El director austríaco Markus Schleinzer contó en un reportaje que, para escribir junto a Alexander Brom y luego realizar Rose, se basó en hechos históricos reales. Comenzó a investigar y a redactar un libro de más de mil páginas que pretendía ser una novela, pero luego decidió adaptarlo al cine. Todo se originó cuando una amiga historiadora le contó el caso de Catherina Link, una mujer alemana del siglo XVII que vivió haciéndose pasar por hombre y murió ejecutada en 1721. No fue condenada por vivir como varón, sino por sodomía, es decir, por su relación con otra mujer. Sin embargo, la película de Schleinzer elige centrarse más en la libertad de género que en un explícito amor lésbico.
Filmada en blanco y negro, la trama transcurre en la Alemania protestante a principios del siglo XVII, tras la devastadora Guerra de los Treinta Años. El film plantea temas como la identidad, los prejuicios y la libertad. Rose necesita que los demás la acepten como hombre porque en esa sociedad era muy difícil que una mujer accediera a la titularidad de una propiedad, aun tratándose de una granja abandonada. El derecho de herencia correspondía al primogénito varón y, a falta de este, los bienes pasaban al pariente masculino más cercano. En ese mundo, la propiedad de la tierra no solo representaba riqueza, sino también independencia, prestigio y capacidad de decisión. Para Rose, hacerse pasar por hombre era la única vía para alcanzar aquello que le estaba vedado.
Rose combatió como soldado en aquella terrible guerra que asoló Europa, iniciada el 23 de mayo de 1618 en Praga, cuando los protestantes arrojaron por una ventana a los delegados papales. Lo que comenzó como un conflicto religioso entre católicos y protestantes dentro del Sacro Imperio Romano Germánico terminó convirtiéndose en una lucha por el poder político y territorial del continente.
Tras pasar varios años en el frente, Rose llega a un pueblo remoto donde los habitantes la miran con desconfianza. Es una figura extraña, reservada, de mirada hosca y difícil de interpretar; lleva en el rostro la cicatriz de una herida de bala y no le resulta sencillo convencer a los vecinos. Sin embargo, un suceso inesperado le permite ganarse su aceptación: abate a un oso que asolaba la comunidad. En esa secuencia se vislumbra una de las ideas centrales de la película: los lugareños empiezan a aceptarla cuando demuestra cualidades que ellos consideran masculinas, sin cuestionar las reglas sociales que determinan quién puede ejercerlas.
El film emplea símbolos que reflejan la dura realidad a la que se enfrenta Rose. El afuera y el adentro funcionan como un gran paralelismo. Afuera vemos un arroyo que fluye sin detenerse, tierra estéril que florece con ella, un muro que separa el pueblo del río y la nieve que cubre, pero no borra, las huellas del pasado. Adentro se agita su verdadera esencia, aquello que nadie puede cambiar: su propia capacidad de dar vida a pesar de las prohibiciones, la frontera invisible entre lo que se puede mostrar y lo que debe ocultar, y las apariencias que no logran destruir la verdad.
El paisaje exterior actúa como el mapa de su alma: el agua que no puede poseer y las tierras que debe solicitar a un vecino, con el cual contrae un trato matrimonial eligiendo a Susane (Caro Braun). La tierra que creía fértil contrasta con el bosque, un espacio que a la vez la asusta y le permite ser ella misma, donde puede perderse y olvidarse de todo lo que lleva dentro. Al igual que el agua, ella no encaja en el molde impuesto; por mucho que intenten bloquear su cauce, lo esencial siempre sigue fluyendo más allá de lo que el mundo le permita poseer.
A semejanza del paisaje, la fotografía de Gerald Kerklez renuncia a una estética efectista para convertirse en un lenguaje que muestra el mundo sin distracciones. Al prescindir del color, todo se reduce a lo esencial: la luz, la sombra, el rostro y el paisaje. Cada plano está compuesto como una pintura del siglo XVII. Los encuadres son mayormente estáticos, serenos y casi inmóviles, como si el espectador observara un mundo que apenas se atreve a respirar. Las imágenes recuerdan el estilo austero de directores como Carl Theodor Dreyer y Michael Haneke, con rostros esculpidos por la luz y paisajes amplios que a la vez protegen y asfixian.
La iluminación narra los estados de ánimo de Rose: cuando se siente más libre o esperanzada, la luz natural entra de forma suave por las ventanas; cuando la presión aumenta, las sombras se vuelven duras y expresionistas. Los planos del arroyo poseen una luminosidad distinta, más brillante, como si ese fuera el único lugar donde puede reflejarse sin deformarse. El paisaje es un personaje más: la cámara contrasta la inmensidad de la naturaleza con la pequeñez de los seres humanos —campos nevados y cielos abiertos—, transmitiendo que, aunque el mundo es amplio, las personas viven encorsetadas en espacios reducidos. No hay romanticismo; la nieve es fría y aislante, y la tierra, tan dura como el alma de sus habitantes. La fotografía nos recuerda que sobrevivir allí tiene un precio.
La música de Tara Nome Doyle está construida enteramente a capela con voces sin palabras: un coro de mujeres y niños que entonan melodías a solo sonido, como el eco de quienes no podían hablar en aquella época. Lo más sorprendente son los largos silencios musicales, donde solo se escucha el silbar del viento, el crujir de la madera, algunos pájaros y el agua del arroyo. Cuando la música irrumpe, es doliente y delicada, nunca grandiosa, reflejando la libertad de Rose: breve, hermosa y precaria. En conjunto, gracias a una sutil difusión de la luz, la imagen monocromática imita en las escenas interiores el parpadeo de las velas, evocando humo, penumbra y materia sin caer en el pastiche de una fotografía antigua.
La historia está contada desde el punto de vista de Rose —interpretada por una deslumbrante Sandra Hüller—, quien transita las complejas pruebas de la identidad, lastrada por su cancelada condición de mujer y un sinfín de secretos. El film encuentra en ella una encarnación perfecta de la otredad, de lo insólito y lo diferente. La narración se apoya en la interpretación de fría distancia de la actriz Marisa Growaldt, permitiendo acceder a la vida interior de una protagonista estratégicamente taciturna y retraída. No obstante, Schleinzer no adopta una postura omnisciente; prefiere dejar que persistan ciertas ambigüedades a medida que la situación se tensa, incluyendo la indefinición en torno a la sexualidad o asexualidad de Rose.
Ella no se identifica mediante categorías modernas de género ni como una persona con disforia, sino como alguien que intenta sobrevivir en un entorno donde nacer mujer determina de antemano el destino. La película también cuestiona el papel de la religión y las normas sociales, presentadas como parte de un orden divino inquebrantable donde desobedecer equivale a una transgresión moral.
La otredad de Rose se manifiesta en la ambigüedad con la que entiende su propia identidad. Sus posturas, sus movimientos y su manera de relacionarse son rígidos y contenidos, reflejando el esfuerzo constante que exige su fachada. Hasta ese momento, su vida se sostiene sobre una única regla: impedir que descubran su secreto. Sin embargo, la necesidad imperiosa de tierras y agua la obliga a casarse con Susane. Este matrimonio está condicionado por intereses económicos y familiares: Rose necesita que su granja prospere gracias al agua, mientras que Susane busca escapar de un padre abusivo y asegurarse continuidad y linaje.
Lo interesante es que Suzanne tampoco es completamente libre; ambas están atrapadas, de distintas maneras, en las expectativas de su época. Surge entonces una profunda pregunta psicológica: ¿es posible amar a alguien y, al mismo tiempo, ocultarle una parte fundamental de la propia vida? Rose busca seguridad y blindar su secreto, pero eso no excluye que desarrolle afecto, ternura o amor por Suzanne. Hay en ello una gran verdad humana: se puede iniciar un vínculo por motivos prácticos y descubrir después sentimientos inesperados. Asimismo, es posible que Suzanne desarrolle un afecto genuino por Rose sin conocer toda su historia. Esto dota a la relación de una enorme complejidad: ¿de quién se enamora Suzanne? ¿Del hombre que cree conocer, de la persona que tiene delante, o de ambas cosas a la vez?
Por otra parte, la película evita imponer una etiqueta identitaria que el guion deliberadamente no zanja: ignoramos si Rose se percibe internamente como mujer, como hombre o desde un lugar inclasificable. Lo indiscutible es que dos mujeres deciden compartir su vida, aunque una de ellas ignore la verdad de la otra.
Sin embargo, el destino les juega una mala pasada cuando Rose sufre una fuerte picadura de abeja que la deja inconsciente. Al revisarla, Susane descubre la verdad. Su reacción inicial es de horror, confusión y desconcierto; se siente engañada y traicionada, e incluso contempla la posibilidad de echarla. Pero Rose la confronta con un argumento lapidario: “Si me voy, tu padre te venderá a cualquier otro hombre”. Lo que sigue es la transformación más bella del film: Susane decide que Rose se quede. Su rechazo se disipa porque comprende algo más poderoso que la mentira: juntas son más libres que separadas. Ya no forman un matrimonio tradicional, sino una pareja de mujeres que elige compartir una vida que el mundo les vedaba por separado.
Lamentablemente, otro giro del destino interrumpe la paz: Susane queda embarazada, sin que el realizador revele si el hijo es de su padre abusivo o de otro hombre. Cuando todo sale a la luz, ambas son encarceladas. En cautiverio, Rose por fin escribe su nombre y plasma su historia. Hasta entonces había sido “él”, el forastero; solo en prisión recupera su identidad al nombrarse a sí misma. La carta funciona como un vínculo invisible, un testamento para que su hijo -al que ama como propio- sepa la verdad si algún día la encuentra: “No te abandoné, te protegí”. Ella prefiere no verlo para no estigmatizarlo. Finalmente, Rose muere por la espada y Susane es ahogada.
Antes de morir, Rose termina su manuscrito, sellando la metáfora más poderosa del film: la espada acaba con su vida física, pero las palabras la mantienen viva para siempre.
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(Alemania, 2026)
Director: Markus Schleinzer. Guion: Alexander Brom, Markus Schleinzer. Elenco: Sandra Hüller, Caro Braun. Producción: Johannes Schubert, Karsten Stöter, Philipp Worm, Tobias Walker. Duración: 93 minutos.










