A Sala Llena

La Increíble Vida de Walter Mitty

Anoche, jueves 2 de enero de 2014, a las 22 hs, me encontré de frente nuevamente con La Vida Secreta de Walter Mitty, después de esperarla y recordarla por años. Esta vuelta la tradujeron La Increíble Vida de Walter Mitty. La primera vez que la vi, tenía unos seis años y en aquel entonces la cinta circulaba en TV como Delirios de Grandeza. Lo más extraño de todo, es que fue ayer que me di cuenta que había estado esperándola. Y no solo desde que supe que Ben Stiller había hecho una remake, no, si no desde mucho antes, desde la infancia, desde que vi la versión protagonizada por Danny Kaye junto a mi madre.

Estábamos sentadas en el living de la casa, con nuestro pequeño y novísimo televisor a color Noblex de catorce pulgadas. Por ese entonces, a mi padre le parecía una tremenda novedad que un televisor pudiera ser tan chico. Acostumbrado como estaba el hombre a esos catafalcos blanco y negro que pesaban una tonelada, este se le antojaba propio del futuro. Estaba particularmente orgulloso y lo habíamos colocado en una mesa con rueditas, que movíamos de un lado al otro con entusiasmo desmedido, como para corroborar la practicidad, funcionalidad y modernidad del aparato. Era el principio de la década del ochenta y yo tendría unos cinco o seis años, pero ya soñaba mucho despierta. Soñaba despierta, incluso, cuando veía la televisión. Solía remontarme muy alto, vaya a saber hasta qué alturas, mientras me echaba al coleto la chocolatada mirando a Carozo y Narizota. Mi madre solía quedarse observándome por largo rato sin decir palabra, a ver a qué horas y con qué cara me despertaba del sueño en la vigilia. A medida que fui creciendo, esa característica se hizo bastante molesta para el resto de mi familia, que optaba por despertarme sin escatimar brusquedad en los “¡Ea!” o los “¡Che!” que utilizaba para bajarme del limbo. En el colegio, fue esa extraña habilidad de abstracción lo que impidió que me volara la cabeza del embole. Pero, frente al televisor, en la versión original del 47 de esta maravillosa historia, encontré un amigo.

Mi vieja y yo quedamos maravilladas con la película. ¡Nos reímos tanto! Recuerdo que a Danny Kaye lo sustraían de sus viajes (generalmente su jefe) al grito estrepitoso de “¡Mitty!”, despiadada y autoritariamente, cada vez que el tipo emprendía una aventura -generalmente- en horario de trabajo. Había una escena en la que jugaba póker y soñaba que era un jugador eximio. Barajaba las cartas de manera virtuosa y canchera, mirando a los demás con sorna. Cuando despertaba, trataba de hacer lo mismo y desparramaba los naipes por todos lados con cara de boludo. Era muy gracioso. Tanto fue así, que mi madre optó por gritarme “Mitty” por un buen tiempo, después de que vimos la película, cada vez que me quedaba colgada. Era una gran comedia, basada en una hermosa historia pequeña de James Thurber.

Pero la película de Ben, es mucho más y mucho menos que eso.

Ya con la exquisita, elegante y sintética secuencia de títulos, quedamos bien seteados en el tono que el director eligió para la película. Austero, sin rimbombancias innecesarias y con profunda vocación de intimidad. La película tiene momentos grandes, es cierto, pero esa grandeza se apoya fundamentalmente en la cercanía que Stiller nos permite tener con su Walter Mitty. Un hombre bueno, un soñador empedernido y un romántico. Preso de su propia timidez y de sus temores más profundos, no ha logrado salir del capullo en el que se refugió después de la muerte de su padre. Walter es un salvaje que ha sido enjaulado por el miedo y, hasta cierto punto, por la tristeza y el luto. Pero está ahí, esperando ser liberado, para tomar el mundo por asalto.

Ben Stiller sabe de comedia, pero más que nada, sabe de cine y de actuación cinematográfica, y esta película se apoya en esos dos pilares más que en ninguna otra cosa. La historia es buena desde el vamos y el guion es sólido, excelente. Pero la magia está en la elección del casting y esa magia es completa. Ben es un actor único, peculiar e irrepetible, que conoce lo que se ve de él como nadie. Y como director, asume riesgos interesantísimos, pero fuertemente calculados. Sabe hasta dónde puede llegar el encanto de un buen actor de cine y lo lleva hasta las últimas consecuencias. Lo que hace con Sean Penn en este film es realmente legendario. El laureado muchacho aparece muy poco en pantalla, pero la escena que tienen entre los dos es  MILAGROSA. La vida en los ojos de Penn lo traspasa todo y conmueve indeciblemente. Levanta los huesos debajo de la tierra y los trae a superficie. Ahí hay un actor más allá del oficio, mucho más allá. Penn ya entró en la categoría de tipos que no pisan la tierra, y de esos hay muy pocos, muy pero muy pocos. Y es en este tipo de escenas en la que se los encuentra. Algo pequeño, dulce, vital. Puedo decir con total honestidad, y me importa un soberano pepino que me salten a la yugular, que esa escena cambió mi vida. Salí del cine completamente modificada y con lágrimas en los ojos. Soy una persona diferente porque vi esta película. Esta película acaba de hacerse parte profunda de mi identidad y me ha dado algo que atesoraré siempre. Cada una de las escenas es una gema destellante. Desde la gigantesca Shirley Maclaine, hasta la elegante, sutil, bella e increíblemente dulce Kristen Wiig, cuya sonrisa es esperanzadora y asombrosa. La escena con el piloto de helicópteros en el bar merece un chapó a los cuatro vientos. Ese gordo borracho es un MAESTRO DE LA VIDA. El nombre de este descomunal actor es Ólafur Darri Ólafsson y solo tiene dos escenitas que son inolvidables.

Toda la película es eso: detalles memorables. Detalles y detalles, actores y actrices… Una historia de cine, de cine, cine, ¡cine! Tan bella, tan dulce, tan maravillosa. Me dieron ganas de ver más películas. Me dieron ganas de hacer más películas. Me dieron ganas de vivir más películas. GRACIAS BEN, GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, POR ESTE REGALO QUE ME HICISTE. No lo voy a olvidar nunca. Sos un grande, sos un actor, sos cine, ¡fluís como loco man! ¡Te quiero! Esta película se queda pegada a mí, se queda conmigo, no la olvidaré.

Y ustedes, queridos lectores, vayan a verla, ¡YA!

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