A Sala Llena

Noé, según Emiliano Fernández

Más allá del diluvio…

Sólo basta con chequear las banalidades que suele escribir la crítica mundana para darse cuenta que el grueso de la prensa no posee la formación multidisciplinaria adecuada y todavía continúa perdiendo tiempo valioso con el patético fetiche onanista de venir a “iluminarnos” en función del rescate del bodrio hollywoodense y/ o periférico de turno. Así las cosas, por lo general las obras que se ubican en una región intermedia entre el mainstream de izquierda y la independencia actitudinal terminan cayendo rápidamente en una incomprensión nutrida por la ignorancia e inmadurez de buena parte del periodismo.

En el campo de las anomalías cinematográficas a las que nos referimos, Noé (Noah, 2014) resulta un ejemplo paradigmático porque pone en evidencia la mediocridad cultural reinante y la nula amplitud de criterios a la hora de juzgar propuestas abstractas y en verdad extremistas, que se mofan de las paupérrimas expectativas del espectador promedio. Hoy estamos ante la primera película industrial que pudo finiquitar Darren Aronofsky, un realizador extraordinario que a lo largo de los años tuvo que enfrentar numerosos proyectos fallidos y disputas con los productores del momento en pos de imponer sus convicciones.

Gracias a la “solvencia económica” demostrada en las geniales El Luchador (The Wrestler, 2008) y El Cisne Negro (Black Swan, 2010), los capitales llegaron y a duras penas consiguió el corte final en esta epopeya mística de raigambre melodramática, hermana de su también marginada La Fuente de la Vida (The Fountain, 2006). Aquí el director toma como punto de partida la fábula bíblica del Arca, sustentada a su vez en registros varios babilónicos y sumerios, para construir una historia profundamente espiritual que indaga sobre las fronteras concretas del porfiar subjetivo y la penitencia de escala ecuménica.

Respetando esa antigua fantasía hollywoodense del apocalipsis purificador, Noé (Russell Crowe) recibe en sueños el designio divino de salvar a los animales, los únicos inocentes en esta crónica, ya que siguen coexistiendo como en el Jardín del Edén mientras que los hijos de Caín no hacen más que matarse entre ellos (diatriba ecologista radical que en esta oportunidad se da la mano con un humanismo de tintes agridulces). Relativizando todo fundamentalismo religioso y centrándose en la dicotomía ideología particular/ inconsciente social, el film analiza la fe ciega en contraposición al canibalismo colectivo intransigente.

Aronofsky lee las Sagradas Escrituras con ojos de ateo, desde una dialéctica estructuralista de ecos antropológicos, y optando por una perspectiva estrechamente cinematográfica, en la que la pentalogía de Werner Herzog con Klaus Kinski constituye el horizonte inmediato, en especial Aguirre, la Ira de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, 1972), Fitzcarraldo (1982) y Cobra Verde (1987). El neoyorquino reproduce la configuración narrativa del soñador y el lunático, con una primera mitad en la que se nos presenta la quimera del protagonista y una segunda parte que sistematiza los sacrificios involucrados y los alcances de su vehemencia.

Resulta maravilloso y muy gratificante descubrir el grado de identificación entre las figuras masculinas delante y detrás de cámaras, ambos en plena lucha contra un entorno plagado de palurdos conformistas que no pueden ver más allá de su propia nariz y el diluvio que se avecina. Combinando la ciencia ficción y el cine de aventuras con el drama familiar y las alusiones a la filosofía budista, Aronofsky nos ofrece una oda a los parias y apátridas que defienden sus ideales ante toda eventualidad, esos inadaptados autoconscientes que escupen -como él- sobre la trivialidad pasatista, los profetas de cotillón y sus palabras anacrónicas…

calificacion_4

Por Emiliano Fernández

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