RUTAS QUE SE PIERDEN EN LA NIEBLA
Hay caminos que no llevan a ningún lado. London, del austríaco Sebastian Brameshuber, es perfectamente descrita por uno de sus planos: una cámara fija y una toma muy larga donde vemos el paisaje perderse en la niebla que asoma a los costados del camino, apenas visible. Esta película es eso: un viaje demasiado extenso a través de una niebla progresiva hacia un territorio de hastío y sinsabor donde lo ambigüo, el tedio y lo chato se esconden tras una cortina de humo de pretendida profundidad temática y discursiva.
Si hubiera que dar una trama, diríamos que Bobby Sommer es un hombre mayor que maneja de Viena a Salzburgo y viceversa constantemente; el motivo se irá develando en las conversaciones que Bobby tendrá con los pasajeros a los que levanta haciendo carpool por una aplicación de teléfono. Y esa es la película. Una colección de escenas, todas filmadas de la misma manera, todas con la misma duración aproximada y con la misma construcción emocional (ausencia total de emoción) y dramática (ausencia total de tensión), donde personajes conversan con Bobby sobre nimiedades pero también sobre algunos temas más serios, como guerra, salud, el pasado, el presente, envejecer, emigrar… hablar, hablar y hablar.
Nada sucede. Todas las acciones del film son diálogos y personas subiendo y personas bajando del coche de Bobby. Y mientras conversan, hay momentos donde el tono del film se vuelve solemne y repelente, como el monólogo de un muy joven comunista sobre Avatar como una parábola marxista, que dura alrededor de dos minutos y pico. Los planos son siempre un plano-contraplano: Bobby conduce, contraplano del acompañante. Y entre estos planos va, a veces como plano de apertura de la escena, a veces como plano de cierre, la cámara sobre el tablero filmando la ruta.
Así, los únicos planos que escapan a esta lógica básica de planificación y montaje son aquellos que muestran a Bobby comiendo, o a Bobby esperando mientras carga nafta; Bobby caminando hasta la entrada del hospital, Bobby hablando con una enfermera. Siempre uno o dos planos aleatorios, a veces fijos, a veces con seguimiento, a veces generales, a veces fuera de foco, que muestran a Bobby fuera del auto. Y luego dentro del auto y otra vez una conversación: un comentario sobre emigrar, dejar atrás a la familia y no ver de nuevo a los seres queridos, un interesado en la grandilocuente arquitectura nazi de un puente, una situación bélica poco clara de la cuál alguien está fugándose…
La película, con esta repetición cansina, deja en claro sus intenciones, e intenta abordar una puesta que en cada repetición algo vaya develando; sin embargo, la vuelta es tan lenta que es difícil pasar la primera y llegar a la segunda, y su puesta en escena es tan básica que se agota a los minutos de película. Y, finalmente, la consecuencia de todo esto es que la obra termina por ser extremadamente aburrida, literal y discursiva, descartando cualquier herramienta propiamente cinematográfica para intentar una venta de humo a través de la profundidad de lo vago y lo poco claro. Las decisiones particulares de puesta en escena y el limitado campo narrativo (y su estructura) no son inteligentes, ni adelantadas, ni arriesgadas: son fáciles, dóciles, tautológicas, y llevan a la película al punto de resultar insustancial. El comentario político, cuya construcción es evidente a lo largo del film, da un panorama desolador no en su contenido (por demás ausente y reemplazado por la idea de que hay una postura política, concreta, clara, del film) sino en su método: el film se disuelve en nadas tediosas, convirtiéndose en niebla nebulosa. Su voluntad de comentario o trabajo político es manifiesta pero inespecífica y se pierde también, quedando solo los monólogos insoportables del catedrático del manifiesto cameroniano-comunista.
De la película cual cosa manufacturada, hecha, es decir, de lo que se puede ver, concretamente, queda para decir que adolece de estos excesos de mínima labor contrastando de forma chocante con la evidente y malograda pretensión de profundidad y reflexión. Cuando la película tiene que plantear estos elementos mediante el parlamento de los personajes declarando, la película se ha muerto y lo que queda es un panfleto vacío.
Dirección: Sebastian Brameshuber. Guion: Sebastian Brameshuber, Anna Lehner, Bárbara Palomio Ruiz. Elenco: Bobby Sommer Producción: David Bohun, Lixi Frank. Duración: 122 minutos.










