A Sala Llena

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Nadar desnuda, ver películas y otras disipaciones por el estilo…

Nadar desnuda, ver películas y otras disipaciones por el estilo…

Me pasé el fin de semana en mi pueblo. Rajé para allá el jueves y me volví el domingo. El plan era estar un poco con la flía, porque hacía casi un año que no me daba una vuelta por allá. Empaqué mis cosas y las del Chuchi, desenchufé todos los electrodomésticos, cerré el gas, trabé las puertas para que los gatos no se quedaran encerrados en ningún lado, compré revistas del corazón para chusmetear idioteces en la ruta, cargué el teléfono y revisé mil veces, haber hecho todo lo que enumeré anteriormente.

Regio día para viajar. Llovía que acalambraba, pero nos encanta, así que íbamos chochos. Hicimos un alto en el AutoMac de Libertador, nos agenciamos sendas hamburguesas y partimos con las melenas al viento.

Los planes son siempre los mismos: levantarnos temprano, cuando la luz nos despierta, desayunar mate cocido acompañado de alguna harina refinada con azúcar tipo “alfajor de maicena con medio kilo de dulce de leche”, contemplar la mañana hasta que baje la comida… Después, yo nado como Dios me trajo al mundo y tomo el sol de la misma manera, hasta quedar doradita por donde se me mire. Visitamos a los viejos, comemos milanesas caseras, dormimos como descosidos, nos ponemos al corriente con los chismes y engullimos el asado de rigor, afuera, emponchados en la noche fresca. Nos quedamos charlando hasta que nos vence el sueño y nos vamos a la cama, para repetir todo el ritual al día siguiente.

Pero una de estas noches, alteré un poco la rutina. Es que, verán, hace unas cuantas semanas, le envié por correo a mi padre una copia de RUSH. Se la mandé junto con una notita y unos confites que un amigo me trajo de afuera, que a él le encantaron cuando vino para Navidad.

Por más que lo envié por el servicio rápido de OCA, tardó unos cuantos días en llegar. Fue por eso, que mi padre decidió esperar a que yo fuera para allá, así la veíamos juntos.

Ustedes dirán “Otra vez esta minita vuelve a la carga con RUSH, ¡pero qué hincha pelotas!”. Y si, así es, otra vez estoy aquí, batiendo el parche de la estupenda, la maravillosa, la gloriosa, la totalmente alucinante película de Ron Howard, que ha sido injustamente dejada afuera de los premios Oscar. Pero fuck it, no voy a despotricar contra la Academia, porque siempre se manejó y se manejará con códigos ininteligibles. Por supuesto, es una VERGÜENZA, pero en el mundo hay problemas muchos más graves que el hecho de que se cometa tamaña estupidez. De cualquier forma, no comenten demasiado que ando diciendo esto en la columna, no vaya a ser que no me nominen nunca…

De lo que quiero hablar, es de la experiencia de ver el film con mi padre.

Mi viejo tiene un pantalla plana gigante, al que jamás le acopló el DVD. Eso, sumado a una serie de cables RCA defectuosos, que conectados arrojaban resultados psicodélicos, nos hizo creer que la empresa que teníamos planeada para esa noche, nos sería negada por el destino. Pero, por alguna razón tan inexplicable como improcedente, yo me sentía particularmente porfiada y dura de cabeza. Así que decidí que no me rendiría, hasta que pudiéramos ver la película.

Supongo que en el fondo, no me daba la gana rendirme al hecho de no poder ver la cinta con el viejo. Quería estar allí cuando la viera, cuando reviviera esa temporada tan salvaje e inolvidable, que fue la del campeonato de Fórmula 1 del 76.

Lidié con los cables y sus posibles combinaciones, por casi una hora. Se nos hizo bastante tarde y creo que los dos estábamos medio cagados de sueño, pero ninguno quería desilusionar al otro. O, mejor dicho, él no quería desilusionarme. Porque, de los dos, la más embalada con todo el asunto, era yo.

Arrancó la cinta y yo estaba tan nerviosa como si la hubiera dirigido. Quería que le gustara, que lo emocionara, que lo conmoviera, que lo sacudiera, que le llenara la cabeza de imágenes, sonidos y recuerdos. Quería que reventara de nervios, de anécdotas, de nostalgia. La flasheaba con que al viejo se le aflojara la pera y soltara el lagrimón… pero absolutamente nada, pero nada de todo eso sucedió.

Yo lo relojeaba de costado a ver qué hacía: estaba quieto, pensativo, completamente atento. Se sirvió un whisky y se lo fue tomando. Me dio la sensación de que lo degustaba de la misma manera en que degustaba la película. O, tal vez, ese fue mi deseo. Lo cierto es que tenía su mejor cara de póker. Inescrutable, infranqueable. Mientras tanto, yo estaba nuevamente inmersa en todas las cosas que yo quería que a él le sucedieran. Otra vez embrutecida por esa montaña rusa que es RUSH. El nudo en el estómago, el pulso desatado, la música que te llena la garganta, los dos personajes que son tan tremendos, tan humanos y portentosos. El viejo en cambio, apenas si cambió de posición durante todo el visionado.

Cuando terminó, me miró. Yo estaba con la jeta enrojecida por la emoción. _ Es muy linda_ me dijo, y eso fue todo.

Estaba cansada, así que me fui a dormir y me quedé pensando. Sabía que la película le había gustado, atesoraba el momento que habíamos pasado juntos y, sobre todo, le agradecía a la vida el poder haberlo vivido. Yo lo había imaginado de otra forma, es cierto, pero rara vez las cosas son exactamente como las imaginamos y él me había dado su mejor tiempo, su mejor calidad de compañía.

Ya cuando me estaba durmiendo, en ese estado ensoñado que precede a la inconciencia, vi a mi padre abrazándome y diciéndome “¡qué peliculón Flaca, qué peliculón!”. Pero una voz sabia, que suele habitar entre mis orejas, se apresuró a decirme: _Lo que mata no es la humedad, son las expectativas.

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