A Sala Llena

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Matiné doble función. Primera parte: Nenes de mamá…

Matiné doble función. Primera parte: Nenes de mamá…

¡Qué calorete, mamita! Se nos está viniendo el veranito para bien de los que disfrutamos del calor y las ojotas, así que aquí estoy en mi casa, a medio vestir, con los gatos tirados por todos lados, escribiendo la colu. ¿Cómo los viene tratando esta primavera fragante? ¿Ya están tomando envión para las parrandas de fin de año? En mi caso particular, se está viniendo mi cumpleaños (es este domingo para los que quieran enviar obsequios) y eso siempre me pone de excelente humor porque, como ya todos ustedes saben, me encanta ser el centro de atención de la fiesta.  Eso me da un plus extra de energía que me deja on fire y, por alguna misteriosa razón, me hace sentir extremadamente sexy, voluptuosa,  imparable, inteligente, romántica, creativa, bomba erótica e intelectual y, por qué no, gran filántropa y “entrepreneur”.

Para mí estos meses finales del año son lo más hermosos y productivos. Me cargan las pilas, me ponen contenta y se me da por laburar mucho más frenéticamente que en el resto del año. El olor de las florcitas, los pajaritos… todo me hace sentir renovada y llena de energía. Incluso, las cosas me preocupan considerablemente menos a esta altura de la soirée.  Para darles un ejemplo, me importa un comino pagar un platal en entradas de cine, para hacerme una matiné continuada en domingo con mi chuchi, que incluyó golosinas, papas fritas, gaseosas, pochoclada y la mar en coche. Una jornada dominguera pletórica de subtítulos y dolby surround.

Al mediodía, cuando mi hombre hizo el honor de levantarse, nos decidimos a hacer tarde calenturienta de cine. Almorzamos unos fideos con aceite y queso derecho de la fuente y nos emperifollamos para rumbear hacia el Multiplex de Belgrano. La idea era hacer doblete, como cuando éramos chicos en el pueblo,  con Skyfall a las cuatro y veinte y Amanecer a las siete y veinticinco. Llegamos justito  y nos mandamos derecho a la sala, que estaba hasta las tuercas con la nueva de Bond. Nos sentamos atrás, en una de las filas de los costados y nos apoltronamos en la butaca  a disfrutar con angurria. La tarde se extendía ante nosotros de manera lujuriosa, con la promesa sensual de dos blockbusters de estrépito. Muy pocas cosas me gustan más que eso.

Bond arranca con todo, pero Mendes elige iniciar con una escena casi silenciosa, en la que 007 irrumpe en una habitación de hotel de mala muerte en Estambul y encuentra, entre  otros,  a un agente de MI6 muriéndose. Es en esa escena (excelente) en la que se plantea en redondo de qué va a ir la trama total de la película: Un agente desamparado cuya vida está en la cuerda floja,  a quien  M decide sacrificar  priorizando la misión por encima de todo. Ya en la secuencia siguiente, ese modus operandi se repite, pero a esas alturas, la “víctima” es Bond.

La secuencia de títulos de Skyfall es, prácticamente, una película a parte: Bond, descendiendo al abismo de su muerte y enfrentándose a la verdad de su propia existencia, de su origen y de su soledad. Daniel Kleinman, que estuvo en la franquicia desde Golden Eye hasta Casino Royale, regresó luego del breve interludio que significó Quantum of Solace y volvió a pegar el batacazo. Los créditos iniciales son una oda a las películas de los 80 y dejan realmente sin aliento. No sé si llegan a superar a los de Casino… que eran sencillamente perfectos, pero van palo y palo.

La película está bien filmada. Mendes se saca de encima su yunque de director “estático” y se juega a fondo con la fotografía y el montaje, sin dejar de explotar la humanidad que sabe conferir a sus protagonistas.  Pero, sin lugar a dudas, es un film de los suyos en cuanto a la temática y su dramático trasfondo: hombres solos, huérfanos, en busca de una figura materna. Solo digamos que, hasta la M en esta cinta, es la m de “mamá”.

En esta película, vemos a un par de caballeros debatirse entre cuchillazos, rodillazos, tiros y venenos, por el amor de una mujer que está dividida entre sus “cariños” y su deber. Y los instintos que nuestra dama acalla, son sus instintos maternales, redondamente.

El cuentito gira alrededor de un ex agente renegado, devenido en criminal, que quiere eliminar a M porque lo abandonó a su suerte, hace años, en China. Este muchachito colorido, interpretado por Bardem de manera inteligente (creo que su performance es buena, pero no esquiva al clisé) no puede con su dolor y busca por todos los medios, expiarlo. Lo realmente paradójico en la historia es que, nuestro héroe, está transitando un camino parecido: M, lo expuso a la muerte, anteponiendo una misión a su integridad física y esto lo dejó devastado y huérfano por segunda vez.  Lo interesante, es que el proceso del que estamos siendo testigos durante toda la película, es nada más y nada menos, que la maduración de Bond.  Un tránsito desde las formas de la juventud, a las formas de la madurez, que se percibe como un camino de regreso a la estructura original de la historia.  Algo así como el “matar a los padres” de la franquicia.

Verán, estos dos agentes “el bueno y el malo”, no son otra cosa  que dos hermanitos, peleándose por el amor de mamá. Una madre imperfecta y estoica, que no está dispuesta a darles lo que piden pero que, aun así, se erige ante ellos como la figura más importante de sus vidas.  M está en un puesto de extrema responsabilidad y, como le gusta a la magistral Judi Dench,  en el rol de una mujer en el trabajo de un hombre. De esa forma, su femineidad está puesta en jaque permanentemente no solo por sus superiores,  también por sus agentes que ven en ella un faro de contención y de apoyo.  Todo eso la obliga a ser todavía más dura que nadie. Por supuesto, el dolor que deviene de esa conducta, es hondo y punzante, pero ella  lo lleva como una bandera de orgullo de género y patriotismo. De estos hermanitos, el que queda en pie, deberá asumir para su desgracia, que el tiempo de la “adolescencia” terminó sin posibilidad de redención alguna.  La madre que busca no existe.

La mitología del Bond de Ian Fleming nos presentaba un mundo de hombres, una tierra gobernada por la prepotencia del pene. En Skyfall, la idea detrás de esa mitología queda reivindicada como la única forma segura de ver el mundo para el agente 007. Una especie de misoginia consuetudinaria legalizada por  el dolor.  Los hombres en el universo Bond, son las únicas criaturas con las que él puede contar para el bien o para el  mal, sin misterios,  a diferencia de las mujeres, indescifrables,  que lo traicionan y abandonan o, simplemente, no lo aman. El género femenino representa para él  una variable peligrosa, seductora y llena de encantos, que lo vuelve vulnerable y necesitado. De esa forma, lo único que le queda hacer a Bond con las mujeres sin quedar expuesto, es penetrarlas o matarlas.

La película es buena, vayan a verla.  Lo viejo se convierte en nuevo otra vez, sin estar del todo en la vereda del pasado. Tal vez podremos esperar para la próxima, un poco más de sexo desenfrenado, chicas en pelotas y algo de la crudeza original del odio de Bond hacia las mujeres.  Todo, por supuesto, en ese envoltorio tan bonito, que es el señor Craig.

Y la semana que viene, no se pierdan todo lo que me pareció Amanecer, en la segunda parte de esta columna: Muertos que parlan…

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