Las grabaciones ocultas del trauma
El terror contemporáneo ha encontrado en la nostalgia analógica algo más que un simple capricho estético; lo ha transformado en un preciso portal hacia lo siniestro. Sin embargo, tras capturar la atención internacional en el circuito de cortometrajes, el director australiano Josh Tanner tropieza en su salto al largometraje con Posthumous (2026), un relato de horror sobrenatural que se ahoga en sus propias pretensiones de autor. Presentada en el Fantastic Fest y el Festival de Sitges, la película intenta utilizar los códigos del terror tecnológico y el subgénero de las cintas malditas para desenterrar los secretos de un núcleo familiar en descomposición. La premisa nos introduce a Zoe (Sophie Lowe), una joven que regresa a la aislada y silenciosa casa de su infancia con el aparente propósito de reconectar con su esquivo padre, Neil (David Roberts). La fragilidad de este reencuentro salta por los aires cuando Zoe descubre una vieja cinta de video VHS, un registro doméstico cuyos perturbadores minutos finales no sólo contradicen la versión oficial sobre el trágico fallecimiento de su madre, sino que despiertan una fuerza espectral atrapada en las paredes de la propiedad.
Bajo la superficie de este thriller psicológico que pretende emular la melancolía gótica de Relic y el suspenso magnético de Ringu, el filme se revela rápidamente como una estructura sumamente floja y predecible. Lejos de proponer una atmósfera envolvente, Tanner traiciona la psicología de sus personajes al someterlos a un desarrollo alarmantemente procedural y mecánico. Se nota demasiado el artificio detrás de la cámara: Zoe carece por completo de iniciativa propia, moviéndose como un títere que simplemente cumple los pasos de un manual instructivo donde las conversaciones oportunas, los vecinos misteriosos y las cintas exactas aparecen mágicamente en el momento justo del reloj. Esta alarmante falta de fluidez dramática arrastra consigo el trabajo del elenco; nos topamos con unas actuaciones planas, acartonadas y muy poco creíbles, incapaces de transmitir el dolor real del duelo o de sumergirnos en la desesperación que el guión exige. Los rostros de Lowe y Roberts se perciben distantes, mecánicos, convirtiendo un drama familiar potencialmente desgarrador en un frío ejercicio de manual de género.
Esta desconexión con el espectador se vuelve irreversible en su tramo final debido a una pésima dosificación del misterio. Mientras la película estanca su ritmo de forma exasperante a lo largo de una duración inflada que roza las dos horas, el clímax comete el pecado capital de renunciar a la sugerencia para abrazar un efectismo barato e innecesario. Al corporizar y sobreexponer de manera tan burda a las entidades sobrenaturales bajo la iluminación del tercer acto, el realizador arruina el único elemento rescatable de la obra: su diseño de criaturas. La certeza de los efectos visuales convencionales rompe por completo el misticismo del trauma que el VHS pretendía sembrar de forma abstracta, disolviendo el miedo en la pura apatía.
Al final, Posthumous fracasa porque sustituye la atmósfera por el trámite y la tensión por el algoritmo, demostrando que en el cine de terror, cuando el artificio se vuelve tan evidente, el espectador termina observando con curiosidad técnica pero con el corazón completamente helado.
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(Australia, 2026)
Dirección: Josh Tanner. Guión: Josh Tanner, Jade van der Lei, Gabriel Bergmoser. Elenco: Sophie Lowe, David Roberts, Doris Younane, Remy Hii, Christopher James Baker. Música: Ack Kinmonth. Fotografía: Jason Hargreaves. Producción: Jade van der Lei, Josh Tanner. Duración: 110 minutos.










