cuna de infernales carreteras que cruzan kilómetros y kilómetros de leyendas urbanas y mitos. Dueño de un silencio llamado a muerte que se activa cada 23 años…durante 23 días. Los parajes rurales son, en el cine de Victor Salva, una constante que funciona como médula espinal para albergar historias sobre el hombre común enfrentándose a lo extraordinario. Esa fijación por el American Gothic, donde se suceden todo tipo de choques (culturales, emocionales), sirve al director para acercar SU cine (con mayúscula, ya que se apropia de las bondades del mismo) a un regionalismo que simboliza un viaje a lo profundo de las perversiones, la oscuridad, el sufrimiento, la muerte. Grant Wood, creador del cuadro “Gótico americano” en 1930, exponía en sus obras una mirada que idealizaba ciertos elementos que coqueteaban con el conservadurismo propio de esa época; en detrimento, el discurso de Salva se encuentra en las antípodas, ya que elimina cualquier rasgo reaccionario. Estos dos artistas (uno de la pintura, el otro del cine) tienen en común su amor por los espacios rurales, sus habitantes, y con ello, sus actos, defectos y virtudes: ambos responden a cierta filantropía popular. Salva transforma esas locaciones en laberintos iniciáticos, cuyos destinos inciertos están cubiertos por la sombra de la muerte. En Jeepers Creepers: El regreso (Jeepers Creepers 3, 2017), intercuela ubicada entre la primera y segunda parte, no deja las obsesiones, constantes y simbología que son un sello indestructible en su cine. Si bien esta tercera parte es la hermanita menor de la saga en presupuesto, complejidad y eficacia (es eficaz, pero en menor medida), los esfuerzos por alcanzar dignidad dentro del cine de terror moderno -y el cine en general- se notan, ya que Salva es un legítimo artesano. Su cine sigue albergando un manejo de la cámara que reboza de clasicismo, fluyendo por las venas, donde los encuadres y composiciones de los mismos (componer una toma es un lujo que pocos pueden hacer hoy en día) parecen tener una importancia absoluta. Ese aspecto pintoresco, que trazaba los terrores de aquella obra maestra absoluta que es su primera parte, Jeepers Creepers (2001), deja en claro que su cine responde a un modelo casi extinto, pero no prehistórico (En el peor sentido de la palabra) que se abría paso en la fiebre que levantó El juego del miedo (Saw, 2004) y sus secuelas/imitaciones. En donde una la estética de videoclip ultra canchera, re moderna, re cool, nos hacía pensar hacia dónde iría el cine de género a partir de ese momento, la otra optaba por la solidez, la contundencia, autenticidad, el modelo clásico en su máxima expresión. Jeepers Creepers: El regreso/Salva tiene una visión del cine moderna, que sustituye vueltas de tuerca espantosas y obvias -¿Recuerdan cuando todas las películas terminaban como Sexto sentido (The Sixth Sense, 1999) de M. Night Shyamalan, por vueltas de tuerca que alimentan el imaginario visual y narrativo, amén de otra película del genio Shyamalan, Fragmentado (Split, 2016)-. Esa visión moderna que adquiere Salva, compartida por otro que mete miedo, como es Andy Muschietti: desde las formalidades, narrativas y estéticas, siguen empleando formulas clásicas pero entendiendo qué puede querer el público, demanda como respuesta al imaginario popular.

Jeepers Creepers: El regreso sigue la historia de Dan Tashtego (Stan Shaw) y el Sgt Davis Tubbs (Brandon Smith ), dos oficiales del orden que luego de los sucesos relacionados a los hermanos Jenner unen sus fuerzas para aniquilar al Creeper, monstruo camuflado que no se detiene ante nada. Una mujer tiene visiones de su hijo muerto que le advierte de la llegada del ser infernal y que esconde un oscuro secreto enterrado en el jardín de su casa. Si bien esta tercera parte no mantiene una mirada hacia el terror, como mera excusa de hacer asustar al espectador con golpes de efecto fáciles, su esencia está más cerca del western, aún cuando la saga siempre se emparentó con este género. Jeepers Creepers nunca fue un film que dio miedo, ya que el cometido de Salva era otro; vale recordar Vampiros (Vampires, 1998), de John Carpenter, que no daban miedo, pero en esencia el modelo de terror estaba. Salva mantiene su innegable solidez para narrar, encuadrar, empalmar planos de manera contundente (las escenas de acción lo ameritan) y de entretener. Hay efectos especiales deficientes, como la escena donde la camioneta de los oficiales vuelca en la ruta, lo que acentúa el bajísimo presupuesto del film. La logística es la misma que utilizó Carpenter para su Noche de brujas (Halloween, 1978): filmó, según sus palabras, de la manera más bonita posible, para que el low budget no se note tanto. Ese recurso inteligente tiene logros superiores a cualquier otra producción de mayor capital. Salva, acentuando el valor clásico en sus narraciones, toma la tercera historia (la primera historia, la narrativa; la segunda, los elementos simbólicos, intertextuales e ideológicos; la tercera, las constantes, también llamada “económica” en referencia a los temas que siempre toca un director). En ese sentido la venganza es, en el cine del realizador, una forma de purgar los miedos, demonios y miserias, sin caer en moralinas. En el film una mano cortada del Creeper sirve para poder hacer contacto psíquicamente con el origen y razones de la criatura con el solo hecho de tocarla. San Gregorio de Nisa (330 y 335 d.c.) arzobispo y teólogo aseguraba que las manos estaban ligadas al conocimiento y a la visión, ya que tenían por fin el lenguaje. En la iconografía, un ojo en la palma de una mano representa la clarividencia y la sabiduría compasiva. La Biblia dice que Dios usaba la mano derecha para bendecir y la izquierda para destruir: esa mano es una mano derecha, y es el atrezzo que ayuda (bendice) a los personajes para entender al ser. Por ello al tocar esta mano cercenada el receptor puede “ver”. Desde lo cinematográfico, esa mano es un principio de simetría perfecto ya que transita los tres estados del mismo: índice, ícono y símbolo. Como segunda historia representa la visión del espectador, aferrada al miedo, arrastrada por un deseo inherente de verlo todo (Salva se vuelve superambicioso cuando deja “esa visión” fuera de campo, haciendo hincapié en los tres elementos del clasicismo directamente anclados en la mano del monstruo: principio de simetría, eje vertical (la mano cae del cielo)y el fuera de campo. La fuerza de las imágenes (cuervos muertos que llueven en la noche, enfrentamientos en deliciosa cámara lenta, persecuciones bien ejecutadas, campos acechados por muertos) compensa ciertos baches en ideas descabelladas que por momento no funcionan tan bien (la secuencia de los motociclistas, la lanza que se activa sola, las bolas explosivas). Jeepers Creepers: El regreso es terriblemente engañosa: parece plana, pochoclera sin un fin, vacía de contenido. Salva lo hizo de nuevo.

 

 

© Daniel Núñez, 2017

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

https://www.youtube.com/watch?v=trr9aRoeh60

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