A Sala Llena

La Separación, Según Emiliano Román

Hasta que la vida nos separe

Un hombre y una mujer discuten las razones de su divorcio durante una audiencia judicial; la cámara se ubica en la mirada subjetiva del Juez y así el plano nos permite ver a los protagonistas de la historia como si fuesen nuestros interlocutores.

Simin y Nader no pueden ponerse de acuerdo. Ella quiere irse del país porque tiene una visa por cuarenta días y apuesta a un futuro mejor para su hija en otras tierras; él se resiste, no quiere abandonar a su padre que padece Alzheimer. Ese es el motivo de la separación. El punto de conflicto se centra en quién tendrá la tenencia de la hija púber Termeh. Al no haber motivos de infidelidad o violencia, el magistrado no quiere otorgar el divorcio a esta pareja tan desencontrada.

Con esta secuencia arranca La Separación, este filme iraní que, luego de ser galardonado en el Festival de Berlín y arrasar con cuanta entrega de premios se realizó en Estados Unidos y Europa, finalmente se estrena en las salas porteñas. Es que, a pesar de las distancias geográficas, culturales y religiosas que lo separan de Occidente, el largometraje de Asghar Farhadi aborda un padecimiento muy común en muchas partes del mundo: las consecuencias y complicaciones que pueden devenir de una ruptura matrimonial y de la división familiar. Lo interesante es que ambos personajes tienen sus razones justificables para sostener sus posturas. Por un lado, son buenos padres, aman a su hija y cada uno intenta ofrecerle lo mejor pero, por el otro, sus diferencias parecen insalvables: se quieren, se respetan y a la vez se irritan y repelen.

Producto de la ida de casa de Simin, Nader contrata a una mujer para que cuide a su padre, cada vez más senil. La empleada representa claramente otro estrato social: tiene una hija pequeña, está embarazada y es muy devota del islamismo. Esta religiosidad provoca que, ante cada decisión importante que debe tomar, la mujer llame por teléfono para preguntar si es pecado o no realizar tal acto. Debido a un descuido serio de la cuidadora en sus funciones laborales, Nader se enfurece con ella. Es ahí donde el guión da un giro y las cosas se empiezan a complicar bastante. La trama toma un aspecto espiralado que termina desembocando en un conflicto tras otro, dónde ya es imposible dar vuelta atrás. Farhadi se vale de un relato urbano, impregnado de un fascinante realismo, con una narración lineal que va incrementando sus niveles de tensión, diálogos fluidos e intensos, todo filmado con una cámara inquieta que logra plasmar el caos de la situación y la desesperación que deben atravesar todos sus personajes.

Pero La Separación es también otras cosas. Por ejemplo, una película que muestra con gran pericia las particularidades de la sociedad patriarcal iraní y cómo la fuerte pregnancia de la religión determina las subjetividades, los lazos vinculares y las formas de abordar los conflictos. También una demostración de su peculiar sistema judicial en el que los abogados brillan por su ausencia, lo cual nos lleva a pensar la relevancia de este oficio en nuestro propio sistema.

De todos modos, y como se decía anteriormente, a pesar de estas enormes diferencias con nuestra civilización, el filme cuenta esencialmente una historia universal cuyas temáticas principales giran en torno al miedo a la pérdida amorosa, los desencuentros en la comunicación, las dificultades al ejercer funciones paternas y maternas, lo doloroso que es a veces ser hijo, las desigualdades sociales, y cómo los dogmas religiosos divinos que se imponen nada tienen que ver con la verdadera naturaleza del hombre.

Por último, hay que señalar que La Separación quizá carezca de un gran despliegue técnico que haga de este filme merecedor de tantos galardones, pero su plato fuerte es el intenso pulso narrativo con que Farhadi nos cuenta esta historia sencilla y laberíntica a la vez, virtud lo suficientemente importante como para convertir a esta película en uno de los mejores estrenos del año.

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