A Sala Llena

Masterplan, según Leonardo Gutierrez

Aguante el documental.

Tenía muchas ganas de ver Masterplan, por el simple hecho de haber visto la ópera prima de los directores, Novias-Madrinas-15 Años, una pequeña obra maestra. Aquel era un documental ultraindependiente y autobiográfico (el negocio era propiedad del padre de los directores, que aparece en gran parte del metraje) que ilustraba hasta en el más mínimo detalle el trabajo en una sedería de Once y sus insólitos laburantes (lo que se extendía a una suerte de radiografía del empleado de comercio argentino y nos recordaba, quizás, a nuestros propios ámbitos laborales), pero que sobre todas las cosas era una comedia.

A veces absurdo, otras veces patético y en ocasiones sumamente enternecedor, el humor brotaba de cada relato o testimonio de manera pródiga y constante. La cámara de los Levy simplemente estaba allí, necesariamente inmóvil y académica para registrar a esos curtidos vendedores y sus desopilantes testimonios; la edición se encargaba de seleccionarlos y ordenarlos en una sucesión exacta, donde las risas se dosificaban de manera perfecta, redondeando una película de esas que uno debería tener siempre a mano para mostrarle a todos esos amigos que “no ven cine argentino”. Pero el mayor mérito, por supuesto, era el de esos personajes inolvidables y absolutamente reales, que daban ganas de salir a encontrarlos (cosa que el documental permite hacer: tuve la suerte de que estuvieran todos ahí cuando terminó la proyección, recibiendo su merecido aplauso de pie). Todo este largo elogio introductorio para decir que Masterplan, primera incursión de los directores en el terreno de la ficción -pero también una comedia-, es una ingrata sorpresa, al fallar, precisamente, en casi todos los aspectos donde triunfaba su primera película.

Como una suerte de Perdido por Perdido (Alberto Lecchi, 1993) pero en clave humorística, la película trata sobre un joven que se prende, casi involuntariamente y motivado por su cuñado, en una pequeña estafa con una tarjeta de crédito, y de su pánico posterior a ser descubierto. Pero también trata sobre el amor que siente por su viejo coche Siam (al que debe “sacrificar”), sobre la complicada relación con su abombada mujer y sus idénticos padres, o sobre su incipiente y revitalizante relación con un homeless loco y bonachón. En fin, trata sobre muchas cosas, y varias de ellas sin una relación directa o implicancia con todas las demás, y con un desorden notorio a la hora de dosificárselas al espectador.

La película empieza mal, narrando el “fraude” (o su intento) con un flashback tarantinesco pero innecesario, cambiando el punto de vista para contarnos exactamente lo mismo que ya sabíamos por boca de uno de los personajes. A partir de ahí el film, más que un relato, nos brinda una serie de viñetas que pausan, rebobinan y se desvían del relato “policial” (y de los otros). El problema es que esas viñetas, más que para hacer avanzar la acción, parecen estar ahí sólo para hacer un chiste específico sobre “algo”. Esto, que puede funcionar aun superficialmente si los personajes y los chistes son buenos, fracasa acá con sus personajes perdedores pero irritantes y parlamentos declamatorios y obvios que parecen sacados de una vieja cinta nacional de los ochenta, con remates que se ven venir a lo lejos y con puteadas costumbristas exageradas (sobre todo en los cuasi cameos de Campi y Portaluppi).

El chiste o gag se busca constantemente, pero con una falta de timing evidente. Hay dos o tres de ellos que son particularmente fallidos y molestos, como la absurda secuencia de la fiesta y la pileta o la escena de la marihuana en el balcón. La representación de la agencia de publicidad y de los “amigos” snobs del protagonista roza lo ridículo, y el momento musical con el lavado del auto, que pretende ser amable, resulta forzado. A todo esto hay que decir que las actuaciones son más que desparejas, y las interpretaciones amateurs no están integradas en absoluto a las de los actores profesionales, aunque hay que darle mérito a Alan Sabbagh por jugarse todo al deadpan en algunas escenas o diálogos imposibles. El único actor que no parece tener un guión en la frente es justamente un no actor, Andrés Calabria, quien ya descollara siendo él mismo en Novias…, y acá nos regala a un vagabundo muy realista (al punto de que por momentos no se le entiende absolutamente nada, lo cual es un acierto). Por su parte, la cámara siempre parece ubicada en un lugar caprichosamente incorrecto, atentando contra la narración de una comedia bastante simple.

En suma, y siendo bondadosos, durante bastante tiempo se tiene la sensación de estar presenciando una suerte de comedia a la Kaurismaki autóctona y fallida, más cercana al grotesco que a cierto humor enrarecido que muy pocos dominan con efectividad. Y la supuesta tensión (que puede recordar, en films de factura similar, a la excelente El Fondo del Mar de Szifrón o a la lograda El Hombre de al Lado de Cohn y Duprat, por poner un par de ejemplos) acá decae más que nada por la falta de identificación que nos produce el personaje y sus supuestas peripecias.

Lo mejor de la película llega durante los títulos de cierre, cuando Andrés Calabria nos brinda una clase de salsa, con vestuario característico y todo. El momento funciona porque ése no es Andrés el homeless, sino el Andrés que trabajaba en esa sedería de locos, donde nos había contado, entre tanta anécdota increíble, que era un excelso bailarín. Es, por ende (y para quienes la vimos), una alegría que pertenece a otra película. Con Masterplan, los hermanos Levy pierden un turno y vuelven al casillero anterior. Pero ese casillero es el de un documental fascinante, que habilita, aun luego de este traspié, a seguir esperando más de estos jóvenes directores. Por último, y si por culpa de esta nota (o de la película en sí misma) usted se queda con las ganas de ver una buena comedia independiente y en castellano, le sugiero que busque y consiga la chilena Educación Física (Pablo Cerda, 2011), una película inolvidable y encantadora que también se presentó en el último Bafici y seguramente no se estrene jamás. Cosas de la distribución.

calificacion_2

Por Leonardo Gutierrez

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