A Sala Llena

My precious…

Hoy anduve medio de acá para allá desde la mañana, por lo que caminé bastante. El día estaba frío, creo que la temperatura estaba alrededor de los ocho grados pero, por suerte el sol brillaba decentemente, así que me embutí dentro de un abrigo peludo y salí a la calle a hacer las cosas que tenía que hacer. Estaba de buen ánimo para andar de recorrida, y la caminata ágil me hizo entrar en calor rápidamente.  No había caminado ni media cuadra, cuando recibí el primer piropo. El muchacho, un pibe de colegio con granos enormes en la cara, me dejó pasar primero por debajo de un andamio y después espetó un “hola” tan tierno como libidinoso. Ni siquiera me di vuelta (cualquier cosa que hiciera o dijera podría mandarme presa, era casi un infante) pero sonreí infinitamente halagada y seguí mi camino. En el segundo semáforo en el que paré a esperar para cruzar la calle, un señor bastante entrado en años, que parecía ser un plomero o algo parecido, me dirigió otro piropo más. “¡Qué bien venimos hoy!” pensé, y crucé la avenida medio desfilando a puro estilo Valeria Masa. Ya llegando a la puerta de mi clase de Pilates, un tipo parado afuera de una cerrajería, me piropeó por tercera vez y de manera poco creativa: “Hola mamita…” rugió y caminó dos pasos hacia mí, solo para verme perder dentro del edificio.

Almuerzo generalmente sola, por lo que me encariño a temporadas, con lugares para comer. Por estos días, paro en un Tea Connection que me queda cómodo y, mientras morfo, me leo alguna revistita, o tomo nota de ideas para los trabajos que ando pergeñando. Miro para afuera, chusmeo la ropa de la gente, escucho conversaciones ajenas, en fin… Me nutro un poco del aire del barrio y disfruto de ser una mina con la bendición de tener el tiempo para hacer lo que me viene en gana, sin que nadie me rompa los kinotos.  Hoy, después de encontrarme casualmente con dos amigas allí y quedarnos de charla corrida como hasta las tres de la tarde, hice un par de cositas que me valieron unos cuantos piropos más, volví a casa, miré tele y salí de nuevo a la calle por un tema de laburo. Qué puedo decir, de ida y de vuelta, la cosecha de elogios duros y blandos, fue realmente llamativa.

No me mal interpreten, modestia aparte, soy una mina que recibe sus buenos piropos, pero lo de hoy fue raro. Eran demasiados elogios por cuadra y, con una mano en el corazón, ya no soy una pendeja. Mientras caminaba de vuelta a casa, me puse a pensar en eso y analicé algunos factores. Llevaba unos jeans ajustados que bien podrían ser los causantes de la maratón de elogios, pero el hecho de usarlos seguido me dio la pauta de que no era ese el factor determinante a tener en cuenta. Pensé en las “pata de oso” coloradas que llevaba en los pies, pero las descarté rápidamente. Hace casi dos semanas que no me las saco ni para dormir. El sweater gris no era, el perfume tampoco, la bufanda era linda, pero no tanto. ¿Qué era?.. Y entonces lo recordé: mi gorrito rojo de lana blanda, con la mollera amarilla. Lo llevaba puesto y casi ni lo sentía. Eso era. Ese era el talismán que me embebía en irresistible magnetismo y me hacía flotar como una sirena por el barrio. Y, como siempre, una vez más lo relacioné todo con el cine.

No siempre, el cine se nutre de protagonistas humanos para llevar adelante la narración de turno. Muchas, pero muchas veces, la historia pivotea en algo inanimado, un objeto que, por alguna razón natural o sobrenatural, cobra valor incomparable o, inclusive, vida propia.  Cosas que transforman a quien las posee, para bien o para mal, embarcándolo en la aventura, el amor, el crimen, la locura o la muerte.  Cientos de películas convierten un detalle, un pequeñísimo e ínfimo detalle, en la razón total para contar un cuentito.

El “Anillo” de El Señor de los Anillos, sea tal vez, uno de los ejemplos más acabados. No hay narración posible, sin ese aro dorado que se vuelve el protagonista absoluto de la trama y que es tomado por la cámara de manera tan perfecta, que casi podemos percibir su poder en la carne, y temerle desde la butaca.  En la película de 1994, La Máscara, otra vez, un objeto en apariencia inofensivo, se volvía el catalizador de una historia delirante, que catapultó a la fama Jim Carrey, gracias a la infinidad de posibilidades que abría el hecho casi sonso, de poder ponerse una máscara mágica para ser todo lo que se puede ser, si no se tuviera miedo.

Por supuesto, hay millones de películas cuyos protagonistas son modificados de manera oscura por objetos malditos, o directamente poseídos.  En caso de posesiones y la mar en coche, a manudo es un auto la cosa en cuestión y hay varios títulos con esa trama detrás: El Auto Maldito de 1977,  la polémica cinta de Carpenter Christine, basada en la novela de Stephen King, quien también escribió y dirigió Máximum Overdrive, que contaba a su vez con objetos asesinos. Ya en otra tónica, Cupido Motorizado también tenía a un auto como su estrella, salvo que esta vez, el objeto animado en cuestión era simpático, bueno y ganaba carreras imposibles, facilitando la vida amorosa de quien lo conducía.

En muchas de estas cintas, los objetos le permiten al protagonista de la historia, convertirse en quien está destinado a ser. Una espada de poder le permitía al estúpido príncipe Adam de Eternia, convertirse en He-Man, un anillo extraterrestre transformaba a Hal Jordan en Linterna Verde, un espejo mágico le decía a una reina malvada que ya no era la más bella del reino, desatando la tragedia en Blancanieves y los siete Enanitos. Nadie podrá olvidar jamás el libro increíble de La Historia sin Fin, o el traje de Jackie Chan en El Smoking, o el muñeco tarado, pelirrojo y asesino, de Chuky. Los objetos se vuelven no solo parte vital de la historia, si no la historia en sí misma, transformándolo todo a su alrededor.

Los seres humanos, desde el principio de los tiempos, dependemos de cosas que nos transforman. Tal vez sea por eso, que estas películas nos representan tanto y nos hacen sentir tan identificados. Algunas nos liberan, otras nos atan y nos atemorizan, a menudo inexplicablemente.  Las usamos como talismanes, les otorgamos poderes mágicos o tendencias asesinas y vamos realizando nuestras vidas, casi sin darnos cuenta, alrededor de ellas.  Zapatos de taco alto, trajes y corbatas, guardapolvos blancos, cadenitas de oro, estatuas benditas, teléfonos rojos, perfumes exóticos, cuadros con payasos…

Recuerdo que una amiga muy querida, tenía un juguete que de verdad le causaba pánico. Se trataba de un abuelito que se mecía en un sillón y, disco mediante, le contaba algún cuento. Jamás pudo jugar tranquila con él y, al final, tuvo que esconderlo en un lugar remoto de la casa. Me extrañó, porque es bastante corajuda. Pero ella me contó que una vez, estando frente a uno de los cines del pueblo, una mujer extraña se le acercó y le aseguró que, de noche, mientras ella dormía, sus juguetes cobraban vida… Y no voy ni a nombrar a la película en la que eso sucede.  Los invito a que lo hagan ustedes y me cuenten…

Also you can read...