A Sala Llena

La Piel que Habito: La Ley del Deseo

Cuando estaba al tanto de que se iba a estrenar un nuevo filme del archifamoso cineasta español Pedro Almodóvar, tenía pensado escribir un dossier que desarrolle su filmografía y su peculiar pero acertada visión del universo femenino, territorio que hasta a el mismísimo Freud le resultaba enigmático. Pero en un diálogo con mi colega de A Sala Llena, Rodolfo Weisskirch, quien ya había visto la película en cuestión, me dice que no escriba nada antes de verla, y fue un acertado consejo. La Piel que Habito, me llevó a desistir de abordar la feminidad y cajonearla por un tiempo. Se despertó en mí el deseo de volver a articular Cine y Psicoanálisis, pero desde una temática bastante más siniestra: la perversión.

No será fácil la tarea, transmitir estos conceptos teóricos complejos para un ámbito que no está familiarizado con ellos, y encima con una película, que si bien contiene varios ejemplos, sería un pecado develar detalles, ya que estaría afectando notablemente lo más rico del film, que es su impredecibilidad. Como lo dice en su crítica Jose Luis De Lorenzo: El factor sorpresa deja boquiabierto al espectador.

Por su calidad narrativa y su belleza estética (tiene unos encuadres maravillosos), estamos frente a uno de los mejores largometrajes estrenados en lo que va del año. Don Pedro vuelve a deleitarnos con personajes altamente rebuscados, con subjetividades llenas de matices complejos y esta vez de la mano de una mezcla de géneros, donde condimenta thriller, melodrama y ciencia ficción.  El resultado, es que nos evade absolutamente de nuestra realidad cotidiana por casi dos horas y nos sumerge en el perturbador mundo de una mente perversa.

Antonio Banderas, en una gran intepretación -sí, leyó bien-, Banderas hace un trabajo memorable, encarna a Robert Ledgard, un brillante científico que experimenta la transgénesis de un nuevo tipo de piel, a pesar de violar las leyes de bioética del comité científico internacional con Vera (Elena Anaya), una mujer a quien tiene en cautiverio, hace mucho tiempo.

Las características, en la cual lleva a cabo el tratamiento, el tipo de lazo que arma con su víctima, sus conflictos internos y la continúa transgresión de la Ley, me llevaron a pensar el film desde la posición perversa.

El término de Perversión es importado por el Psicoanálisis desde el campo de la Psiquiatría, pero lo repiensa y le da un sentido nuevo. La psiquiatría en un primer momento catalogaba de perversiones a aquellas prácticas sexuales llamadas parafilias, donde el placer no depende de la cópula genital heterosexual, que incluía desde la zoofilia hasta la masturbación o el sexo oral. Hoy en día, esto ya no es así, pero esta acepción reduccionista sigue vigente en el uso popular de la lengua, comúnmente se suele criticar o bromear a alguien diciendo que es un pervertido, por esbozar algún impulso sexual que se aleje de las buenas costumbres.

Pero la perversión para el Psicoanálisis es algo mucho más complejo, no es una forma de conducta, sino que la piensa como una de las tres grandes estructuras clínicas, que determinan la constitución subjetiva, la manera en como el sujeto va a relacionarse tanto con los semejantes como con la realidad social y el lugar que ocupa frente al Otro. La otras dos estructuras son neurosis y psicosis, de está última desarrollé bastante en mi dossier de El Cisne Negro.

Para Lacán, la perversión no es simplemente una aberración de ciertos criterios sociales, que implican una anormalidad de las buenas costumbres. Es otra cosa, es una estructura misma. En el caso particular de la perversión hay cierta relación con el goce y el deseo que se sostiene a partir de la angustia del otro. Y vaya si Almodóvar nos angustia, incomoda o perturba con este relato, que a veces se torna atractivamente repulsivo. La empatía que sentimos por Vera, nos hace sentir que todos podemos estar expuestos a ser objetos de goces de personajes de estas características.

Es importante distinguir entre actos perversos y estructura perversa. Todos los humanos poseemos rasgos perversos que a veces reprimimos y en otras ocasiones le damos rienda suelta, estos quiere decir que estas acciones pueden llevarse a cabo por personas no perversas. La perversión es inherente al ser humano. Freud decía que el perverso lleva a cabo la fantasías que el neurótico tiene reprimidas y que la sexualidad humana a diferencia del instinto animal, es perversa de por sí, porque acarrea una multiplicidad de variables que adoptan modalidades alternativas a la cópula genital.

Es decir, los rasgos perversos aparecen en todas las estructuras humanas y no son sinónimos de aberración, sino una forma de satisfacción. Las perversiones han sido un tema recurrente en la obra del director madrileño, en varias de sus producciones, hemos visto como sus personajes encuentran modo de placeres eróticos que no tienen que ver con un sujeto perverso propiamente dicho. Podemos recordar la lluvia dorada en la temprana Pepi, Luci, Bom y Otras Chicas del Montón, o la confesión fetichista de los pies de los hombres que hace la concejala antropófaga en Los Abrazos Partidos. Se trata de sujetos que tienen una forma más abierta y flexible de erotización, y no necesariamente se sostienen en la angustia del semejante.

De todos modos, encontrarse con un sujeto de estructura perversa no quiere decir que necesariamente se trate de un asesino psicópata que nos va a descuartizar en ocho partes, cual Christian Bale en American Psycho, o Michael Pitt en Funny Games. Pero sí, aunque un perverso no tiene que ser excluyentemente un homicida de estas características, es muy probable (no siempre), que alguien que comete estos tipos de crímenes posea una estructura perversa.

Robert no aparenta ser un asesino, es un tipo prolijo, algo retraído, muy destacado en lo suyo, y hasta quizás no mate ni a una mosca,  podría fácilmente ser un neurótico obsesivo, que busca la perfección en todo lo que emprende. De hecho en muchos casos, la neurosis obsesiva suele confundirse con la perversión, por el alto nivel de sadismo que contiene la primera, escondida detrás de una máscara de escrupulosidad, orden, limpieza y excesiva moralidad.

Por momentos pensé que el Dr. Ledgard era un militante de la obsesión, pero a medida que avanza la trama, se van develando aspectos que me llevaron a inclinarme que estaba en presencia de una perversión a flor de piel. El modo de vínculo que entabla con su conejillo de indias; el goce sexual que le acarrea observar desde una pantalla a su rehén a modo voyeurista; la relación peculiar con su mucama cómplice; los planos detalles que el director hace de los instrumentos y procedimientos de la experimentación, a modo de fetiches;  la modalidad de venganza que emplea, y sobre todo la violaciones sistemáticas y concientes que hace de las leyes científicas y jurídicas. Si se tratase de un sujeto neurótico, por más rasgos sádicos que tenga, en algún momento sufriría de sentimientos de culpa que lo paralizarían, o le habría sido muy costoso llevar a cabo su plan sistemático a tan extremo, por represión propia o por temor a la Ley.

Este emblemático doctor, utiliza todo su saber para llevar a cabo una venganza, esta redención personal implicaría someter a un otro a su propio goce en calidad de víctima. El perverso, conoce la ley, está advertido de ella, pero la desmiente, la única ley es la de sí mismo. Robert hace justicia por mano propia, y esta causa le sirve para avalar su goce aterrador a la perfección. Frente a un hecho doloroso que le tocó vivir, no recurre a la policía, él se encarna como la Ley, esto le permite realizar toda una serie de aberraciones y actos siniestros que de otro modo le serían imposibles. El Dr Ledgard determina su propia Ley del deseo.

Uno de los terrenos más privilegiados para el despliegue del obrar perverso es el secreto. Esto le funciona como un motor fascinante para transgredir la prohibición, y es en el secreto donde aumenta su goce. El personaje del film hace del secreto un paradigma, en donde hasta los mismos ayudantes personales son manipulados y engañados para que le sean funcionales a su proyecto oculto.

Almodóvar ya había esbozado algo de esto, en ese enfermero peculiar que cuidaba y a la vez abusaba de su paciente en coma, en la maravillosa Hablé con Ella. Este profesional de la salud, estaba al tanto de las violaciones éticas, morales y legales que implicaba relacionarse de esta manera con esa enferma imposibilitada de defenderse por cuenta propia, pero él reniega de ello y establece secretamente, su propia terapeútica conforme a su goce.

El partenaire ideal para un perverso es un neurótico, no es otro perverso, porque necesita hacer emerger la angustia en el semejante. Si un sádico se encuentra con un masoquista, por más que lo castigue, esté último no se angustiaría, todo lo contrario, gozaría al máximo, entonces perdería la gracia. Este oscuro e inteligente científico, requería que su proyecto se realice a partir de tomar a alguien como rehén, someterlo a su tiranía con el fin de obtener solo el placer personal. El perverso huye de la angustia todo el tiempo y la mejor defensa para resguardarse él, es trasladar la experiencia de la angustia en el otro y apabullar sobre el deseo de este, es así como se siente omnipotente.

El film La Secretaria de Steven Shainberg, gráfica muy bien la cuestión, un jefe con rasgos bastantes sádicos contrata a una mujer para que ejerza funciones de secretaria, el punto es que ella goza bajo una modalidad absolutamente masoquista, con lo cual a él se le torna insoportable esa vivencia porque no logra angustiarla, al contrario. Ella expone su cuerpo a las más variadas experiencias flagelantes, provocando a través de su dolor, la angustia en el otro. Recomiendo leer una excelente nota que escribió Laura Dariomerlo en su columna, a propósito del mencionado film.

Alguna vez tuve la experiencia personal de atender a alguien con estructura perversa, no es un diagnóstico sencillo que uno lo pueda escuchar inmediatamente. Uno de los factores que me llevó a pensar que estaba ante una perversión, es la sensación de angustia, impotencia y hasta sometimiento, en la que quedaba después de atender sus relatos; además del no registro de culpa que expresaba ante determinados actos graves y continuos, que afectaban notablemente a su entorno.

Uno de los errores más comunes es creer que el perverso como no reprime, es una especie de villano que carece de sentimientos y no sufre en ningún momento. Esta también es la genialidad del film. Robert ama, se enamora, tiene sentimientos, posee afectos muy importantes, aunque no quiera se angustia, y sufre en varios momentos de la historia. El que alguien posea una perversión no lo exime de vivir las más variadas experiencias humanas.

Almodóvar dice que la piel es el órgano más grande que tenemos, es aquel que nos identifica y es la frontera entre el individuo que la habita y el resto del mundo. Precisamente de eso se trata el goce perverso, de violar lo límites, renegar sobre ellos, arrasar sobre la frontera del otro para experimentar la angustia ajena. El Dr. Ledgard es una eminencia en lo suyo, pero en la vida afectiva no le ha ido nada bien. Su esposa murió por las quemaduras que le produjo un accidente, tiene una hija con serios trastornos psicóticos, además de su fracaso personal como hombre, marido y padre. En vez de elaborar la angustia que estas faltas le provocarían, prefiere taponarla, implementando su saber, sobre la piel de otra persona, a costa de la angustia y humillación de esta.

El  mecanismo que caracteriza a la perversión es la renegación. Tiene que ver con la manera en como el sujeto atraviesa la dinámica edípica. La perversión nace como consecuencia de la angustia que genera la falta. En Psicoanálisis decimos que el perverso reniega de la castración de la madre, por eso busca la angustia en otra persona para desmentir su propia angustia de castración. Y el agente de la castración materna siempre va a ser el que ocupe la función paterna, por eso desafía y viola todo el tiempo la ley que el padre transmite.

Obviamente, ciertas características de aquellos que porten las funciones maternas y paternas se tienen que dar para que se desarrolle esta lógica. En la relación del perverso con la madre suele haber un lazo de complicidad y seducción mutua, dejando al padre como un intruso o perturbador de ese lazo, se destaca una idealización de la imagen materna, a la vez que una subestimación de la ley paterna. En el caso de Robert, hay una vínculo muy especial, con el ama de llaves (Marisa Paredes), que lo crió desde que él nació y cumplió la función materna, convirtiéndose en el presente, en su mayor cómplice durante la experimentación transgénica, avalando y sosteniendo en todo momento el plan macabro de su patrón.

Esto también puede verse en La Pianista de Haneke. Esta profesora de piano que goza tanto de atormentar sexualmente a su alumno, tiene una relación demasiado especial con su madre, rozando lo incestuoso.

Decimos que la falta conlleva angustia, por eso Robert intenta obturarla todo el tiempo, con inimaginables degradaciones humanas hacia la pobre Vera, pero también hay que decir que la ausencia es la que convoca al deseo, no deseamos lo que ya tenemos, sino lo que nos falta y ese es el motor de la existencia humana, una vida sin deseo es estar muerto en vida.

Finalmente, debo confesar que me siento en deuda por no haber hecho un análisis de las encantadoras chicas Almodóvar y sus curiosos mundos femeninos, pero no está tan mal estar en falta, después de todo esa es la Ley del deseo.

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