A Sala Llena

Los ladrones: La verdadera historia del robo del siglo

Hace seis o siete años me llamó un amigo para decirme que quería presentarme a “uno de los que estuvieron en el robo del Banco Río”. Yo no me había interesado mucho en el caso; solo había visto los titulares de los diarios y alguna noticia al pasar en la televisión. Pero mi amigo trató de ayudarme a recordar. “¿Viste que se escaparon por un túnel? Bueno, yo conozco al que le dicen “el ingeniero”. Es el que diseñó la forma de escapar. En realidad no es ingeniero, es mecánico de motos de agua. Vive acá cerca de mi casa. Nos conocemos desde chicos. Quiero que lo conozcas porque tiene ganas de hacer una película.” A los pocos días me llegó su mensaje y finalmente tuvimos una breve charla por teléfono. Me repitió tres o cuatro veces que él no era “un chorro”, que simplemente hizo un trabajo. Y que le gustaría hacer una película, que tenía algunas cosas escritas, que quería contar su punto de vista de la historia del robo. No me quiso contar mucho más; quería juntarse a charlar. Pero el encuentro nunca sucedió. Yo lo fui evadiendo, con excusas varias. Insistió un par de veces más, pero yo lo seguí esquivando, un poco por falta de tiempo, bastante por falta de interés y, sobre todo, porque no tenía ganas de juntarme con un ladrón.  

Cuando supe que se estaba filmando El robo del siglo, la película de Ariel Winograd basada en ese caso, y luego, cuando se convirtió en un éxito, obviamente un poco me arrepentí. ¿Cómo desaproveché esa oportunidad? ¿Por qué no me animé, al menos, a escucharlo? Ahora que se estrenó Los ladrones, el documental con las presencias, los testimonios y las “actuaciones” de cuatro de los protagonistas reales, creo que entendí porqué no quise escuchar lo que Sebastián García Bolster tenía para contarme. 

Los ladrones tiene un problema ético y otro estético. Aunque tal vez se trate del mismo problema. Está claro que la propuesta buscó alejarse del modelo de documental tradicional que tanto abunda en las plataformas, basado en entrevistas a cámara intercaladas con archivo audiovisual o gráfico. El histrionismo natural de Mario Vittete Sellanes y, sobre todo, de Fernando Araujo -el carácter “bigger tan life” que ambos cultivan- debe haber convencido a los realizadores a privilegiar su carácter de personajes por sobre el rol de testigos privilegiados del caso. De ahí la decisión de recrear las acciones en el presente, a veces en los mismos escenarios donde los hechos reales sucedieron, a veces en decorados que no disimulan el artificio ficcional. El tono es burlesco, como de festejo colegial. La mirada de los realizadores no disimula la simpatía por los protagonistas, una búsqueda insistente por generar empatía con ellos y convertir al espectador en una suerte de cómplice amistoso del robo. 

Cuatro delincuentes se nos aparecen como héroes, como artistas del crimen. No parece haber otro camino que admirarlos, envidiarlos, festejarlos. El problema es que detrás de esa pátina de brillo escénico, de construcción reluciente y festiva, lo que hay en realidad es otra cosa, algo mucho más gris y menos heroico. Este desfasaje se me hace especialmente chirriante en la caracterización de Araujo, un tipo que se cree genial y muy inteligente pero que no para de decir banalidades con tono solemne. Lo peor es que la propia película parece también creer que él es genial. 

En relación a esta apuesta por la creación de personajes que podrían parecer sacados de la ficción más desatada, hay algo muy incómodo. En varios fragmentos de las entrevistas tuve la sensación de que los entrevistados estaban repitiendo un guion escrito y estudiado, como si las frases respondieran a un acuerdo previo entre ellos y los realizadores y no al testimonio espontáneo a partir de un cuestionario. No puedo saber si esto es así o es solo la sensación que se genera por los momentos de sobreactuación y las frases que funcionan con sospechosa precisión para generar intriga, suspenso o sorpresa. El problema no sería que los entrevistados estén guionados, sino que ese guion se note. Y que se note cuando la película no parece querer que se note. No es tan distinto a lo que pasa en las películas de ficción, cuando se ven demasiado los hilos de la escritura. Cuando en una ficción pasa eso, se suspende la incredulidad necesaria para que nos creamos el relato. En un documental, alcanza con que dudemos un instante si algo es real o no, para que todo lo demás también se ponga en duda. La multiplicidad de recursos formales del documental y su intención por dar color y novedad visual tienen su eficacia como espectáculo, pero termina desdibujando a la película en su posibilidad de dar un testimonio de lo real. 

Los recursos estéticos terminan teniendo una implicancia ética. No quiero hacer una crítica moral; no me importa si la película es o no una apología del crimen, si busca romantizar o no una acción criminal. Pero sí me interesa apuntar que la apuesta formal busca una complicidad lineal con los cuatro delincuentes y que esa mirada condescendiente termina teniendo implicancias ideológicas. No me parece casual que los elogios a la película vengan de la mano de una glorificación de estos cuatro delincuentes. Tampoco me parece casual que todo esto se de en simultáneo con la casi nula conmoción que han provocado los alegatos de dos fiscales de la Nación denunciando una estructura criminal armada para robar desde el propio Estado. 

(Argentina, 2022)

Dirección: Matías Gueilburt. Guion: Nicolás Gueilburt. Duración: 109 minutos.

1 comentario en “Los ladrones: La verdadera historia del robo del siglo”

  1. Pablo carrera oser

    La peor crítica que leí en años, envidiosa, retorcida, coronada con el gran finale de Moralina a todos los ignorantes que festejan un robó y no desgarran sus vestiduras por la payasada televisada de unos fiscales no muy respetuosos del decoro institucional. Te voy a explicar el problema. El que escribió esta crítica es un pecho frío. Ya si dedicaste tu tiempo a un libro sobre Bogdanovich demuestra que SOS un amargo marca cañón. Un mariscal del cine que nunca olió la pólvora. Say no more

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