A Sala Llena

La culpa de todo la tiene el Cine…

 ¿Se sienten a veces un poco decepcionados de todo? Suele suceder cuando la idea preconcebida de algo, no se condice con la realidad o el resultado de las cosas. Creo que casi todos los especímenes criados al calor de la clase media sufrimos de algo parecido en algún momento. Creamos estándares inalcanzables y después nos da una fiaca indecible siquiera intentar conseguirlos, por lo que la mayoría del tiempo vivimos frustrados.

 Hacemos terapia, yoga, meditación, jardinería… Intentamos hacer las paces con que no somos todo lo que creíamos que íbamos a hacer y sopesamos los propios logros con algo de compasión por nosotros mismos, de tregua, de cuartel, para poder ser felices. Porque, encima, nos exigimos también la felicidad, así que las chances de ganar la pelela de oro en esta justa son bastante ajustadas. Es tan extenuante que quedan dos caminos: autoaceptación, servicio y amor por el prójimo, o una vida de persecución del placer. A los que eligen la primera opción realmente los admiro y a los que equilibran las dos cosas, más todavía. Yo hace tiempo ya que aterricé en la segunda. No solo por hedonista y decadente, sino porque es la única de la que soy verdaderamente capaz. Y además porque me permite recrear, a breves momentos, la sensación intoxicante de poderlo todo, de desearlo todo, de experimentarlo todo. Y me da, también a breves intervalos, la chance de seguir sintiendo que todo es alcanzable todavía, aun cuando no puedo ni reducir el tamaño de mi propio trasero. Me da la ilusión de seguir deseando febrilmente.

 Aunque parece que no, yo sé cómo salir de este atolladero de autoflagelación. Pero, para bien de la columna, emprendamos el ejercicio de regodearnos un poco en la bronca, y hagamos berrinche.

 En este espacio siempre ponderamos al cine como LA GRAN TETA CURADORA, AMPADORA, ALIMENTADORA, SALVADORA y, de hecho para casi todos nosotros es eso y mucho más pero, ¿qué tal si hoy le echamos la culpa de todo? ¿Qué tal si hoy lo ungimos en el enemigo número uno y lo reventamos a patadas? Hagamos como hacemos con la vieja, y echémosle la culpa de todos nuestros males y flagelos. Porque los que nos criamos viendo cine, los que cerramos la mollera con los modelos que veíamos en el cine, los que nos embebimos en los sueños que deparaba el calor de la pantalla, tenemos amplio (si no pleno) derecho a despotricar.

 El cine está plagado de ejemplos de superación, de lucha, de amor y de triunfo. Hemos visto millares de personajes sobreponerse a la adversidad, pelear con todas sus fuerzas, estudiar quemando sus largas pestañas, trabajar a destajo, sudar la gota gorda hasta alcanzar el sueño, hasta triunfar por sobre la masa y vivir de acuerdo con el mapa de las expectativas. Hemos visto rebeldes sin causas encontrar esas causas una y otra vez, tipos imperdonables redimidos, “mermos” vueltos millonarios, casados con la mujer de sus sueños, solo por mantenerse inocentes, incorruptibles y felices con la noción de estar existiendo. Y todo ese anecdotario, adherido a bandas sonoras epifánicas (creo que inventé la palabra), sembró un campo de minas antipersonales en nuestros pobres cerebritos sobrevalorados. ¿Qué pasa cuando nosotros no nos sobreponemos a la adversidad? ¿Quiénes somos entonces? ¿No nos da el piné ni para un telefilm de Hallmark?

 Y por eso, por esas peguntas es que, sólo por esta vez, vamos a decir lo que venimos postergando desde hace mucho tiempo: EL CINE TIENE LA CULPA DE TODO.

 Acá estoy, sentada en mi casa, tecleando esto, al son de una canción de banda sonora que, prácticamente, arruinó mi vida. Es decir, cuando vi esta película, de verdad me identifiqué con el personaje principal: un chico de pueblo que triunfaba en una de las carreras más importantes de bicicletas del mundo, siendo repartidor de diarios en una comunidad que nadie sabía que existía. Se anotaba en la carrera contra viento y marea y terminaba ganándola con una acrobacia inspiradora. Por supuesto, los ojos verdes del pibe, tuvieron algo que ver con mi entusiasmo pre-adolescente, pero, ¡qué tremendo rush me metía en las venas la cinta por aquellos días! Y la canción, bueno, tengo un agujero en el parietal derecho de lo profundo que me caló. Y ese efecto es muy parecido a un saque de cocaína, o la degustación de nueve medialunas al hilo. Es realmente explosivo, realmente estimulante, vigorizante, energizante, efervescente, sexy y, por qué no decirlo también, un pelín tóxico. La película a la que me refiero es Rad, que sigo amando locamente, pero que me duele un poco en el culo, cuando me acuerdo de las ilusiones de la juventud.

 Debí imaginármelo, en el elenco estaba Talia Shire.

 ¿De dónde sacamos el deseo? ¿De dónde proviene? ¿Quién nos enseña a desear? Si no quisiéramos más nada que comer y aparearnos, ¿seríamos acaso más felices, nos sentiríamos más completos? Creo que fue el bobalicón de Freud que dijo algo así como que sólo necesitábamos coger y encontrar algo de lo que nos guste laburar… Y eso tal vez aplique a los varones, pero el pobre imbécil papá del psicoanálisis no entendía ni una sola cosa sobre las mujeres. Así que, a nosotras, hermosas criaturas, las cosas no nos son tan simples. Entonces, ¿quién nos enseña el deseo a las mujeres? ¿Qué pasa cuando no somos madres y ni el trabajo ni la cópula nos es suficiente, aun cuando las dos cosas sean excelentes? ¿Es sólo el resultado lo que nos atormenta? ¿Es el significado, es la distancia entre las nalgas y las rodillas? No lo sé, pero sí sé que el cine me mostró una forma de deseo que es la única que reconozco como válida. Y para bien o para mal, navego en este barco hasta el final.

 Y ahora estoy acá, yo que pensaba que era algún tipo de “ser especial” luciendo como un ángel del infierno, en mis pijamas floreados, morfando polenta recalentada y pergeñando alguna forma nueva de miedo, que me permita seguir mi mecanismo enfermo de búsqueda de sentido. Trabajando en el montaje de una nueva película a la que ya amo irremediablemente y que, es muy probable, no signifique nada para absolutamente nadie, más que para mí. Y sin embargo, nada parece poder hacerme renunciar… Sigo con mis auriculares puestos, escuchando “Corazón de Trueno” como si estuviera inmersa en un training montage ochentero. Nada me cambiará.

 ¡Oh Dios! Si nada significa nada y eso se comprende, ¿qué hacer con tanto deseo?

 La culpa de todo la tiene el cine.

 En fin, podría ser peor: podría no estar haciendo exactamente lo que estoy haciendo y podría no ser exactamente la persona que soy.

Laura Dariomerlo / @lauradariomerlo

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