A Sala Llena

La Cabaña del Terror, según Leonardo Gutierrez

El termo de Marty.

Dos burócratas empleados, de prolija camisa blanca y café en mano, hablan del fin de semana y otros menesteres en un gran edificio corporativo. Uno de ellos le está por contestar algo al otro cuando, de repente y en milésimas de segundo, la imagen se congela y se sobreimprime, rojo sangre y en casi toda la pantalla: “The Cabin in the Woods”, con el agregado de una música escalofriante. Primero nos pegamos un susto bárbaro, porque el golpe de efecto va a ser siempre efectista pero efectivo. Luego nos reímos, porque caímos como perejiles, y porque entendemos el absurdo de querer asustar de manera canalla ya desde los mismos títulos. Después, claro, pensamos: ¿por qué eso ahí? ¿Qué tiene que ver ese susto con este lugar tipo NASA? ¿Es una comedia? ¿Es una parodia trucha de las clase B ochentosas? ¿Quiénes son esos tipos? ¿Son los malos o las víctimas? ¿Y la cabaña dónde está?

Susto. Risas. Intriga. Reflexión. La fórmula se repite a lo largo de todo The Cabin in the Woods, hasta llegar a un clímax admirable y absolutamente justificado (no repentino, sino insinuado durante todo el relato), sin vueltas de tuerca berretas, sino con una lógica narrativa y un uso del verosímil perfectos. Nada sobra y nada falta, cada pregunta tiene su respuesta. E incluso, de paso, se responden otras ajenas al film: sí, se puede hacer cine espectáculo que a la vez reflexione y critique sin hacer el ridículo; sí, se puede homenajear al cine sin citas complicadas y legibles para cualquier espectador; sí, se puede ser absolutamente simbólico sin que el goce dependa exclusivamente de su decodificación (si lo sabría Hitchcock, padrino lejano de esta película…). Acabo de ver por tercera vez The Cabin in the Woods, y lo primero que tengo para decir es que debería convertirse en un clásico. Pero dado su retrasado estreno (fue filmada en 2009), su relativamente baja cantidad de copias y, sobre todo, la enorme reticencia del público sobre este tipo de género para ver algo diferente, temo que finalmente accederá a la categoría de “film de culto”, querido pero triste término que alude a grandes y radicales películas que la mayoría del público no quiere, no puede ni podrá disfrutar. Deseo equivocarme.

Nunca me gustó comentar las sinopsis o argumentos, pero ahora estoy salvado. ¿Cómo contar “de qué se trata” The Cabin in the Woods? Explicar de qué va la primera o segunda secuencia es, por ejemplo, quitarle cierto goce a la película; detallar, aunque más no sea someramente, su estructura y su argumento parcial (digamos, sus primeros cuarenta minutos) es como hablar, con El juego de las Lágrimas y La Piel que Habito, del pito de Jaye Davidson o la vagina de Elena Anaya respectivamente. Y esta película, señora, señor (también respectivamente, o como uno prefiera), puede llegar a ser tan placentera como un pito o una vagina. Lo que sí puedo adelantar (que además es más interesante) es que la de Drew Goddard no es una película de terror, sino sobre el terror. El terror cinematográfico, el terror humano y ancestral, o incluso el terror corporativo, entre otros. Para poner un ejemplo concreto: en esta película, el terror se maneja de manera similar a lo que sucede con el género romántico en la excelente Los Agentes del Destino (The Adjustment Bureau, 2011). Lo que más asusta de The Cabin in the Woods es la inteligencia con la que está concebida.

Más allá de su brillante ejercicio intertextual y posmo, puede decirse que se trata de un thriller (con suspenso, humor, ciencia ficción y mucha, pródiga fantasía) que utiliza al género de terror como estructura, recurso narrativo, catalizador, homenaje y objeto de estudio, todo al mismo tiempo. Hay horror, claro, porque se vale de recursos del género madre (golpes de efecto, situaciones escabrosas, música tremebunda, etc.), pero eso es solo una parte del paisaje. Pero no es, de ninguna manera, la pavada que se ha leído por ahí: una película contra las películas de terror. Contra las películas de terror idiotas y sádicas puede ser, sí, pero incluso el film tiene la sabiduría y la grandeza de usarlas como ladrillos basales para construir su gran y sentido homenaje al género. Si hay algo que le sobra a The Cabin in the Woods es amor por el terror.

Por eso es un ejercicio pertinente y más que bienvenido. El terror es uno de los géneros puros más antiguos que existen y –más importante aún- con mayor vigencia en la mayoría del público (¿cuántos freakies o clubes de fans de dramas de época conocen?). Sin embargo, ciertas modas que debieron ser pasajeras –y especialmente la pacatería de una industria que no aprendió nada de los setentas, confundiendo mayor cantidad de tripas con un “riesgo” equivalente– lo han ido llevando últimamente y en gran medida hacia vertientes que tienen más que ver con el sadismo puro y las nuevas tecnologías (la bendita cámara en mano, que a veces funcionó, sí), o las dos cosas juntas. Extrañamente, y al contrario de lo que sucede con otros géneros, hoy las películas de terror más taquilleras suelen ser también las más subnormales: ese cine-delivery que se le suele solicitar a los pacientes boleteros de los cines cuando “no se sabe qué ver”… Con todo el amor del mundo y contra esa pesada herencia es que cargan Goddard y Whedon, pero no para atacarla gratuitamente o de cancheros que son, sino para reflexionar sobre ella, sobre ellos como realizadores y sobre nosotros como espectadores. Tal vez –arriesgo-, la gran cuestión que asuste a los puristas del julepe sea cómo hacer una de terror hecha y derecha después de The Cabin in the Woods.

Como sugiere la hermosa imagen de su afiche, hay tres capas de relato en el film, o tres niveles, como les gustaría decir a estos guionistas que han aprendido a valorar e incorporar en su cine un formato narrativo subvaloradísimo que mucha crítica desconoce: el de los grandes videojuegos (hay bastante Silent Hill en el asunto, por ejemplo, y dos o tres personajes de videogames en la escena de los ascensores). Esas tres capas son la de la película de terror “pura” (o su parodia), digamos, la de su puesta en escena (que es a la vez su mayor crítica social), y la de un fantástico absoluto que sostiene a ambas, el que –esto es importante– le da vida al propio film más allá de las citas y homenajes. El choque de esos tres estratos narrativos deviene en caos, y hace rato -quizás desde el Joker de Ledger- que el caos no es tan bello como en The Cabin in the Woods, ni se lo filma con tanto goce.

Las referencias son cientas (y son referencias que te liquidan en un santiamén), aunque en el orden de lo práctico digamos que en su entramado principal hay mucho de The Truman Show (además de lo obvio, en el film se alude a un “fracaso” de 1998 –año de estreno del film de Weir- y un personaje central se llama igual que el de Carrey) y también de lo mejor de Lost (su director coprodujo y escribió varios capítulos, además de trabajar con Abrams en Cloverfield). El verdadero milagro del film es que toda esta suma de géneros y subgéneros, de capas narrativas y de referencias logran un equilibrio prodigioso, sin taparse jamás e incluso potenciándose entre sí. Y todo en apenas 95 minutos. The Cabin in the Woods es como el “arma” estrella de Marty: una alucinada garantía de locura escondida en lo que parece ser otra cosa mucho más inofensiva, como puede serlo un simple termo de café.

Goddard y Whedon saben que las pesadillas alimentan el cine y viceversa, y que lo que tenemos miedo de encontrar cuando bajamos a un sótano es lo que vimos en una película… y que eso nos va a seguir asustando aunque la película decida jugar con ello. The Cabin in the Woods entiende que cada película de terror que consumimos (A, B, la que sea) es un antiquísimo ritual mediante el cual sacrificamos a otros (o deseamos y dejamos que lo hagan) en pos de aplacar aunque sea un poco a esos dioses de nuestro propio inframundo que llamamos “miedos”. O para crear nuevos. O, en última instancia, elegir (o creer que elegimos) cómo asustarnos, ese placer tan humano.

“Qué lindo hubiera sido verlos, ¿no?”, le dice Marty a Dana sobre el final, y ella asiente. Sabemos a quiénes, y nosotros también queremos verlos. Tanto como Hadley ansiaba ver a su amado tritón, cueste lo que cueste. El terror, lo fantástico, lo desconocido, nos atrae y nos llama casi irracionalmente, aunque Mordecai, el “heraldo”, nos advierta, a unos y a otros, que no es sensato seguir. De la misma manera, y aunque algún crítico seriote y un poco grave nos diga lo contrario, hay que ir corriendo a ver The Cabin in the Woods, una película tan inteligente en su autoconciencia y tan liberadoramente festiva como fumarse un porro mientras el mundo se viene abajo.

calificacion_5

Por Leonardo Gutierrez

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