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Cosas que prometí no decir | La otra mitad, el “alter mundus” en el melodrama

Cosas que prometí no decir | La otra mitad, el “alter mundus” en el melodrama

Nora Prentiss (1947) es un no muy recordado melodrama producido por la Warner, dirigido por Vincent Sherman y protagonizado por Ann Sheridan y Kent Smith.

Nora Prentiss,  el motivo de todo el film es el propio nombre completo y civil, su estado nominativo y legal que es o contiene todo un mundo. O un destino. La novela era en el siglo diecinueve “la historia de un destino completo”. Bien, el cine en eso continuó con lo desplegado por la novela decimonónica, pero amplió el destino o lo completó abarcando zonas, representaciones, incluso rastreando lo no dicho o imposible de expresar antes, así como pudo sobre todo representar a la humanidad completa en su situación completa.

Porque admitamos que la mujer de la novela anterior era más que parcialmente representada. Pero el cine y su concepto al tener o al estar obligado a hacer esa representación completa, completó también el destino de cierta parte de la humanidad; nada menos que la mitad.

En Nora Prentiss si bien el punto de partida es un locus classicus establecido por el propio cine, éste se emplea -como es habitual- de practicable para otros despliegues. Es decir, tenemos a un hombre de clase media, profesional y médico -como aquí el Dr. Talbot-, que lleva una vida digamos que rutinaria donde mujer e hijos -ya adolescentes- son cuotas vitales ya pagadas y ahora, al intentar su disfrute, han sido biológicamente desafectadas y el dichoso “amor” tardo romántico no sirve como fluido para el lirismo doméstico, así como tampoco se ve muy productivo para educir del mismo una ética práctica.

Un azar mecánico puesto fuera de campo hace que conozca en la puerta del edificio -donde tiene su consultorio- a una mujer que acaba de ser atropellada, aunque con apenas unos raspones en sus piernas.

Nora Prentiss. El nombre se repetirá varias veces en el film. Es que ella es todo eso, nada más ¿Nada más? Sí lo exterior y pasajero, muy bello o atractivo en este caso. Una figura carnal más que visiblemente atractiva.

Por su parte la señora Talbot conserva el status de “señora” y el apellido de su marido. Fuera de ese mundo privado y tedioso la señora no quiere salir, siquiera un fin de semana, y acceder al deseo de su marido de pernoctar en una cabaña que tienen fuera de la ciudad.

Esa cabaña, casa de fin de semana, choza o parador es un motivo fundamental de variadas diégesis cinematográficas. Suerte de ersatz de locus amoenus reducido a las posibilidades pequeño-burguesas, es lo que resta del otro mundo, lo agreste aunque parquizado y que fue temprana conciencia desgarrada de cierta bipartición campo-ciudad de la mentalidad norteamericana.

Herida en las piernas, Nora Prentiss se exhibirá en la camilla un poco como paciente agradecida y otro poco como mujer de la noche, cantante de cabaret en este caso, y donde no se sabrá -y ese “no-saber” es melodramático- si la exhibición parcial es necesidad higiénica o necesidad atávica. Con ponerle a eso el marbete seudo griego de “histeria” no hacemos nada. Ya no se hacía nada, allí… en aquel entonces. 

Talbot va una noche al cabaret donde trabaja, donde canta Nora Prentiss. Aquí tenemos otro uso que, siendo el mismo la publicidad lo cambia. Es Nora Prentiss como intérprete. Y aquí se exhibe completa aunque de soirée a los parroquianos en diversión nocturna. Se trata del tipo de cabaret conocido por aquí como “boîte” o “night club”. Trajes de gala, orquesta propia, mesas bien puestas, marco arquitectónico amplio, hasta a veces con un toque de vanguardia. Es una institución que tampoco ha sido -que sepamos- bien estudiada. Y ahora que es un recuerdo, si bien cercano, sus dependencias y manifestaciones serán parte de un pasado que solo el cine y films como estos -que por suerte abundan- podrán evocar, aunque de modo más que completo.

Por supuesto que el club nocturno o boîte es parte del alter mundus. Es uno de carácter radicalmente urbano a diferencia de los empleados en las ficciones sobre todo de terror y fantásticas del siglo diecinueve, donde era agreste, directamente boscoso y ubicado preferentemente en un lugar mitteleuropeo. Aquí –en el melodrama- este alter mundus urbano es el club nocturno.

Dividido a su vez en el cabaret como lugar bajo o de extramuros, y la boîte como más alta manifestación del alter mundus.

Claro que la más alta es por lo general también la más lejana. Lejanía relacionado aquí, como en Nora Prentiss, por lo artificial, lo otro de una otredad lejana en su artificio. Mientras que el cabaret -o el “piringudín” nuestro-, es tan bajo y tan de extramuros que existe allí para con su bajeza garantizar un limes donde termina la ciudad. “Una visita a los barrios bajos -se dijo una vez- sirve para levantar los paladares estragados”.

En cuanto al “club social”  (o country club) es casi un apéndice del hogar pequeño burgués, provisto de un trozo de naturaleza propio con árboles y hasta flores previamente podados y domesticados y encerrados en exiguos parterres.

Tenemos entonces que el night club es el alter mundus urbano de carácter alto por excelencia en la representación melodramática. Los títulos de crédito que abren El hombre equivocado de Hitchcock evocan hasta documentalmente ese espacio de artificio y hasta de transmundanidad. Siendo aquí el propio “Stork Club” real de la ciudad de Nueva York el que es así mostrado como si fuera un mundo submarino de acuario o de pecera. El propio protagonista, músico de la orquesta de ese lugar, jamás ha podido asistir al lugar como simple -¿simple?- parroquiano.

En ese alter mundus -que es su hábitat así como el doctor Talbot tiene su consultorio, ya que el hogar se le ha vuelto extraño- actúa Nora Prentiss, que no casualmente -pero Hollywood mantenía un nivel de casualidad cero- está cantando cuando ingresa Talbot, una canción que dice “¿Quieres un souvenir?” Reafirmando irónicamente que ese lugar abierto y cerrado -otra contradictio raigal de tales ámbitos- ofrece lábilmente recuerdos vagos, casi instantáneos porque al otro día se borran, de no volver a concurrir allí. Pero si se vuelve una y otra vez, eso mismo también se vuelve rutina.

 

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