A Sala Llena

La Mala Verdad

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La Mala Verdad (Argentina, 2011)

Dirección: Miguel Angel Rocca. Guión: Maximiliano Gomez, Miguel Angel Rocca. Elenco: Alberto de Mendoza, Ailen Guerrero, Analía Couceyro, Carlos Belloso, Malena Solda, Norman Briski, Cecilia Rosetto, Mario Alarcón, Conrado Valenzuela. Producción: Pensa y Rocca Cine. Duración: 94 minutos.

El infierno impenetrable

Bárbara (Ailén Guerrero) tiene 10 años y canta en el coro de su colegio. Sin embargo, algo anda mal con la nena. Se hace pis encima, dibuja cosas raras. La psicopedagoga Sara (Malena Solda) llama a la madre (Analía Couceyro) pero quien asiste a la reunión es el abuelo, Ernesto (Alberto De Mendoza).

Desde el vamos éste nos es presentado como un hombre duro, de carácter implacable, que en todo momento impone su voluntad sobre la de su hija y la de su yerno (Carlos Belloso). Así, un silencio sepulcral reina en la casa familiar, sólo interrumpido por la música de Bach que escucha el patriarca. Lo que nadie percibe (o lo que nadie quiere percibir) son esos evidentes pedidos de ayuda de Bárbara.

La Mala Verdad aborda uno de los temas más jodidos de esta época y de cualquiera, y lo hace con el mayor respeto posible. Lo que parece interesarle a Miguel Ángel Rocca, el director, es dar cuenta de ese abuso infantil que yace impune, disimulado por la jerarquía filial, y de cómo funcionan los mecanismos que rigen tal intimidad. Quizá se pueda objetar cierto maniqueísmo en los personajes, junto a una manera de hacer del guión y de la puesta en escena que nos remite a las típicas películas nacionales de los 80 (debo admitir que no es esta crítica la única en señalar dicha alusión involuntaria), aunque estos puntos débiles no quitan eficacia a la premisa del relato.

No cualquier director puede contar, recién en su segunda película, con el elenco de La Mala Verdad. En ese sentido, Rocca puede sentirse orgulloso. A los 89 años, Alberto De Mendoza es una leyenda viva del espectáculo argentino. Junto a Norman Briski, que interpreta a su hermano, entregan algunas escenas memorables. No obstante, es Ailén Guerrero quien lleva sobre sus pequeños hombros el peso de la película. Sorteando todos los riesgos lógicos del caso, su Bárbara es todo lo creíble y convincente que debía ser. Los roles secundarios de Solda, Couceyro y Belloso tampoco desentonan. Las performances actorales constituyen, en definitiva, lo mejor del film.

Volviendo al tema del abuso, este jamás es presentado como una verdad oculta sino como esa “mala” verdad conocida por todos. “Si alguien te quiere hacer algo, gritá”, le ordena Sara a Bárbara, pero nada se puede hacer fuera del infierno exclusivamente familiar. La manera en que se resuelve el conflicto resulta, en todo caso, tan realista como desalentadora. Aquello que no se soluciona puertas adentro no se solucionará jamás. Los trapos sucios, por más podridos que estén, deben lavarse en casa. Las acciones finalizan tal como empezaron: Ailén canta en el coro de la escuela. Todo lo demás que pudiera haber ocurrido -y que de hecho ocurrió- no tuvo lugar allí, sino en el espacio restringido del microcosmo mencionado, donde las reglas, pase lo que pase, no se rompen.

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