A Sala Llena

Mi Secreto me Condena

Estuve pensando mucho estos días. La gente por la calle chamuya bastante del tema y hace conjeturas y saca conclusiones. En todos los canales está la cara de esta chica de ojos azules y semblante indescifrable, disertando acerca de su inocencia y tratando de que alguien se ponga en su lugar. La vi por tele, la escuché por radio hablando con Andy y la leí en diarios y revistas en cuanto bar me senté a chupar un cafecito. La opinión pública en pleno parece estar conmovida por el caso tan horripilante y sórdido, como oscuro e ininteligible que la tiene como protagonista principal: Una joven asesinada, su familia que clama por justicia y ella (la mejor amiga de la víctima) acusada del crimen y llevada a un juicio pletórico de irregularidades. La sentencia absolutoria, cerró parcialmente la puerta de sombra que se erguía sobre Lucila Frend, pero abrió de par en par y con fuerza renovada, la del misterio profundo, sórdido y doloroso, que representa el escenario de un crimen violento, sin resolver.

Nunca me detuve a analizar o a especular acerca de si esta mujer, acusada de asesinato, era culpable o inocente. Probablemente a nadie se le ocurriría pensar que una chica de apariencia tan frágil, pudiera cometer una atrocidad tan grande y mucho menos contra su mejor  amiga. Así que supongo que, si me lo hubieran preguntado, hubiera contestado que creía en su inocencia.

Ahora, si bien la justicia ya se expidió absolviendo a la acusada, la realidad es que por todos los medios de comunicación, se sigue hablando del tema y se sigue cuestionando su inocencia. Hay una especie de velo que no termina de caer, una sombra de duda, un murmullo suave pero permanente que envuelve las cosas y que, por supuesto, todavía no se acalla y probablemente no lo haga jamás. La gente continúa con su perorata, haciendo chistes o hablando en serio, los periodistas desmenuzan la causa, respetuosamente algunos, banqueteando como buitres otros; y la chica pulula por todos lados tratando de reconstruir aunque sea algo de su integridad moral y de su imagen pública deteriorada. Todo eso y todavía el misterio más grande sigue sin resolverse. Escuché a alguien decirle ayer a Lucila, que solo ella sabía  la verdad, que mas allá de que le crean o no, hay algo completamente misterioso que  ella conoce y lleva en la conciencia.  Es la única que sabe si es culpable o inocente, más allá de lo que dictamine el tribunal y quede sentado en la causa. A raíz de esa verdad nublada, de ese “secreto” que solo comparten los directamente involucrados en el hecho y que está vedado para nosotros, me puse a pensar en un film que de manera magistral, encarna exactamente la complejidad de ese misterio y cómo nos deja desnudos ante la idea de que, casi siempre, la verdad pura es inalcanzable.

Mi secreto me Condena (Un Revés de la Fortuna / Reversal of Fortune) de Barbet Schroeder, se estrenó en 1990 y catapultó a la cima de la fama y el prestigio nada menos que al exquisito Jeremy Irons. 

El misterio von Bülow, como la prensa lo coronó casi desde su inicio, es uno de los casos más famosos, resonantes y glamorosos del siglo pasado y el hecho de que hayan absuelto a su principal sospechoso y acusado, aún cuando la familia de la víctima aseguró siempre que era culpable, lo volvió apasionante e increíblemente atractivo para la opinión pública.

Claus von Bülow, noble de origen danés pero de total formación y acabado británico, es acusado de intentar asesinar a su esposa Sunny von Bülow, una multimillonaria norteamericana desencantada, adicta a las píldoras y alcohólica. La mujer ha quedado en un coma irreversible debido a lo que, aparentemente, fue una sobredosis de insulina.

La familia de Sunny, incluidos los hijos de un primer matrimonio con  el príncipe Auersperg, señala a Claus, lo lleva a juicio y logra que lo declaren culpable. Pero von Bülow apela, con el apoyo de la hija en común que tiene con Sunny, y el de una de sus amantes más ricas. Teniendo como abogado al prominente profesor de Harvard Alan Dershowtiz y a todo su equipo de estudiantes de leyes, llevan a cabo una campaña que logra declarar nulo el primer juicio y coloca a Claus  von Bülow en un segundo proceso, donde es hallado inocente.

El film de Schroeder, basado en la novela que escribió el propio Dershowitz, presenta al sospechoso como un hombre increíblemente extraño, promiscuo, profundamente misterioso, particular y excéntrico. Claus es la encarnación de la frialdad y la circunspección, pero posee un sentido del humor peculiar, muy inteligente y perturbador. Es a la vez atractivo y aterrorizante, frívolo y filosófico, distante y familiar, vulnerable y templado. Todo el equipo de jóvenes que conforma la defensa, va siendo envuelto más y más en el hechizo magnético que tiene este hombre y en su encanto seductor y tenebroso. Nadie, absolutamente nadie logra descifrarlo jamás.

La prensa lo tildaba de loco, de vago, de superficial, de maquiavélico, de perverso, de playboy y de seductor compulsivo y era todas esas cosas y muchas más también. Pero jamás nadie pudo decir sin lugar a dudas, que era un asesino.

Hablar de la película es hablar de la composición monumental que hace Jeremy Irons. Tal vez, una de las composiciones más perfectas de todos  los tiempos. He visto a muy pocos actores, convertirse en lo que este súper dotado se convierte, para ser Claus von Bülow. Desde su aspecto corporal, que con el paso del tiempo va alterándose de manera contundente, pero sin perder la sutileza, hasta el entramado de gestos, tics y formas físicas que asumen una elegancia y una exquisitez verdaderamente rotundas, pero que aun así, son teñidas de manera permanente y virtuosa, por el halo fulminante del cinismo, la tristeza, el romanticismo, la timidez, la nostalgia, el miedo y, me atrevo a afirmar, la maldad.  De alguna manera, Irons consiguió transmitir mediante su performance del carajo, que estar en un cuarto a solas con von Bülow, te hacía sentir el mismo deseo de acuchillarlo que de saltarle a los brazos y besarlo. Transfundió el temor, el frío, el halo de peligro que manaba de él, a la vez que el sex appeal, la elegancia, la sensualidad contenida y la belleza. Cada vez que veo esta cinta, me regodeo en el hecho de que es una clase de “acting” gratuita y magistral. No por nada se llevó un premio de la academia. Me engolosino en cada escena, sobre todo en las que son un mano a mano con Glenn Close (Sunny von Bülow) que no se queda atrás a la hora de componer maravillosamente. Es tan espectacularmente buena esta película, que vale la pena verla una y mil veces ya sea en el cable, o en video, o en DVD, o en Blu ray Disc,  o en código Morse.  No se puede deja de ver, aunque sea, una vez por año, para poder apreciar claramente lo que es capaz de hacer el lenguaje cinematográfico,  cuando reconstruye la realidad. Cómo todo queda re significado, recreado, recrudecido y espectacularmente subrayado, para que podamos como espectadores, seguir tratando de sacar conclusiones, aun sabiendo que jamás llegaremos a la verdad.

Es imposible despegarse del misterio y de la fascinación mórbida y, a la vez, la proximidad de la idea del secreto, del velo permanente que se yergue entre nosotros y la vedad, nos deja indefensos, impotentes y hasta inocentes frente a la parte más cruel de la naturaleza humana.

Mi Secreto me Condena, es claramente una de las historias más efectivas a la hora de llevar el concepto de versionado de la verdad a la pantalla.  De movida, el hecho de usar la voz en off de la propia víctima para narrar partes de la historia, remarca este asunto de forma inequívoca.  De esa manera, reafirma más la noción inicial del “secreto” y finalmente de la segunda tragedia que conlleva todo crimen, que tiene que ver con el hecho de que solo la víctima y el victimario están en posesión de la verdad pura.

Es sorprendente, como en general las acusaciones recaen sobre el mismo aparato gestual  y de personalidad. La frialdad (o la incapacidad de mostrar abiertamente las emociones), parece ser una especie de denominador común a la hora de convertir a alguien en sospechoso. Por todos los canales argentinos, se escuchan voces de familiares y amigos de la víctima, asegurando que Lucila es demasiado fría, demasiado serena, demasiado rara. Lo más extraño, es que suele acusarse a  personas de esas características, de crímenes de pasión  o de odio.   Se estudia si lloran en el velorio de la manera en que hay que llorar, si se recuperan rápidamente, si son demasiado “distantes” en sus apreciaciones,  si no patalean de manera incontenible cuando se los acusa, si son fuertes, estoicos, si no desatan escenas de apasionamiento desbordado y llanto caluroso…  Parece ser que nos gusta relacionar al misterio, con quien nos resulta “misterioso” y la realidad parece indicar, que no siempre vamos bien rumbeados.

El film de Schroeder, termina resultando casi insondable, como la naturaleza humana y como la vida misma y abre todas las preguntas sin ofrecer una sola respuesta. Es por eso que se vuelve portentosamente bueno y espeluznantemente representativo.

Sunny von Bülow cierra el telón de este film soberbio,  con su voz en off desde la habitación de hospital, en la que permaneció en coma 28 años, hasta el 6 de diciembre de 2008 día de su fallecimiento. Allí asegura, que la vedad de las cosas se queda con ella, solamente con ella y con Claus.

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