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CRÍTICAS - CINE

Lugares Oscuros, según Emiliano Fernández

Se presume inocente.

El suspenso es un género que no suele captar la atención del Hollywood contemporáneo, principalmente debido a los requisitos intrínsecos del formato (construcción paulatina y mucho desarrollo de personajes) y las estrategias comerciales del momento (orientadas en esencia hacia la comarca del bombardeo visual y el infantilismo, a expensas de la serenidad necesaria para apuntalar climas -por lo general- muy sórdidos). Si bien nunca faltan las excepciones a lo largo de los meses, lo cierto es que éstas casi siempre son sinónimo de desencanto, porque los responsables de turno no están a la altura de las circunstancias o porque el convite en cuestión funciona como una adaptación fallida del ideario mainstream.

Sin duda el caso de Lugares Oscuros (Dark Places, 2015) se encuadra en lo que podríamos definir como un punto intermedio entre ambas opciones: por un lado está clarísimo que el realizador y guionista Gilles Paquet-Brenner no sabía qué hacer con la novela homónima de Gillian Flynn, y por el otro encontramos una suerte de querencia narrativa que se siente fuera de lugar, como si el elenco no fuese el apropiado o las subtramas no convergiesen en un núcleo en verdad coherente. De hecho, el máximo problema de la película se resume en la falta de correspondencia entre la forma y el contenido, un obstáculo que obedece a la torpeza del francés a la hora de unificar y/ o aprovechar las “vertientes” que abre el relato.

Al igual que en Perdida (Gone Girl, 2014), la otra traslación de un trabajo de Flynn a la pantalla grande, la descomposición familiar es el eje central, pero donde antes teníamos un abanico complejo que abarcaba un misterio conyugal y referencias al canibalismo de los medios de comunicación, hoy sólo hallamos un enigma atado con alambre y demasiado tiempo malgastado en apuntes carentes de vigor, o por lo menos relevancia. La burguesía se transforma en white trash y aquella desaparición en la masacre de un clan conformado por una madre, tres hijas y un vástago varón, señalado por Libby (Charlize Theron en su versión adulta), una de las hermanas y única sobreviviente, como el autor de los crímenes.

Combinando de manera desprolija el drama y el thriller, la propuesta acumula pistas que deja en el tintero o resuelve a los apurones y obvia la interesante oportunidad que ofrecía el club de “entusiastas del homicidio” encabezado por Lyle (Nicholas Hoult), quien a cambio de unos morlacos convence a Libby para que revea sus alegatos e inicie una investigación en pos de exonerar a su hermano encarcelado. La incesante peregrinación temporal de flashbacks y flashforwards hasta llega a desdibujar la actuación de Theron, tan talentosa como bella, quizás no la mejor alternativa para un rol vinculado a la miseria bucólica y su furia. Las buenas intenciones del film no alcanzan a compensar sus falencias y desfasajes…

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Por Emiliano Fernández

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